La niñera

Capítulo 15

La primera semana en la casa de los Duarte pasa en un abrir y cerrar de ojos. Debo reconocer que los primeros días fueron un poco caóticos, pero luego el estado de ánimo de Helena mejoró y se olvidó de mis errores o de tantas reglas sin sentido. Creo que incluso se olvidó de sus propios errores, porque el viernes pasado por la noche me pidió ayuda para cocinar un pastel de papas y sorprender a su esposo e hija. Mientras yo cocinaba la carne molida condimentada sobre la hornalla y mi jefa no paraba de hablar acerca de una conferencia sobre cirugías estéticas poco invasivas que le habían pedido conducir en el centro de convenciones municipal, estuve a punto de cuestionar la elección del menú. Me quedé callada para no arruinar el momento. Ella estaba de buen humor, sostenía en una mano una ancha copa de vino tinto mientras removía trozos de papa con una cuchara de madera junto a mí. Recordé a Clara comiendo papas fritas y lo que me dijo su tutora acerca de que la niña no tenía ninguna condición de salud riesgosa, y decidí poner un manto de piedad. Mi jefa se veía alegre y vibrante. Hace días que ella me trata con mucha amabilidad, y las confusiones con respecto a mis tareas se terminaron. Clara está más animada y habla más que antes. Mi plan de cobrar este primer mes de trabajo sin renunciar antes sigue en pie, y quizá pueda seguir si todo sigue así.

Es viernes otra vez y no hay nadie en la casa. La niña todavía está en la escuela y sus padres trabajan en la clínica como todos los días. Camino por el corredor de la gran residencia con dirección al cuarto de Clara para ordenar su mesa de trabajo, que es un desastre todo el tiempo gracias a sus lápices y hojas de dibujo. Nadie dijo que la gente creativa fuera organizada. En un momento miro a través del ventanal. El cielo sobre el bosque es un colchón de nubes negras, y creo ver las primeras luces blancas de los relámpagos que anuncian una tormenta. Ya me imagino durmiendo mientras las gotas de lluvia chocan contra el techo de la cabaña. Cuando me dispongo a recoger los dibujos, me quedo mirando el que está sobre los demás en la pila de hojas.

Puedo ver a dos niñas rubias que parecen gemelas tomadas de la mano, y una de ellas está llorando. Clara ha trazado gruesas líneas de color celeste debajo de los ojos. En verdad los dibujos de la niña me ponen los pelos de punta. Alguien siempre está llorando. ¿Por qué las personas siempre están tristes? Quizá es ella y una compañera de su vieja escuela. Pienso eso cuando un trueno explota en el cielo y me hace dar un salto. Miro hacia la ventana para comprobar si ha empezado a llover y es allí cuando lanzo un grito de terror. La mujer de cabellos sobre el rostro ha vuelto. Se da cuenta de que la veo y en tan solo segundos corre hacia la izquierda y desaparece de mi vista como un fantasma. Abandono la habitación con prisa y voy hacia la puerta siguiente para mirar por esa ventana y ver si la mujer sigue allí, pero cuando tomo el picaporte recuerdo que estoy frente al cuarto cerrado con llave. ¡No es así! Es raro, pero estoy equivocada. Esta vez la puerta suelta un chirrido molesto para darme la bienvenida mientras la empujo. No hay rastro de la extraña a través del cristal y eso me deja más tranquila. No creo que vuelva ahora que sabe que estoy siempre en la casa.

Las gotas de lluvia comienzan a azotar la ventana y me olvido de la mujer. Doy pasos cuidadosos y miro a mi alrededor. Hay una casa de muñecas tan grande junto a la pared, que el techo que imita tejas grises llega a la altura de mi pecho. Hay personitas de juguete en cada habitación de la casa. En frente hay una cama muy parecida a la de Clara, pero lo que llama mi atención es su nombre sobre la pared. Parece estar hecho de pequeñas luces blancas que ahora están apagadas. No sé qué pensar. ¿Por qué hay otra habitación para ella? No parece estar en remodelación. Es más, diría que se ve impecable. ¿Por qué esta recámara se siente más acogedora que la otra? Podría ser una sorpresa de cumpleaños para la niña, pero esa fecha ya ha pasado.

Escucho un jadeo fuerte detrás de mí y pienso que la mujer misteriosa del bosque ingresó en la casa y va a atacarme. Cuando giro con prisa para ver quién está conmigo en el cuarto iluminado por los relámpagos veo algo peor. Es Helena. Ella ha regresado al mediodía y no escuché la puerta principal porque los truenos son fuertes y la lluvia que azota las paredes también.

—¡Sal de aquí ahora mismo! —exclama con rabia en la mirada, y su boca roja es una línea que indica una grave seriedad. Sus labios pierden el color de a poco para volverse casi blancos. Ella parece un espectro—. ¿Quién demonios te crees para entrar en el cuarto de mi hija?

Me quedo helada y no puedo mover los pies. Su tono de voz no tiene alteraciones, pero noto la ira que se revuelve en el fondo de sus ojos celestes como un arroyo sucio. Los relámpagos que crean sombras en los rincones del cuarto no ayudan. A su pregunta podría responder dos cosas: primero, que ella y su esposo me dieron permiso de estar en la casa porque soy la niñera de Clara, y segundo, le diría que este no es el cuarto de su hija. O sí. No lo sé. Agacho la cabeza y paso junto a ella temiendo que me lastime con sus uñas largas, pero no hace nada. Cuando llego al living solo escucho el estruendo de la puerta cerrándose y el sonido furioso de las llaves dando vueltas para clausurar el cuarto que acabo de abandonar.

—Lo siento, Helena. Creí escuchar ruidos extraños y la puerta estaba abierta. Nunca lo está y por eso llamó mi atención. Entré porque pensé que quizá el viento había abierto una ventana. Le pido disculpas.

Lo que he dicho es una mentira. Pero tampoco puedo asustarla con cuentos de una mujer rara que merodea por el patio, y quizá ella se calme con esa explicación.




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