—¿Se puede saber dónde estás ahora, Emma? —pregunta Helena con tono impaciente. A pesar de estar escuchándola a través de un celular se nota su irritación. De inmediato los nervios me atacan—. Te he llamado varias veces. ¿Estás en casa?
—Hola. Lo siento, Helena. Estaba limpiando la cabaña. Sí, estoy aquí esperando a Clara. Creo que no llega todavía… —respondo sin certeza. Ella debería haber llegado hace diez minutos. ¿Estará en el frente de la casa esperándome? ¡Dios! Acabo de meter la pata en grande.
—Si no llega es porque tenías que recogerla de la escuela. Te está esperando —interrumpe ella, y eso me genera confusión—. Te dije que el transporte escolar estaba en mantenimiento y tenías que buscarla hoy por la tarde.
—¿Qué dice? —pregunto con un tono más serio de lo que quería. O la siesta que tuve fue muy pesada o estoy comenzando a tener problemas de memoria. Hace unos segundos pensaba que había cometido un grave error, pero ahora me encuentro una sorpresa—. Disculpe, Helena. Pero nunca me dijo eso.
—¡Sí lo hice! —asegura con voz firme—. Por la mañana antes de salir, mientras mi hija se despedía de ti con ese abrazo que nos demoró, te dije lo que debías hacer.
—No debo haberla escuchado. Lo siento. Yo…
—Bueno, basta de disculpas y ponte en marcha —interrumpe tajante—. Es mejor que subas a tu auto en este mismo instante para buscar a mi niña. Debe estar muy nerviosa. Con todo lo que le ha pasado este año. Deberías usar esa aplicación de notas para registrar lo que te digo.
De nuevo pienso en que hubiera sido bueno que me contaran acerca de ese momento tan difícil.
—No se preocupe. Llegaré lo antes posible.
Es lo único que puedo decir. Mi mente trabaja a mil por hora y me siento una tonta.
—Espero que lo hagas. Bastante tengo con las chismosas de esa escuela para que encima digan que olvido los horarios de mi hija. Envíame un mensaje cuando estén de regreso en casa. Llegaremos alrededor de las ocho de la noche con David.
Mi jefa corta la comunicación y siento un nudo atarse en mi estómago, pero no puedo prestarle atención ahora. Solo me pongo las zapatillas deportivas que me quité antes y tomo las llaves de mi auto que dejé en un gancho junto a la puerta de la cabaña. Doy un trote hasta mi vehículo y en minutos me encuentro conduciendo al límite de velocidad por la ruta serpenteante que desciende hasta ofrecer una vista más abierta del lago. Ni siquiera puedo apreciar la belleza de las montañas que se recortan en el horizonte azul o contemplar las aves blancas que vuelan en círculos sobre el agua. Estoy segura de que Helena nunca me dijo nada acerca del transporte. Recuerdo muy bien la expresión que puso cuando Clara decidió abrazarme, pero nunca emitió una palabra. Solo se subió a la camioneta molesta por la hora que era. Por alguna razón empiezo a creer que estas son pruebas que ella me está poniendo. Hizo lo mismo con las papas y la alergia de la niña la noche anterior. Esta mujer algo tiene, y todavía no sé qué es. Pero es mejor que Helena no tire tanto de la cuerda, porque yo también he pasado cosas horribles este año.
La aplicación de GPS en mi celular que descansa sobre uno de mis muslos me dice que debo doblar a la izquierda, en dirección opuesta al lago, y en pocos metros encontraré la escuela. Es correcto. En dos minutos estoy en el estacionamiento de un edificio de fachada rectangular. Parece una gran caja de zapatos. Tiene dos puertas grandes de vidrio en el centro y luego ventanas cuadradas en la planta baja y en el primer piso. Hay árboles con pequeñas flores de color lila y el césped antes de llegar a la escuela se ve demasiado verde gracias al sol. En verdad estos niños son privilegiados por estudiar en un lugar así. Tienen naturaleza para ver a través de las ventanas. Camino con prisa y un guardia de seguridad me recibe en la entrada.
—Buenas tardes. Soy Emma Domínguez, la niñera de Clara Duarte. He venido a recogerla. Tuvimos un inconveniente —digo mirando al hombre flaco. Su uniforme azul le queda grande y parece de edad avanzada. Me mira con semblante aburrido y hace un gesto con la cabeza hacia el interior del establecimiento.
—Debe ser la niña que está con la tutora en el escritorio de la entrada. Pase a hablar con ella. Yo no sé nada más —dice el hombre sin pedirme documentación. Más bien parece apurado por irse. Ya son casi las seis de la tarde, y es seguro que el lugar debería estar cerrado hace media hora.
—Gracias —digo y empujo la puerta de vidrio. Ingreso en un gran salón con largas luces fluorescentes que penden del cielo raso y al fondo veo el escritorio. Clara está sentada en una silla con ruedas moviendo sus pies en el aire mientras mira el piso y da algunos giros. Está entretenida con un paquete brilloso de golosinas que tiene entre las manos. Detrás del mostrador una mujer de cabello rojo ajustado en un rodete y con labios pintados del mismo color que su pelo se pone de pie.
—Tú debes ser la niñera —dice con seriedad y sin saludar, directo al grano. Si sus ojos verdes tuvieran habilidades sobrenaturales, estoy segura de que habrían lanzado un rayo para hacerme un agujero en el centro del pecho—. Te recuerdo que padres, tutores o encargados de los alumnos deben estar aquí un rato antes de las cinco para retirar a los niños. No ofrecemos servicio de guardería.
—Lo siento, señora —digo negando con la cabeza, y de a poco nace en mí una semilla de enojo que lleva el nombre de Helena Duarte—. Soy maestra de escuela primaria y te juro que te entiendo. Te has quedado casi una hora después de tu trabajo. Me ha pasado cuando los padres se retrasan.
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Editado: 25.02.2026