Cuando Sofía regresa a la casa le cuento las nuevas y excitantes novedades sin tomarme tiempo para respirar de forma adecuada. Damos saltitos como dos adolescentes que acaban de conseguir una cita, y sus hijos mueren de risa al vernos girar como un remolino tomadas de las manos. Nos detenemos antes de tropezar y caer al suelo. Luego de los festejos los tres me ayudan a dejar listo el equipaje y preparamos mi última cena en su hogar tan cálido. Alejo, el esposo de mi amiga, aparece con una torta de chocolate, mi favorita, como regalo de despedida. Mi amiga le había enviado un mensaje mientras él volvía del trabajo.
Les prometo que lo primero que voy a preguntarles a mis jefes al día siguiente es cuándo tengo días libres para ir a visitarlos o esperarlos en algún sitio de la zona del lago para poder pasear con ellos. Realmente espero ser capaz de ahorrar y sumar más dinero a mi indemnización, para invertir en algo y rentar un apartamento que me dé privacidad. No creo que me sea posible comprar una casa pronto, pero vale la pena soñar en grande.
Antes de cerrar los ojos, cuando ya estoy en la cama, veo que la pantalla de mi celular se enciende con un nuevo mensaje. ¿Quién podría ser a esta hora? Es Helena Duarte. Dice que me esperan a las ocho de la mañana para comenzar a trabajar. Si necesitaba algo más para dificultar la tarea de dormir, ese texto logra conseguirlo. Creo que me duermo a las dos de la mañana, y pienso levantarme a las seis y media para darme una ducha, desayunar y cargar el equipaje en el auto. Tengo pocas horas de descanso por delante. Si mis ojeras son evidentes, tendré que hacer uso del maquillaje para verme presentable.
Cuando abandono el cuarto por la mañana me encuentro a Sofía alistándose para ir a trabajar y a los niños desayunando para marcharse a la escuela. Su esposo ya partió a su trabajo en una empresa de construcción que lo tiene bastante ocupado. Ellos me ayudan a poner mis dos valijas y un bolso de cuero en el baúl del auto. Cierro la puerta con un golpe.
—Espero tu mensaje esta noche para contarme cómo estuvo tu primer día. Sé que lo harás bien, amiga. Confía en ti misma —dice Sofía, y me da un abrazo fuerte. Eso me pone sensible y puedo sentir que mis ojos se humedecen. Saco la llave de su casa del bolsillo de mis jeans azules y se la doy, pero ella me detiene. Cierra mi mano en un puño y deja la suya encima—. Guárdala. Esta siempre será tu casa. En verdad te deseo lo mejor y espero que puedas conseguir tu propio espacio. Pero ten esta llave por las dudas.
—Gracias, mamá —digo en tono de broma y ella se ríe.
—Soy mayor que tú, aunque me veo de la edad de una hermana —dice y vuelve a abrazarme. Saludo a los niños con un beso en las mejillas y les prometo pensar en actividades en el lago para que un día me visiten. Ellos se van con prisa, como todas las mañanas, y yo tengo que hacer lo mismo. Quiero ser puntual.
El sol nace más temprano en primavera y pinta el mundo con tonos dorados. La ruta se ve perfecta esta mañana, y pronto la naturaleza y el agua cristalina ocupan todo el espacio de mi parabrisas como una pintura viviente. Pongo una radio que pasa música pop de los años 2000 y a pesar de que me sudan las manos por la ansiedad me obligo a pensar en positivo.
Luego de unos minutos llego a la casa de los Duarte. Otra vez me impresiona la belleza del lugar y la imponente casa moderna de líneas rectas, puertas negras y grandes ventanales. Faltan tres minutos para las ocho de la mañana y ya me encuentro presionando el timbre para anunciar mi llegada. No tengo que esperar demasiado hasta que la puerta se abre. Helena lleva su cabello rubio peinado hacia un lado, lacio sobre su hombro izquierdo. Hoy tiene puesto un vestido azul oscuro ceñido en la cintura y expone parte de sus muslos tonificados. Le ayuda también el hecho de que está usando zapatos altos. Siempre es ella la que atiende la puerta.
