Luego de comer asado con ensalada hasta reventar, charlar y caminar bajo el sol respirando el aire campestre, decido que es hora de finalizar la cita y volver. Estoy relajada y creo que el vino me ha ayudado un poco con eso. Le digo a Sebastián que puedo llamar un taxi, pero insiste en llevarme hasta mi lugar de trabajo. Ni siquiera tengo que cocinar la cena desde que tuvimos ese nuevo acuerdo con Helena, así que no tengo prisa por llegar. Un servicio de comidas prepara los alimentos de la familia y el mío. Suelo recibir al delivery a media mañana, junto con dos chicas de limpieza que no me dirigen la palabra. Hacen su trabajo, que les toma alrededor de tres horas, y se van tan silenciosas como llegaron. Solo tengo que estar allí para abrir y cerrar la puerta de la cocina. Me pareció lo mejor, porque eso evita confrontaciones con mi jefa.
La camioneta Ford celeste hace sonar su motor por la ruta. Pelusa estaba demasiado cansado tras su día como anfitrión, así que se quedó durmiendo en su cama bajo la galería de la casa. La música suena en la radio y Sebastián golpea con suavidad el volante negro con la mano mientras tararea la canción. Eso me hace sonreír. Lo observo, enmarcado por la ventana y el cielo que se va poniendo naranja detrás de su cabeza. Se ve tierno además de atractivo. Es extremadamente guapo, no puedo mentir, pero lo que más llamó mi atención fueron sus modales, la forma en la que escucha y da su opinión con respeto. Me sorprende que un hombre así esté soltero todavía, aunque debo confesar que en cierto modo eso me gusta.
—¿Nunca te sueltas el cabello, Emma? —pregunta él interrumpiendo mi momento de observación.
—No. Se me hace más cómodo llevarlo así. Pero ya que lo dices… —comento con una sonrisa mientras tomo con los dedos la coleta elástica azul que ya debería arrojar a la basura y la quito para dejar que mi cabello negro se suelte y acaricie mis hombros. Muevo la cabeza y puedo sentir la brisa que ingresa por la ventana jugar con mi pelo—. Me siento libre ahora.
Los dos nos reímos y nos animamos a cantar la canción de la película Frozen. Cuando estaciona frente a la casa de cristal, el bosque alrededor ya ha generado sombras y las luces en el interior están encendidas, como los pequeños reflectores en las paredes de la fachada. Sebastián se apresura a bajarse de su vehículo y rodea la camioneta para abrir mi puerta.
—Estamos en la era moderna, Sebas —comento sonriendo, aunque tomo su mano para bajar de la camioneta. Atrapo mi mochila antes de olvidarme de ella—. Pero esos detalles son lindos. Gracias, caballero.
—¿Ves? Por eso no funcionan mis citas. Creo que soy demasiado anticuado y eso asusta a las chicas —bromea y estira su brazo para cerrar la puerta. Quedo apretada entre él y el vehículo. Nuestros cuerpos están muy juntos. Sus rodillas tocan mis muslos. Puedo oler su colonia con el aroma del campo en su piel. Me mira con sus ojos tan oscuros como una noche de tormenta y sé que es el momento justo. Él quita mi cabello de mi rostro con sus dedos y cierro los ojos. En un instante nuestros labios se tocan despacio. Es un leve roce que se intensifica hasta que los dos queremos un poco más. Creo que pierdo la noción del tiempo. Una de mis manos descansa en su pecho fuerte. Puedo sentir el latido de su corazón bajo la palma de mi mano. Nos separamos con un jadeo y sonreímos.
—Creo que esta cita te ha funcionado bastante bien, señor anticuado —le digo y él asiente—. Gracias por este domingo. La he pasado de maravilla.
—Yo también, Emma. Espero que podamos repetir —dice mirando hacia la casa, y hago lo mismo. Una sombra atraviesa la ventana espejada del living—. Pero está llegando la noche y ambos tenemos que trabajar mañana temprano.
—Sí. Además, creo que la familia está en casa. La camioneta de David está aquí —comento y dejo un beso en la mejilla del oficial—. Dale mis saludos a Pelusa.
—Estará feliz con eso —dice Sebastián, y se sube a su vehículo. Levanta una mano en el aire antes de dar marcha atrás para hacer un giro y alejarse por el sendero.
—Con razón no contestabas los llamados —dice con ironía una voz detrás de mí y doy un salto. Por poco suelto una maldición, pero me alegro de no hacerlo. Cuando giro sobre mis pies veo a Helena, cruzada de brazos y con una mirada sombría.
—Hola, Helena. ¿A qué se refiere? Pensé que llegarían más tarde de su día de campo —digo tomando el celular del bolsillo delantero de mi mochila. Intento que la pantalla se encienda, pero me he quedado sin batería. La estaba pasando tan bien con Sebastián que no le presté atención a mi teléfono. Solo lo usé en un momento para tomar algunas fotografías y me olvidé de él.
—¿Y por eso pensaste que podías meter tipos a la casa? No quiero que Clara aprenda esas cosas, Emma —dice con seriedad. Realmente cree las palabras que salen de su boca porque lo afirma con convicción—. Por poco y los ve besándose, y no quiero que tenga esos ejemplos.
—Helena… —suspiro soltando el aire despacio, y ella entrecierra esos ojos azules y fríos como el hielo. Ha activado el modo bruja otra vez—. Primero, ese no es cualquier tipo. Es Sebastián, un policía que conoce bien del área del lago. Ha tenido la amabilidad de invitarme a pasear porque no conozco a nadie en la zona. Segundo, ustedes llegaron primero y estoy segura de que estaba viendo por la ventana. Yo acabo de llegar y lo estaba despidiendo. No he metido a nadie en la casa.
—¡Pero tenías que estar en tu lugar de trabajo! —dice en voz alta y baja los brazos. Sus manos se convierten en puños cerrados a los costados de su cuerpo. Esta mujer no está acostumbrada a que alguien le responda cuando dice cosas incoherentes.
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Editado: 25.02.2026