La niñera

Capítulo 22

El atardecer ha llegado trayendo consigo un cielo azul que se colorea con pinceladas en tonos de color rosa mientras la noche espera para presentarse más tarde con oscuridad y estrellas plateadas. La atmósfera se siente cargada de adrenalina. Hay algo raro en la brisa fresca que proviene del bosque. Tengo mi auto gris estacionado frente a la casa de los Duarte. Lo he dejado en posición para huir sin tener que hacer un giro y perder tiempo en el escape. Todavía no hay nadie en la residencia.

—¿Estás segura de que esto va a funcionar? —pregunta Emilia a mi lado, y no deja de mirar el sendero, cercado a ambos lados por árboles de tronco fino, por el que en unos minutos debería aparecer la camioneta escolar blanca—. Soy abogada y te digo que, si esto nos sale mal, nos meteremos en un gran lío.

—No pierdas la valentía ahora, Emilia. En verdad espero que esto nos salga bien y no haberme equivocado —susurro, y cuando veo el auto negro que se acerca me siento una tonta—. Recuéstate. ¡Rápido! No dejes que te vean.

Con rapidez acciono la palanca que se aloja entre los asientos para que el asiento del acompañante se ponga en posición horizontal y Emilia desaparezca.

—¿Qué pasa, Emma? ¿Qué viste?

—¡Soy una tonta! Clara no debe tener niñera todavía. Es obvio que no iban a dejarla venir a casa sola en el transporte escolar. No habría nadie para recibirla. Mi trabajo era esperarla cada tarde. Se me acaba de ocurrir algo. Voy a cubrirte con mi chaqueta para estar más segura —anuncio, y tomo con prisa mi abrigo negro que está en el asiento trasero para ponerlo sobre el rostro y una parte del torso de Emilia. Me bajo del auto y cierro la puerta para no llamar la atención de Helena hacia mi vehículo sino a mi persona. Porque es ella la que viene conduciendo. Detiene su enorme camioneta a unos metros de mí, donde suele dejarla siempre, y se baja al instante azotando la puerta. Lleva lentes para el sol que le cubren la mitad del rostro, pero sé que su mirada azul de hielo está fija en mí.

—¿Se puede saber qué haces aquí, Emma? No me gustan las visitas que no se anuncian —pregunta la mujer quitándose las gafas negras del rostro y ajustándolas sobre su cabeza. Me mira como si yo fuera un insecto repulsivo que quiere aplastar. Su cabello rubio se ve perfecto como siempre, y tengo que contenerme para no decirle lo que pienso—. Creo que mi esposo te pagó todo y depositó unos billetes de más a pesar de que le dije que no lo hiciera. Espero que no estés aquí para reclamar más dinero.

—Para nada. Gracias por el sueldo. Solo quería saludar a Clara. No pude despedirme de ella. La llevaron temprano a la escuela. ¡Hola, princesa! —exclamo en voz alta de forma inocente mientras miro a través de la ventana de la camioneta. A propósito, uso el nombre cariñoso con el que Emilia llamaba a su hija. Escucho la puerta del acompañante de la camioneta cerrándose. La pequeña con su uniforme de falda azul, cargando su mochila en la espalda, sonríe y decide caminar hacia mí, pero Helena la detiene aferrando la parte trasera de su camisa con fuerza.

—Mi hija, esa que abandonaste por ser una mala niñera, no quiere saludarte. ¿No es verdad, Clara? —pregunta Helena con una sonrisa maliciosa. Pero esa sonrisa se borra al instante y es un presagio de lo que está por ocurrir. En pocos segundos me veo envuelta en un caos tremendo. Escucho el chirrido metálico de una puerta y pasos apresurados detrás de mí, alguien está corriendo. Me giro para ver quién es y observo a Emilia, que viene dando pasos largos a toda velocidad. Helena se queda de piedra.

—¡La señora del bosque! Hola, señora del bosque —comenta Clara o Ariana saludando con su mano pequeña. Pero Emilia está ciega por la ira y ni siquiera ve a su propia hija. Embiste con toda su fuerza a Helena. Su espalda se estrella contra la camioneta. Tomo la mano de la niña y corremos hacia mi auto. En un segundo la tengo sentada en el asiento trasero con el cinturón de seguridad puesto sobre su pecho. Ocupo mi lugar y doy golpes en el volante con la mano por los nervios que tengo. El motor sigue encendido.

—¡Emilia! ¡Tengo a tu hija! ¡Déjala! ¡Vamos! Tu princesa te necesita ahora —grito fuerte para hacerme escuchar sobre el escándalo de chillidos y gruñidos salvajes que las dos mujeres producen con sus gargantas mientras brazos y piernas dan golpes contra la camioneta negra. Decir que tengo a su hija parece funcionar como un hechizo. Emilia corre hasta mi auto, lo rodea y una vez dentro azota la puerta. Puedo ver a Helena de rodillas en el suelo, su falda negra llena de polvo, tomando su celular mientras se pone de pie con dificultad. Comienzo a conducir sin pensar en nada más que alejarme de esa jaula de cristal. Si estamos equivocadas, nos meteremos en un gran problema. Tenemos que llegar a la casa de Emilia para comprobar la identidad de la menor.

Emilia gira en su asiento y estira la mano hacia la niña rubia que mira con inmensos ojos azules. Puedo verla por el espejo retrovisor. Esa pobre criatura ha sufrido demasiado para alguien de su edad y parece confundida ahora.

—¿Ariana? Soy yo, tu mamá, Emilia. ¿Me recuerdas, princesa? —susurra la mujer a mi lado y estira su brazo. Lágrimas surcan sus mejillas rojas por el esfuerzo que ha hecho. La niña le da la mano y Emilia rompe en un llanto desconsolado cuando sus dedos se entrelazan—. Su marca de nacimiento. La medialuna. ¡Puedo verla! ¡Es mi hija!

—Estoy un poco confundida —confiesa la niña, pero no suelta la mano de Emilia—. Pero nunca te tuve miedo, señora del bosque.

Mis ojos arden y mi pecho siente opresión. Ariana debe tener amnesia o un shock emocional muy grande, pero no ha esquivado el gesto de su madre. Se tranquiliza de a poco.




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