—Buen día, Emma. Me alegra que hayas aceptado el trabajo. Vamos adentro. Tienes que ayudarme con Clara. Suele demorarse cuando se viste para la escuela. Ahora está en su habitación. Asiste a un colegio de doble turno, así que tiene clases de nueve a cinco —explica, y todavía no puedo mover un pie de la entrada. Miro hacia atrás, a mi auto gris que queda abandonado.
—Oh, puedes dejarlo ahí y más tarde desempacar tus cosas en la cabaña. Nadie va a robar tu auto aquí —dice con una risita, y cuando observo la camioneta negra e inmensa al lado de mi vehículo entiendo el comentario de Helena. Trato de no prestarle demasiada atención y asiento. Registro en mi mente los horarios escolares de la niña para no olvidarme.
Estamos en el hall de entrada, desde donde puedo ver la sala de estar que visité en la entrevista. Pero la mujer que huele a perfume caro me señala un pasillo a la derecha, que tiene paredes blancas adornadas con cuadros enormes en tonos grises y trazos negros que no puedo entender. Para mí solo son manchas, aunque presiento que deben costar una fortuna.
—Esa primera puerta es la habitación de Clara. Tiene su baño privado, así que no tiene excusa para demorar —dice Helena y empuja la puerta de color marrón oscuro—. Puedes ayudarla con el uniforme. Iré a poner un sándwich en un contenedor y dentro de su mochila. No desayuna en casa porque nunca le da el tiempo.
—Por supuesto. La tendré lista pronto para que puedan marcharse —aseguro, y me llama la atención que Helena atienda puertas y prepare el desayuno. Familias como esta suelen tener servicio doméstico. Quizá ella está intentando tener otro estilo de vida, porque desde el día de la entrevista no he visto a nadie más que ella en la casa. Es bueno para la niña ver a su madre un rato de todos modos. Pasa muchas horas en la escuela de doble turno.
La habitación de Clara es espaciosa y simplemente blanca, demasiado perfecta, como toda la casa. Tiene una cama grande de colchón gordo con un cubrecamas rosa que cae hasta el suelo. Hay algunos juguetes en repisas, y junto a la pared en el lado extremo veo una pequeña mesa con dos sillas. En una hay una muñeca de trapo sentada. Muchas hojas de papel y lápices de colores están dispersos sobre la mesa. Clara está sentada al borde de la cama. Lleva una falda azul, tiene un calcetín y un zapato de charol puesto en el pie derecho, pero le falta hacer lo mismo con el pie izquierdo. Su camisa blanca está mal abotonada y su cabello no está peinado. Su rostro blanco y redondo está torcido hacia un lado. Sus ojos azules miran con interés a través de la ventana. Está observando el bosque enorme que es parte de su patio trasero.
—Hola, Clara. Soy Emma. Me conociste el sábado. Desde hoy seré tu niñera y estoy aquí para ayudarte. ¿Te parece bien si me acerco para terminar de alistarte? —pregunto y espero su respuesta. Ella asiente varias veces sin dejar de mirar por la ventana. Desde el primer día que la vi supe que ella no es de hablar mucho, y eso será complicado. Tengo que ganarme su confianza.
Me arrodillo sobre la alfombra gris que cubre todo el piso del cuarto y tomo la media blanca que está en el suelo. Con cuidado la pongo en su pie y hago lo mismo con el zapato, ajustando un poco la hebilla plateada. Abotono bien su camisa y encuentro sobre la cama una coleta azul, del mismo color que la falda; le hago una cola de caballo alta como la que yo siempre uso luego de cepillar su cabello fino. Me parece lo más cómodo, y es como se les recomienda a las niñas de la escuela en la que trabajaba llevar el pelo. Siempre ajustado y nunca desarreglado. Ella no dice nada, pero gira su rostro y me mira fijo. Tiene los ojos azules más bonitos que he visto en mi vida. Encuentro su chaqueta de hilo azul, al parecer ese es el color distintivo de su escuela, y la ayudo a ponérsela.
