La niñera

Capítulo 17

Pasa una semana más de mi nueva vida y puedo decir que adoro a Clara. Me encanta compartir tiempo con ella. Es una niña inteligente, aplicada en las tareas, puede leer de corrido sin problemas y está llena de creatividad. Ha dejado de dibujar imágenes tan oscuras como antes para inventar castillos con techos de oro y unicornios de colores pasteles con alas transparentes. Eso me deja más tranquila. Los otros son dibujos que a Helena no le gustan.

Es domingo y tengo el día libre. La familia salió temprano para pasar varias horas en el campo y regresarán por la noche. Tienen otra casa en algún sitio de la región, pero no me contaron mucho más que eso. Solo sé que la casa grande ahora está cerrada y no pienso poner un pie allí mientras ellos no estén para evitar problemas. Son las diez de la mañana y todavía sigo en la cama. No había dormido tan bien en mucho tiempo, así que me estremezco entre las sábanas disfrutando del contacto del material delicado con mi piel. La luz dorada del sol se cuela por la ventana y puedo oír algunos pájaros cantando en las arboledas de los alrededores. Tomo mi celular de la mesa de luz y respondo un mensaje de Sofía, que se disculpa por no poder visitarme hoy, en mi primer día libre luego de ajustarme a las rutinas de los Duarte; los hijos de mi amiga estuvieron en una fiesta de cumpleaños el día anterior y comieron demasiadas golosinas, no se sienten bien como para salir de la casa y hacer un viaje. Le respondo que no hay problema y agrego que la extraño mucho y espero verla pronto. Mirando mis conversaciones en el teléfono encuentro el chat con Sebastián del día que nos pasamos los teléfonos. Fue algo rápido y formal, para saludarnos. Noto que ha publicado un estado hace dos horas así que decido verlo. No es la foto de una resaca luego de una fiesta sino de un sol que empieza a escalar el cielo sobre un campo de altos cultivos verdes. De espaldas a la cámara puede verse un perro grande de pelaje claro contemplando el paisaje. Envío la reacción de un corazón y mientras preparo el desayuno recibo un mensaje. Es de Sebastián.

Hola, Emma. ¿Te gustaría almorzar conmigo y este chico rubio hoy?

Debajo hay una foto del golden retriever más hermoso que he visto. Parece estar sonriendo a la cámara.

Creo que no puedo decir que no a semejante invitación de ese caballero.

Acepto su propuesta y él me dice que en una hora pasará por mí, que aliste todo lo que crea necesario para una mañana de campo. Eso mismo hago. Preparo una mochila con algunas cosas y trato de verme bien. Me pongo por primera vez en mucho tiempo un vestido primaveral. Es de tela azul delicada, con pequeñas flores en un tono pálido de rojo. Tiene breteles finos que se ajustan en mis hombros. La falda es un poco acampanada y me cubre hasta por encima de las rodillas. Para estar más cómoda me pongo zapatillas blancas urbanas.

Más tarde Sebastián me avisa que está cerca y en minutos, cuando llego a la entrada principal de la casa, puedo verlo esperándome. Conduce una camioneta Ford celeste de esas antiguas, pero se ve inmaculada. Los faros delanteros son redondeados y se ven en perfectas condiciones. No tiene ni un rasguño en la pintura, debe ser el sueño de todo coleccionista. Él está sonriendo detrás del parabrisas y eso es una imagen alentadora. Junto a él está su perro, y parece tan impaciente que comienza a ladrar. Me apresuro al vehículo y abro la puerta para ocupar mi lugar cuando el enorme perro comienza a olfatearme y lame mi mejilla. Suelto una carcajada.

—¿Qué son esos modales, Pelusa? —pregunta Sebastián acariciando la cabeza de su adorable mascota, que repite la misma acción con él esta vez—. Hola, Emma. Lamento que mi perro te haya dado esa bienvenida.

—Está bien. No me molesta. Siempre quise tener una mascota —digo y me acerco a dejarle un beso en la mejilla. La leve sombra de una barba hace picar mis labios—. Buen día. ¿Así que un día en el campo?

—Es el mejor lugar para relajarse, y espero que te guste el asado porque vas a comer el mejor de todos hoy —dice él con una sonrisa encantadora y comienza a conducir, alejándose de la gran casa de cristal. Se ve diferente sin su gorro de policía o el uniforme. Su cabello negro está revuelto y parece húmedo. Sus brazos gruesos se pueden ver gracias a la camiseta blanca de mangas cortas que tiene puesta. El hombre logra que la tela de sus jeans se expanda y se ajuste alrededor de sus muslos. Me alegro de haber aceptado su invitación.

—¿Tienes una casa en el campo? —pregunto observando el paisaje. Pelusa hace lo mismo. Mira con concentración el lago que comienza a hacerse visible a medida que nos alejamos del barrio privado entre los bosques.

—Sí. Es mi lugar preferido.

—Entonces se gana bien en la policía, como para tener dos residencias. Quizá debería cambiar de profesión.

—No, para nada —dice él sonriendo y me mira por un segundo antes de volver su atención a la ruta. No hay mucho tráfico un domingo por la mañana—. Era de mis padres. Vivo en el campo, Emma. Mi madre es la que está en un apartamento en la ciudad. Allí tiene a sus hermanas, y nunca le gustó el campo. Si mi sueldo fuera bueno estaría conduciendo un Ford último modelo ahora y no esta chatarra vieja.

—Ya veo. Pero ¿qué dices? Me gusta tu camioneta. No sé, creo que te da cierto carácter. Todos los tipos se creen interesantes por tener esos autos caros que se ven todos iguales y hacen mucho ruido —comento con una sonrisa—. Yo soy maestra así, que mi vehículo es ese Volkswagen gris que viste fuera de la casa de los Duarte.




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