Esa misma tarde, mientras Sofía y su familia regresan a sus actividades de rutina, busco información acerca de Emilia Galeano. Mi amiga me dijo que quería ayudarme, pero tengo tiempo libre y quiero dedicarme a esto. Sé que va a odiarme por dejarla fuera, pero no quiero involucrarla. Si esto se hace público prefiero ser yo la que caiga en desgracia. Mi carrera en la docencia está arruinada de todos modos y ella tiene una familia que cuidar.
En segundos llego otra vez al sitio web del estudio de abogados. Se ve profesional, con fondo blanco y letras negras. Esta vez leo mejor la información y me entero de que Emilia es la dueña. Encuentro su foto en blanco y negro en la sección en que presentan a los socios. Está sentada en esas sillas de cuero de oficina y se ve un escritorio delante de ella. Debajo de la fotografía están sus datos de contacto. Hay un correo electrónico y también un teléfono. Voy a usar la segunda opción. Aprieto una flecha y puedo ver la imagen de un hombre de más edad, otro abogado del estudio. Se llama Máximo Rapetti. Él no me interesa ahora, así que respiro hondo mientras escribo el número de Emilia en el teclado de mi celular y presiono la tecla para llamar. Nadie responde luego de un minuto y vuelvo a insistir. Cuando estoy a punto de colgar porque no estoy obteniendo una respuesta, escucho una voz que suena débil del otro lado. Es una mujer.
—¿Hola? ¿Quién habla? No tengo tu número registrado en mi celular —dice ella, y pienso que debería haber escrito lo que iba a decirle antes. Quizá debería haber enviado un mail o preparar un discurso.
—Sí, lo siento. No sé cómo explicar esto y no sonar como una loca. Me llamo Emma Domínguez. No quiero asustarte, pero tengo algo importante que hablar contigo acerca de la familia Duarte —comento y escucho un jadeo del otro lado—. No cuelgues, por favor. Odio tener que tocar un tema tan difícil, pero yo era la niñera de Clara Duarte y hay algo que me inquieta bastante.
—Si vas a denunciarme por acechar la casa en el bosque y a la niña puedes hacerlo. Quizá de esa manera recuerden quién soy y lo que me quitaron con el accidente.
Puedo sentir la ira en sus palabras y si fueran algo material, estoy segura de que mi teléfono estaría empapado en tinta negra. Acaba de reconocer que era ella la mujer que merodeaba por la casa. Seguro quería darles un susto.
—No es eso. Para nada. Es que creo… —comento pidiendo al universo no estar equivocada con esto y lastimar a esta mujer todavía más, porque no podría perdonármelo—. Me parece que la niña que cuidaba no es Clara sino tu hija, Ariana.
El silencio que se genera parece eterno, como si estuviéramos en otro mundo. No puedo escuchar los motores de los autos en la calle ni el cantar de los pájaros entre los árboles del jardín trasero. Solo espero la respuesta de Emilia, que se toma un buen rato en llegar.
—¡Necesito verte ahora! Te enviaré mi dirección por mensaje de texto. Todavía no confío tanto en mis habilidades para conducir y menos ahora, con lo que has dicho. Mis manos están temblando —comenta y suelta un suspiro que le da un descanso a su voz quebrada—. Espero que esto no sea una broma de mal gusto. Porque te juro que tengo los contactos para encontrarte y hacerte una denuncia.
—Para nada, Emilia. No podría jugar con algo así. Te veré en un momento.
Ambas colgamos y apronto mi mochila. El único dibujo que tengo en papel de Clara es el que dejó por debajo de la puerta de la cabaña temprano por la mañana. Luego tengo algunas fotos de ella en la galería de mi teléfono, y de los demás dibujos que estaban en la mesa de su cuarto.
Mientras conduzco hacia la casa de Emilia, que queda a quince minutos de donde estoy, recuerdo que Clara me dijo que le gustaba mi nombre. ¡Dios! Emma y Emilia son nombres parecidos, al menos los sonidos lo son para un niño. Los dibujos y su manera de ser introvertida. Espero no estar cometiendo un gravísimo error haciendo esto. Sin embargo, estoy cada vez estoy más segura de que Ariana Galeano está viva y es una prisionera en esa casa de cristal en el bosque.
Emilia vive en una zona no tan céntrica, y por eso la casa tiene un jardín delantero amplio cubierto de césped verde. Tengo que caminar por un sendero de mosaicos españoles con diseños florales azules sobre blanco. Llamo a la puerta y me recibe una mujer de cabello blanco y corto. Tiene anteojos de marco color azul sobre el puente de la nariz y me mira con curiosidad.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarte? —pregunta la mujer con sospecha. Esta no es Emilia. De eso estoy segura. ¿Estaré en el sitio correcto?
—Estoy buscando a Emilia Galeano. Tengo que hablar con ella —explico sin dar demasiada información cuando una mujer delgada y de cabello rubio aparece detrás de la otra. Es ella. Tiene un rostro bonito ahora que lo lleva despejado. Sin embargo, se ve un poco demacrada.
—Está bien, mamá. Emma es una amiga que no veía hace mucho y nos encontramos por redes sociales. Puedes ir a hacer tus compras tranquila —dice mirándome de la cabeza a los pies y haciendo su mejor trabajo por no mostrar su desconfianza frente a su madre, aunque puedo sentirla en su mirada penetrante. La mujer mayor sonríe y asiente.
—Me alegro de que estés viendo gente, hija. Volveré más tarde. Les daré tiempo para charlar tranquilas —dice la señora y se marcha con un bolso de cuero negro sobre el hombro.
—Adelante, Emma. Lo mejor es que ella no sepa nada de esto. No quiero que sufra otra vez ni generar expectativas por algo que debo reconocer me parece una locura. Pero en estos momentos quiero aferrarme a esa idea.
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Editado: 25.02.2026