—Vamos a encontrar a tu mamá, pero necesito tu ayuda. ¿Puedes guiarme hasta la cocina? Tu casa es muy grande y no quiero que nos perdamos. Tienes que llegar a tiempo a la escuela. ¿Me guías? —pregunto, y ella asiente con seguridad sin decir una palabra. La sigo por el corredor y volvemos a pasar junto a la sala de estar para llegar a otro pasillo a la izquierda que conduce a un enorme comedor con una mesa larga con diez sillas, y allí está la cocina, separada por una isla extensa con encimera de mármol blanco. Helena está metiendo el contenedor de tapa verde en la mochila de Clara y levanta la vista cuando nos ve llegar.
—¡Pero mira qué hermosa se ve mi niña cuando está bien vestida y peinada! —comenta cerrando la mochila y la toma con una mano—. Así quiere mamá que te veas siempre.
—Me preguntaba si podría darme la dirección de la escuela para llevar a Clara —digo pensando en que esta niña debe asistir a una institución privada que no conozco, y quiero llegar con tiempo.
—Oh, eso no es parte del trabajo a menos que sea de suma urgencia. Mi trabajo queda de paso y tengo la suerte de poder llegar cuando deseo, así que llevo a Clara a la escuela todas las mañanas —explica Helena, y eso llama mi atención. Tampoco tienen un chofer. ¿Qué voy a hacer con todo mi tiempo libre?
—Ya veo. ¿Algo más que deba saber o quiera que haga mientras tanto?
—No de momento. Ah, sí, sobre la encimera… —dice mi nueva jefa señalando el mármol grueso—. En esa pequeña canasta marrón está la llave de la cabaña que vas a ocupar. La encontrarás saliendo por la puerta de esta cocina, y pasando junto a la piscina. Puedes acomodarte. Tendrás tiempo de sobra para eso. Clara regresa de la escuela en un transporte privado del colegio alrededor de las cinco y veinte de la tarde, así que luego de eso deberás ayudarla con las tareas y solo cuando haya terminado puede jugar. Eso es muy importante. La escuela está primero.
—Entendido. Te estaré esperando, Clara. Que tengas un buen día en la escuela. Más tarde me vas a contar cómo te fue y revisaremos tus cuadernos —digo con una sonrisa amable. La niña solo me mira con seriedad.
—Todas las puertas de la casa quedarán cerradas, Emma. Menos esa puerta que te dará acceso al patio y a la cocina —explica Helena, y se acerca a depositar una llave en mi mano—. Esta es una copia. Te pido por favor que te asegures de que la puerta quede siempre cerrada. La gente de limpieza llega alrededor de las diez de la mañana, pero no molestarán. Son de confianza. Vienen siempre a esa hora y se van antes de las doce.
—Está bien. ¿Tengo que abrirles la puerta?
—No. Ellas tienen su propia llave. Son dos mujeres. No recuerdo sus nombres. Las contrató mi esposo porque yo no puedo sola con todo. Otra cosa, cuando Clara regrese de la escuela deberás esperar frente a la casa y luego rodearla para entrar por esta puerta. ¿Crees que puedes recordar todo lo que acabo de decirte? Es importante.
—Por supuesto. Tengo buena memoria. Recordaba los nombres de veinte niños y demás información acerca de ellos. Creo que puedo con esto —digo con una risita, pero ella me mira sin sonreír. No parece tener buen humor durante la mañana.
—David, mi marido, volverá conmigo por la noche cuando terminemos en la clínica. Asegúrate de tener la cena lista para las ocho y media de la noche.
Helena toma a la niña de la mano y a toda prisa me deja sola en la cocina. «¿Escuché bien? ¿Qué acaba de decir? ¿Tengo que cocinar la cena? Lo he hecho todo este tiempo en la casa de Sofía y soy buena creando platos, pero no sabía que eso era parte del trabajo. Es mejor que acomode mis cosas y me ponga a buscar en internet qué come una familia rica por la noche. ¡Maldita sea! Espero que mi primer día de trabajo no termine de manera desastrosa».
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Editado: 20.03.2026