Cuando pasé corriendo por la cocina minutos antes de abandonar la casa encontré mi celular sobre la encimera. Ahora lo llevo aferrado en la mano, pero no quiero distraerme y llamar a la policía tan pronto porque en verdad no sé qué está pasando. Tampoco quiero perder de vista a la mujer. Hay muchas ramas bajas y puntiagudas en los árboles del bosque que amenazan con rasguñarme el rostro o lastimar mis ojos. Algunos pájaros abandonan sus hogares para volar hacia el cielo ante nuestro paso desesperado por el lugar. Puedo ver una melena de color castaño claro más adelante. La mujer, que viste con ropa negra en su totalidad, corre a buena velocidad y salta raíces que emergen del suelo. Me está dejando demasiado atrás.
—¡Espera! ¡No quiero hacerte daño! —grito, y tengo que tomar una bocanada grande de aire porque este trote rápido me está cansando. Mi corazón golpea dentro de mi pecho. Debería haberme puesto a entrenar meses antes—. ¿Qué quieres con los Duarte?
Ella no responde y tampoco se detiene. Ni siquiera tuerce su cabeza para darme un vistazo. A lo lejos, entre los árboles, puedo ver el azul del lago y los destellos del sol danzando sobre la superficie. Mis muslos arden por el ejercicio inesperado y sé que eso me pasará factura mañana. Intentando no perder de vista a la extraña o tropezar con alguna raíz, desbloqueo el celular y llamo a Sebastián. Quizá él pueda ayudarme.
—Sí… soy yo… —digo, y entiendo que debe ser raro escucharme jadear—. No es una broma. Había una mujer rondando la casa de los Duarte. La estoy siguiendo por el bosque, llegando al lago.
Cuando acabo de decir eso me doy cuenta de que ya no puedo verla. Ella se ha esfumado mientras me enfocaba en la conversación con el oficial.
—¡Mierda! No puedo verla. Voy a colgar. Lo siento —digo y termino la llamada. Bajo la velocidad a una caminata rápida y cuando atravieso la última fila de árboles comienzo a caminar sobre piedras de diferentes formas y tonos grises que apagan su oscuridad hasta llegar al blanco. El lago se extiende como un inmenso manto cristalino frente a mí. El cuerpo de agua rodea las montañas en el horizonte. El paisaje es hermoso, digno de ser observado por horas, un sitio especial para tomar fotografías. Sin embargo, mi cabeza está en otro lado. ¿Quién era esa mujer? Miro hacia ambos lados, pero ya no hay rastro de ella. Los dibujos de Clara no son tan locos entonces. La niña debe estar dibujándola. Cuando decido regresar a la casa puedo ver a alguien caminando hacia mí. Es Sebastián, que viene observando todo a su alrededor. Se ve siempre arreglado con su uniforme e impone respeto.
—Hola. ¿Estás bien, Emma? ¿Qué pasó con la mujer? —pregunta cuando está cerca de mí y mira por sobre mi hombro—. ¿Te hizo daño?
—Estoy bien. Solo intento recuperar el aire… Ella simplemente se fue. Me distraje llamándote.
—¿Cómo sucedió?
—Estaba limpiando el cuarto de Clara Duarte cuando la vi observándome a través de la ventana desde el patio trasero —explico y cruzo los brazos sobre mi pecho. La temperatura en primavera es agradable, pero por alguna razón tengo escalofríos.
—Los Duarte nunca han denunciado un hecho así. Es raro… —dice él pensativo—. Acabas de recorrer el bosque y ahora sabes que es extenso. Es complejo llegar hasta la mansión.
—No me crees —digo en un suspiro y niego con la cabeza. Mi corazón recién se adapta a su ritmo normal.
—Eso no es lo que dije, Emma. Por supuesto que te creo. No me parece que alguien haga semejante trote por algo que no está allí, y menos un llamado a la policía —comenta con una sonrisa amable—. Me refiero a que es la primera vez que escucho algo así en esta zona. Es un lugar muy tranquilo.
—Si te cuento algo, ¿prometes no burlarte de mí? —pregunto con un poco de nervios. Él se quita los anteojos de sol y me mira con esos ojos tan negros como la brea espesa. Ni siquiera debería haber insinuado el tema. Soy una tonta.
—¿Qué clase de tipo piensas que soy? Primero piensas que no te creo y luego que voy a burlarme de ti. No sería policía si mi primera acción fuera descreer. Puedo evaluar de manera lógica, pero no descartar una idea solo porque sí. Vamos, te acompañaré hasta la casa y me cuentas mientras caminamos —dice él, y comenzamos a caminar entre los altos árboles del bosque que se balancean en la brisa para regresar a la mansión.
—Bien. Aquí va… Estuve viendo los dibujos de Clara y son raros, hasta oscuros, diría yo.
—¿No son así todos los dibujos de los niños? —bromea el hombre alto a mi lado.
—La mayoría. Pero en uno de sus dibujos hay una mujer de cabello rubio sobre el rostro que está parada entre dos árboles. Es el patio de la casa, Sebastián. Pensé que era una locura, pero no creo que sea la primera vez que esa tipa se ha acercado hasta ahí. Clara debe haberla visto también, y por eso la dibuja.
—Es posible. Supongo que los Duarte tienen sistema de vigilancia con cámaras. Y si no tienen, deberías decirles acerca de esto para que estén al tanto —comenta Sebastián moviendo unas ramas bajas para dejarme pasar. No puedo evitar mirar sus brazos fuertes. ¡Demonios! Las palabras de Sofía llegan hasta mis oídos en susurros. Ella siempre decía que debía tener más citas y conocer muchachos. Este no es el momento adecuado para pensar en eso.
—Veré cómo hacer para no asustarlos. Hablaré con Clara primero. Quizá ella pueda decirme algo ahora que me estoy ganando su confianza.
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Editado: 25.02.2026