Estoy doblando la ropa que ordené en los estantes sobre la pared el día que llegué, había sacado todas mis prendas de mis bolsos pensando que iba a quedarme mucho tiempo aquí. Tengo las dos valijas abiertas sobre la cama y estoy guardando mis cosas cuando cuatro golpes fuertes en la puerta me sorprenden. Pongo pausa en la aplicación de música del celular y camino hasta la puerta. Cuando la abro me encuentro a David mirándome con preocupación. Lo único que puedo notar en ese momento es que lleva su torso descubierto como antes. Considero que no hace calor como para estar así. La piel de su cuerpo tonificado se ve bronceada, pero no debe ser natural. Estoy segura de que paga esas cabinas en centros de estética o quizá en su misma clínica, porque desde que llegué nunca lo vi tomar sol junto a la piscina. Casi nunca está en la casa. Cruzo los brazos sobre mi pecho porque me doy cuenta de que para estar cómoda solo llevo un top que expone mi estómago y unos pantalones demasiado cortos. También estoy descalza, y siento en mis pies la brisa fresca que viene del bosque.
—Hola, Emma. ¿Cómo estás? —pregunta con voz ronca y me da un vistazo incómodo. Sus ojos claros me recorren de pies a cabeza y pienso por un momento que se detienen más tiempo en mi estómago. Aclaro mi garganta.
—Un poco cansada. Estoy aprontando el equipaje para no tener que hacerlo mañana al despertar —digo sin demasiado interés. Me pone incómoda que él esté aquí. Es la primera vez que tenemos una charla solos desde que empecé a trabajar en la casa. No quiero que esto genere un problema peor con Helena.
—Quería pedirte disculpas si mi esposa te ofendió y también decirte que puedes estar tranquila. Vas a cobrar por los días que trabajaste en nuestra casa. Le pedí tus datos bancarios a Helena y yo mismo liquidaré tu sueldo. Decidí pagarte el mes completo por las cosas que has tenido que soportar —dice soltando un suspiro—. Mira, sé que Helena no se ha portado bien contigo y no quiero justificarla, pero su medicación no está funcionando bien. Me he cansado de decirle a su psiquiatra que algo no anda bien.
Me mira esperando una respuesta. No sé qué decir. ¿Cuánto tiempo tendría que aguantar sus destratos hasta que la medicación funcione? Como no digo nada, él sigue hablando.
—A principios de año tuvimos un accidente terrible en nuestro auto y lo primero que pensó Helena fue que perdíamos a Clara. Nos costó mucho concebirla y ella perdió dos embarazos antes. Ese estrés y la depresión no han sido buenos con ella. De nuevo, no quiero justificarla, pero sí pedirte disculpas.
—Está bien. Esto no me hará decir que me quedo en el trabajo. Sin embargo, agradezco su explicación. Es bueno saber que no estaba haciendo mal mis tareas —comento mostrando empatía genuina. No creo que haya sido fácil para él tampoco convivir con una esposa en ese estado, y mucho menos ha sido fácil para Helena. De repente su mano vuela hasta mi brazo y desliza sus dedos de manera descendente por él.
—Si cambias de opinión y te quieres quedar por Clara, quiero que sepas que siempre tendrás el puesto. Ella te aprecia mucho y yo creo que eres la mejor niñera que ha tenido —dice guiñando uno de sus ojos azules y se marcha. Eso es dar un golpe bajo, porque realmente siento cariño por su hija. De todos modos, no me agrada Helena y esa forma que tiene David de tratarme tampoco. Ahora solo quiero dormir. O intentar hacerlo.
Cuando me levanto a la mañana siguiente me pongo lo primero que encuentro y salgo de la cabaña. Escucho el motor de un auto y me apresuro a abrir la puerta de la cocina. ¡Se han marchado antes! Es obvio que Helena quiere quedarse con la última palabra y no me dejará despedirme de Clara. Se forma un nudo en mi garganta. Regreso a limpiar la cabaña antes de marcharme cuando veo un papel cerca de la puerta que no había visto cuando salí apurada. Alguien lo ha dejado aquí más temprano. Me agacho a recoger la nota. Es un dibujo de Clara. Son sus trazos y los colores que usa. Hay tres mujeres dibujadas en la hoja. Una es alta y tiene el cabello negro recogido en una cola de caballo. Está en el extremo izquierdo de la hoja, tomando la mano de una niña rubia en el medio. La otra mano de la menor está aferrada a la de una mujer de cabellos rubios que le cubren el rostro. No sé cómo sentirme ante semejante imagen. Supongo que soy yo, Clara y la extraña del bosque. ¿Por qué está ella ahí? ¿Por qué toma su mano como yo? ¿Acaso no le tiene miedo? Niego con la cabeza y guardo el dibujo en el bolsillo de mis jeans. Tomo mi mochila, mis dos valijas, y abandono la cabaña tras dejar las llaves del lado de afuera; la copia de las llaves de la cocina de la mansión queda junto a esa puerta. Adiós nueva vida.
Al menos pude ver el dinero depositado en mi cuenta temprano por la mañana, y es el doble del sueldo que ganaba como maestra. Eso es bueno. Mi auto sigue estacionado en el mismo lugar y temo que no encienda, pero lo hace al instante. Quiero irme de aquí cuanto antes. Mientras conduzco hacia el centro de la ciudad y el lago azul se hace presente, esa calma me recuerda al día anterior en el campo. ¡Sebastián! Le enviaré un mensaje cuando esté en casa de mi amiga para contarle mis novedades.
Más tarde sonrío al entrar en la residencia de Sofía. El aroma del perfume del living me regala familiaridad. Acomodo mis cosas en el cuarto y veo qué hay en la heladera para sorprender a la familia con una comida. Creo que carne al horno con un buen puré de papas es un menú excelente.
Cuando mi amiga llega lo primero que hace es arrojar su mochila cargada de cartulinas de colores para correr a abrazarme. Los niños hacen lo mismo. Su esposo trabaja hasta tarde, así que seremos nosotros cuatro. Hay música en la radio y alegría en nuestra charla alrededor de la mesa redonda de la cocina. Cuando no queda comida en la fuente, los niños van a tomar una siesta y nos quedamos lavando la vajilla, todo me indica que es hora de la conversación seria.
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Editado: 25.02.2026