La gelatina temblaba sobre la bandeja como un animal.
Lily la miraba con los ojos hinchados de tanto llorar, pero no la tocaba. Había pasado seis horas en el hospital, seis horas de análisis, de curitas en las muñecas y de médicos que le sonreían con una tristeza que ella ya sabía reconocer. Y ahora una mujer de uniforme blanco, que no era niñera ni enfermera, le acercaba una cuchara con gelatina de fresa.
—Vamos, princesa, tienes que comer algo —dijo la mujer con voz cantarina.
—No quiero.
—Está rica, mira.
—No.
—¿Qué quieres entonces?
Lily apretó los labios y sus ojos azules brillaron otra vez. Llevaba todo el día conteniendo el llanto, pero ya no le quedaban fuerzas. La palabra salió pequeña, como un vidrio que se hace polvo.
—Quiero ver a mi papá.
La mujer de uniforme bajó la cuchara y suspiró. Miró hacia la puerta cerrada de la habitación, como si esperara que el presidente apareciera de repente con un pastel y un globo. Pero la puerta seguía igual de quieta.
—Tu papá está muy ocupado, mi amor. Tiene que atender cosas importantes.
—Siempre está ocupado —dijo Lily, y no era un reclamo, era un hecho.
La mujer no supo qué responder. Solo volvió a ofrecer la cuchara, pero Lily giró la cara hacia la pared y se abrazó a la muñeca. La gelatina se quedó ahí, temblando, hasta que se hizo una costra delgada y fea.
Afuera de la habitación, en el pasillo del hospital, Harrison Cole caminaba de un lado a otro con las manos en los bolsillos. Llevaba la misma corbata azul de la investidura, la misma que usó el día que Claire murió. Sus asesores lo rodeaban como moscas, todos hablando al mismo tiempo, todos con carpetas y teléfonos y urgencias.
—Señor presidente, la cadena CNN quiere una declaración en vivo.
—Señor presidente, el primer ministro de Inglaterra llama para ofrecer su apoyo.
—Señor presidente, su índice de aprobación subió ocho puntos después del rescate.
Harrison no escuchaba nada de eso. Tenía la mano extendida hacia el pomo de la puerta de Lily. Iba a entrar. Iba a abrir esa puerta y sentarse al borde de la cama y preguntarle a su hija si estaba bien. Iba a hacerlo por primera vez en cinco años.
Pero entonces llegó ella.
Una mujer de traje oscuro, con el pelo recogido en un moño apretado y una carpeta roja bajo el brazo. Caminaba como si el suelo le debiera algo. Se paró frente a Harrison sin saludar y sin pedir permiso.
—Señor presidente, la entrevista ya está lista. Debe acudir a la sala de conferencias del hospital en los próximos cinco minutos.
Harrison frunció el ceño. Su mano seguía en el pomo con los dedos blancos de apretar.
—Mi hija está sola ahí dentro.
—Lo sé, señor. Pero la prensa lleva horas esperando. Su jefe de comunicación dice que si no da la cara ahora, los rumores sobre negligencia van a crecer.
—¿Negligencia? Yo no fui negligente.
—No, señor. Pero la gente necesita escucharlo decir que su hija está a salvo y que todo fue gracias a la pronta respuesta del Servicio Secreto de la Casa Blanca.
Harrison soltó el pomo como si quemara. Miró la puerta un segundo más, luego giró sobre sus talones y caminó detrás de la mujer de traje. No dijo una palabra. No miró atrás.
La sala de conferencias del hospital era una caja blanca con focos cegadores y al menos cuarenta periodistas apretujados unos contra otros. Cuando Harrison entró, los flashes estallaron como una tormenta eléctrica.
—Señor presidente, ¿cómo está su hija?
—Señor presidente, ¿quién fue el responsable del rescate?
—Señor presidente, ¿hubo fallas en la seguridad?
Harrison se plantó frente al micrófono con la mandíbula apretada. No llevaba notas ni teleprompter, pero sus asesores le habían ensayado el discurso tres veces en el pasillo.
—Buenas noches —comenzó—. Quiero informar al pueblo americano que mi hija, Lily Cole, se encuentra fuera de peligro. Ha sido evaluada por los mejores médicos del país y su estado de salud es estable.
Un periodista levantó la mano. Harrison lo ignoró.
—Quiero agradecer al Servicio Secreto de la Casa Blanca por su rápida y eficaz respuesta. Gracias a su entrenamiento y su valentía, los secuestradores fueron detenidos y mi hija fue rescatada en cuestión de horas.
Otro periodista intentó hablar. Harrison levantó una mano.
—No voy a dar declaraciones sobre los detalles operativos por razones de seguridad nacional. Lo único que importa es que Lily está bien y que los responsables pagarán ante la justicia.
—Señor presidente, ¿es cierto que el rescate lo hizo una agente que había sido despedida horas antes?
El silencio se volvió de hielo. Harrison parpadeó una sola vez. Su sonrisa no se movió ni un milímetro.
—Esa información es incorrecta. El operativo estuvo a cargo del comandante Thompson y su equipo. Cualquier otro nombre que circula en redes sociales es fruto de la desinformación.
—Pero señor…
—He dicho que no voy a dar más declaraciones. Buenas noches.
Harrison dio media vuelta y salió de la sala mientras los flashes seguían disparando a sus espaldas. En el pasillo, la mujer de traje le entregó una botella de agua.
—Muy bien, señor presidente. Su índice de aprobación va a subir al menos diez puntos.
—No me importan los puntos —mintió Harrison con la cara de piedra.
Y se fue a su coche blindado sin volver a preguntar por Lily.
Cinco kilómetros al norte, en un apartamento, June Brennan metió la llave en la cerradura con torpeza. La puerta crujió, como siempre, y ella entró sin encender la luz porque la oscuridad le parecía más honesta.
Dejó las llaves en una bandeja de plástico rota. Se quitó los zapatos de un puntapié. Dejó caer su chaqueta en el respaldo del sofá y luego se dejó caer ella también, con un suspiro que parecía el último.
June cerró los ojos un segundo, solo un segundo, pero el sueño no llegaba. Entonces escuchó el ruido de la televisión. Su vecino de arriba siempre la ponía muy alta, y esa noche no era la excepción.