La niñera

Capítulo 14

Esta mañana me encuentro sola en la casa. La mujer que dice ser mi madre y que he aceptado como tal a pesar de que no la recuerdo por completo, Juana, ha salido a hacer unas compras para llenar la alacena. Parece que se está preparando por si tenemos una invasión o algo con tanto almacenamiento de comida.

Se acerca septiembre, y la primavera. Es notable en las flores que comienzan a brotar en el jardín delantero y en los días que se hacen largos gracias a que el sol se queda más tiempo en el cielo. Pero ni siquiera el pronóstico de buen clima o los bellos paisajes de Monte Negro me animan a salir de la casa.

Después de que abandonara la clínica algunas personas llamaron al teléfono de línea de la casa y dijeron ser mis amigas, querían verme y saber más de mí. Siempre sentí que me tenían lástima, entonces dejé de responder. Y entiendo que alguien pueda sentir pena por ti si tuviste un accidente horrible y tu memoria se fue, pero sigo sintiendo que algo falta. Todavía no me devuelven el celular ni mi laptop, y tampoco hay un televisor en la casa. Es por eso que en un acto de rebeldía decido que es momento de dejar la habitación y las cuatro paredes donde me he protegido. Tendré que aventurarme a caminar por el barrio.

Lo primero que voy a hacer es inspeccionar esta casa para descubrir algo más. De momento, lo único que sé es que me llamo Emilia Galeano y vivo con mi madre desde que comenzó a irme mal en mi estudio de abogados y tuve que cerrarlo por tiempo indefinido. Según Juana, me vi obligada a dejar el bonito apartamento con vista al lago que rentaba para mudarme al centro de la ciudad y vivir con ella. Es por eso que me dirijo a su habitación. Ella está escondiendo algo. En el pasillo en penumbras veo fotografías viejas. Supongo que soy yo de pequeña con mis padres en un día de campo. Al parecer papá murió cuando yo tenía diez años y mamá no volvió a casarse. Me quedo mirando esa pared. Hay una leve sombra cuadrada junto a un retrato de marco dorado, como si otro igual se hubiera caído al suelo o ya no estuviera allí. Entro al cuarto de mi madre. Con prisa miro en los cajones de la cómoda blanca frente a la cama, esa que tiene decenas de adornos y alhajeros encima. Solo encuentro ropa de verano y ropa interior en ellos. Luego abro las puertas del closet en una de las paredes laterales de la habitación, pero no logro hallar nada más que sacos largos de colores oscuros y decenas de zapatos en el piso. Trato de dejar todo como estaba. Tampoco tengo suerte con los pequeños cajones de la mesa de luz. Sin embargo, hay un instinto que nace de repente, esa sensación de que debes mirar en un sitio más porque vas a encontrar algo. No sabría cómo explicarlo, pero siento electricidad en la yema de mis dedos. Me arrodillo junto a la cama y pongo mi cabello suelto detrás de mi oreja. ¡Sorpresa! Hay una caja de zapatos allí, aunque puede contener cualquier cosa. Estiro el brazo ensuciando con polvo viejo la manga de mi camiseta azul. Tomo la caja roja y me siento sobre la cama. Los resortes del colchón viejo crujen cuando el peso de mi cuerpo se deposita sobre él. Quito la tapa cuadrada de la caja de cartón húmeda y encuentro varios recortes de diarios. Mi corazón comienza a latir rápido.

Primero veo una fotografía grande en blanco y negro. Hay dos autos destrozados bajo un título de letras grandes. Mis ojos se quedan fijos en él.

MILAGRO EN LA RUTA: FAMILIA SOBREVIVE ACCIDENTE MIENTRAS UNA MUJER LUCHA POR SU VIDA. UNA PERSONA MUERTA.

Comienzo a leer los párrafos que están debajo intentando que mi mente logre procesar esas palabras de tinta negra. No conozco a esa familia Duarte ni a su hija Clara, pero me alegro de que estén bien. Creo que dejo de respirar cuando veo mi nombre en la noticia y leo el resto de la información.

La tragedia recae del otro lado del siniestro. El vehículo que embistió a los Duarte era conducido por Emilia Galeano, de 35 años, quien iba acompañada de su hija Ariana (seis años). ¿Pudo la mujer haberse quedado dormida al volante o haber sufrido una descompensación? Todavía no hay información certera. Madre e hija fueron trasladadas de urgencia al hospital, pero lamentablemente, la pequeña fue declarada muerta al llegar. Emilia permanece en coma inducido con pronóstico reservado.

La pequeña fue declarada muerta al llegar. Las palabras estallan dentro de mi cabeza como fuegos artificiales. Traen con ellas la imagen de la niña con la que he estado soñando hace varias semanas. Sentía amor por ella sin saber quién era y ahora lo sé. La niña rubia de mis recuerdos es Ariana, mi hija muerta. La culpa despierta de un largo sueño y se viste de oscuridad. No solo lastimé a una familia, sino que causé la muerte de mi propia hija.

Dejo escapar desde el centro de mi pecho un grito desgarrador que sube por mi garganta para salir con desesperación a través de mis labios junto con las lágrimas que brotan de mis ojos. Ahora entiendo por qué no me dejaban acceder a internet o estar comunicada.

—¿Qué sucede, hija? ¿Qué pasó? —pregunta mi mamá, que acaba de volver de sus mandados y suelta una bolsa de plástico en el suelo. Unas naranjas ruedan por el piso de madera. Mira la caja que está a mi lado y se apresura a sentarse junto a mí. Me envuelve con sus brazos y comienza a llorar mientras yo la recuerdo. Sus manos amables y su perfume dulce que nunca cambia con el paso de los años. Lloramos juntas, porque no hay necesidad de decir una sola palabra. ¿Qué se puede hacer cuando algo tan horrible sucede más que compartir el dolor con abrazos y lágrimas?

Paso casi media hora en ese estado hasta que mamá logra llevarme a la cocina para hacerme un té tranquilizante. Allí me cuenta que ella tuvo que tomar la difícil decisión de cremar el cuerpo de mi pequeña porque yo estaba en coma inducido. Además, mamá dice que va a contarme todo, que hay algo más acerca de la muerte de mi hija, y promete, aunque sabe que no está actuando bien, prestarme sus píldoras para dormir. Lo hace bajo la promesa de que visite un psiquiatra y a un psicólogo cuanto antes, porque a pesar de que los peritos concluyeron que nadie tuvo la culpa del accidente, sí hay una razón para que haya ocurrido. Mamá no va a decir más nada, porque cree que me hará daño. Pero esa información es la que quiero recordar ahora. Y lo voy a hacer.




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