La niñera

Capítulo 16

—¿Se puede saber dónde estabas? Me tenías preocupada, hija. Tienes que avisarme antes de salir —comenta mi madre apenas abro la puerta y me ve entrar. Se pone de pie al instante y deja un libro que estaba leyendo sobre el sofá.

Estoy en su casa, en nuestra casa, donde he decidido quedarme porque es cierto que tuve que cerrar mi estudio de abogados y no puedo gastar mis ahorros en rentar otro lugar. Desde que recordé gran parte de mi vida esa tarde de lluvia semanas atrás y cuando ella con manos temblorosas me entregó la urna con las cenizas de mi hija para que yo decidiera qué hacer con ellas, me he dedicado a trotar. Sentir el cansancio en el cuerpo, la fatiga en los músculos, me hace pensar menos en esa caja de madera oscura simple y cuadrada donde me niego a creer que Ariana descansa convertida en polvo. El hecho de pensar en eso genera una palpitación exagerada de mi corazón. Pero tengo una excusa que darle a mi mamá cuando el interrogatorio se vuelve intenso. Sí, tenemos un acuerdo de comunicación antes de cada decisión que tomo. Sin embargo, siento que ella, la terapeuta que comencé a ver y los médicos me tratan como a una niña tonta e indefensa.

—Estaba trotando y perdí la noción del tiempo. Sabes lo bien que me hace y cuánto me tranquiliza. La medicación que recetó la psiquiatra parece no funcionar —digo tiritando un poco. Afuera se escucha un trueno. No ha dejado de llover desde la mañana. Caen gotas de lluvia desde las puntas de mi cabello.

—Sé que te hace bien correr, pero no bajo la tormenta, Emilia. Podrías enfermarte —explica ella, y se dirige a la cocina para poner la tetera sobre el fuego. Piensa que todo se soluciona con sus tazas de té de hierbas—. La doctora dijo que la medicación no es mágica y tomará un tiempo para que haga efecto. Sabes que puedes llamar al psicólogo si necesitas una sesión extra.

—Lo sé. Pero no tengo ganas de hablar en estos momentos —suspiro deseando que esa píldora blanca que tomo cada mañana con el desayuno en verdad tenga poderes mágicos para hacerme olvidar lo más terrible de mi vida. Aunque tampoco quiero olvidarme de Ariana. Temo el momento en que no recuerde su perfume ni el sonido de su risa.

—Además, en plena tormenta, hija. ¡Y en la ruta! Con lo que pasó ese día… —comenta ella negando con la cabeza. Preferiría que no hiciera ese tipo de comentarios, porque ellos alimentan la gran culpa que me invade a cada instante. Siento que maté a mi hija esa tarde.

—Iré a darme una ducha y volveré a tomar el té. Gracias, mamá.

Es lo único que digo para dar por terminada la conversación. Minutos después, bajo el agua caliente que se desliza por mi piel, no puedo dejar de ver en mi mente la lluvia torrencial de esa tarde de enero. También puedo escuchar las gotas gordas estrellándose contra el parabrisas. La ruta era casi invisible ese día, pero soy buena conductora. Por supuesto que estaba enojada y quizá en un ataque de ansiedad junto con un poco de ira. La atmósfera dentro de ese auto no era buena. Ariana no paraba de llorar porque quería quedarse en casa mirando su serie infantil con mamá. Incluso ella me gritó que no saliera en ese estado. No le hice caso, arrastré a mi pequeña conmigo porque Manuel Dorrego tenía que aceptar de una vez por todas que tenía una hija. Nunca pensé que sería ese tipo de mujer, pero detesto las injusticias. Por alguna razón soy abogada.

Intenté seis años proveer por ella, y lo seguiría haciendo. Lo económico no era lo que más me molestaba. No me interesaba si no recibía un solo centavo de su parte. Lo que me llenó de rabia fue que cuando le dije que estaba embarazada, seis años atrás, desapareció sin dejar rastros. Su número de celular era inexistente y borró su perfil en las redes sociales. Por una casualidad de la vida volví a verlo en una noticia del diario con esa sonrisa blanca que solía brindarme como un regalo apenas me veía cuando bajaba de su auto caro (mamá se niega a dejar de comprar el diario a pesar de que todo se puede encontrar en internet). Así que lo investigué y me llevé una gran sorpresa.

Debo reconocer que de alguna manera sabía que iba a arruinar su vida perfecta cuando me presentara en su puerta con una niña a mi lado. Iba pensando en todo lo que quería decirle y el escándalo que iba a causar cuando las luces blancas de otro auto aparecieron de la nada. Yo estaba en mi carril, pero el otro vehículo hizo una maniobra desesperada y se cruzó a mi lado. No pude esquivarlo. Solo sentí el fuerte impacto y luego mi auto comenzó a rodar sobre el asfalto. Los chillidos de mi hija junto con el metal retorciéndose se unieron para convertirse en el sonido más horrible de todos, uno que ahora no puedo sacarme de los oídos. Cuando el auto se detuvo y hubo silencio, solo las gotas de lluvia se podían escuchar chocando contra el suelo. No podía oír a Ariana, así que antes de que mis ojos se cerraran les pedí a todos los dioses que estuvieran despiertos esa tarde tormentosa que salvaran a mi pequeña. Luego de eso no recordé más nada hasta que abrí los ojos en una clínica y empecé a recuperar mi memoria gracias a la ayuda de mi madre.

Me sigo culpando por lo que sucedió, aunque sé que él también tiene la culpa. Manuel Dorrego me engañó antes de desaparecer dejándome embarazada. Pero lo descubrí gracias a ese diario. Sabía su nombre real así que lo volví a encontrar, pero fue cuando recuperé la memoria hace semanas y leí la noticia sobre el accidente que todo se puso en su lugar para darme la imagen completa. La última pieza del rompecabezas ocupó su espacio para revelar la terrible verdad. Manuel Dorrego no existe, es un fantasma creado por otro hombre que mientras hacía lo imposible por enamorarme para luego acostarse conmigo, vivía otra vida. Tenía una esposa que pronto también le daría una hija. Ese tipo nos engañó a las dos, y no estoy orgullosa de las cosas que hice para hacérselo saber a su esposa ni de lo que hago ahora cuando salgo a trotar.




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