La niñera

Capítulo 11

El segundo día de mi nuevo trabajo comienza con la irritante alarma del celular que suena a todo volumen sobre la única mesa de luz junto a la cama. A veces pienso que debería cambiar ese sonido por alguna canción tranquila, o el sonido de la lluvia. Cuando logro despegar mis ojos y observar la pantalla que me ciega con su brillo tan malo para la vista según los expertos, veo que son las siete de la mañana. Tengo alrededor de una hora para dejar a Clara lista para partir hacia la escuela con su mamá. Desayuno un café con un sándwich de jamón y queso más una banana. Me pongo calzas negras, zapatillas deportivas de color rosa pálido y una camiseta de mangas cortas azul de esa tela que absorbe el sudor. Pienso salir a trotar luego de que la familia se marche. La caminata del día anterior fue buena, el paisaje es hermoso y me hará relajarme. Tengo que volver a recuperar mi estado físico y quizá investigar acerca de un gimnasio o estudio de pilates en la zona. Ni siquiera he cobrado mi primer sueldo y ya estoy pensando en qué gastarlo. Eso me hace sonreír frente al espejo ovalado de la pared del cuarto. Ajusto mi cabello negro en una cola de caballo alta y decido aplicar un leve tono de color natural a mis labios para que se vean húmedos.

Atravieso el patio y observo el agua quieta de la piscina. Espero que me permitan usarla durante el verano, si es que aún continúo trabajando para los Duarte en ese momento. Antes de dar un paso más en dirección a la casa me detengo de forma abrupta. Escucho voces en la cocina. David y Helena parecen estar discutiendo de forma acalorada. No logro entender qué están diciendo, pero sí puedo reconocer cuando las personas están enojadas. Es una situación incómoda, pero ya son las siete y veinte. Necesito alistar a la niña cuanto antes o el temperamento volátil de mi jefa podría hacerme tener una mañana horrible. Golpeo la puerta trasera tres veces y abro despacio. Tampoco quiero que me descubran a través de la ventana y crean que estoy husmeando.

—Buen día. ¿Cómo están? ¿Puedo pasar? —digo en voz alta. Helena me da la espalda y David mueve sus manos rápido para pasar los dedos por su cabello claro y peinarlo hacia atrás. Por un momento pensé que iba a tomar a su esposa por los hombros para sacudirla. Ella deja un beso en la mejilla cubierta de una leve barba de su esposo y gira sobre sus pies para verme. Se ve impecable como siempre. Lleva tacones altos de color negro y un vestido rojo ajustado al cuerpo más un saco gris de corte moderno que cubre sus hombros y brazos. Me sonríe como si nada hubiera pasado. Puedo jurar que estaban discutiendo, pero ella lleva una sonrisa pintada en el rostro. David hace lo mismo.

—Hola, Emma. Espero que hayas dormido bien. Clara está en su cuarto. El mismo problema de todos los días —dice encogiéndose de hombros y luego se cruza de brazos—. No quiere ponerse el uniforme de la escuela y me saca de quicio. No quiero enojarme con ella. Así que tendrás que hacer tu magia.

—Amor… —dice David encerrando a su esposa con los brazos por detrás. Apoya su barbilla en el hombro izquierdo de ella y me mira de pies a cabeza levantando un poco las cejas—. Tú odiabas el uniforme en la secundaria. ¿Será por eso que cada vez la falda se hacía más corta? ¿O era para exponer tus piernas y trasero?

No sé qué hacer, pero me siento incómoda de verdad. Ella suelta una risita tonta y él no me quita los ojos de encima. Un nuevo error, Emma. Por la noche elegiré otro atuendo que no involucre calzas.

—Iré por Clara mientras apronta su desayuno como ayer, Helena. Eso nos hará ganar tiempo —propongo, y la mujer de ojos azules me mira sonriendo mientras su esposo sigue aferrado a ella y comienza a besar su cuello.

—¿Podrías hacerlo tú hoy? La cena estaba exquisita anoche, y de seguro mi hija preferirá tu merienda antes que la mía. Por lo visto tampoco soy buena cocinando.

—Eso es cierto —comenta el hombre de ojos claro despegándose un poco de su mujer—. Nos devoramos ese pollo con papas por completo. Tienes buena mano, Emma. Ya espero ver con qué vas a deleitarnos esta noche.

—Gracias a los dos. Está bien. ¿Algo que deba saber acerca de la dieta de Clara? ¿Qué puede o no comer la niña?

—De todo, ella come lo que sea. Es una niña sana por suerte —dice David con seguridad, y asiento. Me retiro por el pasillo escuchando el balbuceo entre la pareja, en un tono para nada igual al que oí antes de entrar en la casa, y llego hasta el cuarto de Clara.

La niña está sentada al borde de la cama, mirando hacia el bosque a través de la ventana. Otra vez le falta un calcetín y un zapato.

—Buen día, princesa —saludo con tono dulce, y Clara parece salir de un estado de hipnosis eterno. Tuerce su cabeza a un lado y me mira con curiosidad.

—Pero tú no eres mi mamá —afirma mientras mis rodillas tocan la alfombra y comienzo a vestir su pie—. Ella siempre me dice princesa.

—No. Yo soy tu niñera. ¿Me das permiso para llamarte así también?

—Sí, está bien, Emma.

—¡Bien! Recuerdas mi nombre. Eso me gusta —digo con una sonrisa amable.

—Tienes un nombre bonito —dice ella, y juega con el otro pie en el aire mientras ajusto la hebilla de su zapato escolar.

—Gracias, tú también.

—A mí no me gusta mi nombre —dice ella con seguridad, y tomo un cepillo para el cabello que está sobre la cómoda. Me siento junto a ella y la peino con cuidado. Su cabello fino se desliza por mis dedos.




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