El cielo afuera está pintado en tonos de gris y azul oscuro. Las nubes gordas como enormes trozos de algodón se reúnen en lo alto para formar algo hermoso. El firmamento ruge encima de los techos de tejas rojas como si estuviera enojado y se fuera a desplomar sobre Monte Negro en cualquier momento. Hace semanas vivo con la mujer que dice ser mi madre en una casa que desconozco.
Me rodean objetos que se supone son míos, pero no puedo recordarlos. Me siento una intrusa en mi propio hogar. Al principio, durante febrero, la mujer de cabello blanco estaba todo el tiempo detrás de mí y no me dejaba respirar. No soy una niña indefensa. Soy una mujer adulta con amnesia temporal. Sin embargo, más tarde Juana entendió que la presión no iba a ayudar en mi caso y empezó a darme más espacio. A veces no sé si le creo del todo a esta mujer que dice ser mi madre, y en otras ocasiones su perfume me llega desde la cocina mientras prepara la cena con la ventana abierta sobre la encimera y me envuelvo de una sensación familiar que también me genera un vacío tremendo. Anhelo algo que no puedo ver con claridad ni recordar. Mi historia real se esconde tras la niebla espesa creada por mi mente.
Algunas veces he descubierto a Juana mirándome con dulzura cuando observo tazas de cerámica pintadas en tonos pasteles y deslizo mi dedo por sus asas como si eso fuera a despertar recuerdos. Al parecer soy una persona creativa, y estoy haciendo un curso de cerámica cuando no trabajo como abogada porque eso parece atacar mi ansiedad. Según ella, mi estudio tuvo problemas financieros gracias a un colega y tuve que cerrarlo temporalmente para dedicarme a atender casos pequeños. La manera en la que esa mujer de ojos marrones pronuncia mi nombre a veces genera imágenes confusas en mi cabeza, me parece conocerla. Oigo las risas estridentes de una niña, veo destellos sobre el lago y esta casa de mosaicos españoles en la entrada se vuelve familiar. Pero nunca estoy del todo segura.
Los doctores dijeron que debía esperar y darle tiempo a mi cerebro porque sufrí un accidente traumático y este simplemente se bloqueó. Pero entonces una duda nace en mí, en forma de curiosidad incómoda. Siempre que hablan de mi caso y mencionan el golpe en la cabeza, se quedan en silencio. ¿Es en verdad tan traumático un accidente de auto como para que mi mente me proteja tanto, o esconden algo más? Siento que hay cosas que no me dicen, y yo quiero recordarlo todo. El doctor le pidió a Juana que no me deje usar internet, el celular, el televisor ni leer los diarios. Soy prisionera en busca de mi verdad, pero les hago caso. Uno es médico profesional, y la otra, mi madre. Si dicen que eso va ayudarme, tengo que creerles. Sin embargo, siento que algo más falta.
Quizá el universo o Dios escuchan mis súplicas profundas desde el alma porque algo sucede en ese momento. Un relámpago ilumina la tarde oscura, su luz blanca se cuela por la ventana y de repente escucho las primeras gotas de lluvia estrellarse contra el cristal de la ventana de mi cuarto. Se deslizan como serpientes de agua que quisieran llegar al suelo. Recuerdo algo. Veo un parabrisas salpicado de esa misma manera que luego estalla en pedazos como pequeños diamantes que vuelan por todos lados y lastiman mi rostro. Luego la imagen cambia y contemplo a una niña de cabellos rubios corriendo sobre el césped verde junto al lago en un día soleado. Semillas de dientes de león vuelan alrededor de ella como si fueran sus ángeles guardianes. Mi corazón se acelera, pero no sé quién es esa pequeña ni cómo se llama. De lo único que puedo estar segura es de un sentimiento que comienza a germinar como el primer brote de una semilla que ha sido tocada por un rayo de sol. Con cada célula de mi cuerpo, sé que amo a esa niña más que a nadie en este mundo y sería capaz de dar mi vida por ella.
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Editado: 25.02.2026