Pasaron seis días desde que Lily Cole salió del hospital.
Seis días en los que el presidente Harrison Cole no pisó el ala residencial antes de las once de la noche. Seis días en los que Lily se negó a salir de su habitación, a vestirse con algo que no fuera el pijama azul de conejitos, a comer otra cosa que no fueran galletas saladas y leche tibia.
Las niñeras rotaban como soldados cansados, pero ninguna lograba que la niña cruzara la puerta.
—Hoy va a bajar al jardín —decía una por la mañana.
—No.
—Vamos a pintar mariposas —decía otra por la tarde.
—No.
—Tu papá va a venir pronto —mentía una tercera.
Y Lily solo apretaba la muñeca Clara contra el pecho y giraba la cara hacia la pared. Ya no lloraba, porque las lágrimas se le habían secado después del tercer día. Ahora apenas parpadeaba, miraba el techo y contaba las grietas imaginarias que solo ella veía.
La señora Patricia, la única empleada que llevaba más de un año en la residencia, intentó todo lo que sabía. Le llevó un pastel de fresa, un osito de peluche que cantaba canciones de cuna y una carta escrita a mano que decía «Para la niña más valiente del mundo». Lily tomó la carta, la leyó en silencio (porque a los cinco años ya sabía leer, aunque nadie se lo había enseñado) y luego la guardó debajo de la almohada.
—Gracias, señora Patricia —dijo con una voz tan pequeña que parecía de papel.
—¿Quieres que me siente contigo un rato, mi amor?
—No. Quiero estar sola.
Patricia salió de la habitación con el corazón partido en dos mitades. En el pasillo se encontró con el jefe de personal, un hombre calvo y sin pestañas que solo sabía decir «no se puede».
—La niña está muy mal —dijo Patricia—. Necesita a su padre.
—El presidente tiene una agenda apretada. Elecciones en doce meses.
—¿Las elecciones son más importantes que una hija de cinco años?
El jefe de personal no respondió. Solo encogió los hombros y se fue a su oficina a mirar gráficos de popularidad.
El séptimo día, algo cambió.
Lily se despertó antes del amanecer. No porque tuviera energía, sino porque el pecho le pesaba tanto que ya no podía respirar acostada. Se sentó en la cama, miró la puerta cerrada y por un momento pensó en quedarse ahí para siempre. Pero sus pies, sin permiso de su cerebro, tocaron el suelo.
Caminó por el pasillo en calcetines. No llevaba zapatos, ni chaqueta, ni la muñeca Clara. Atravesó la sala de estar vacía, la cocina donde una cocinera roncaba apoyada en la nevera, y llegó a una puerta que nunca había traspasado.
Decía: «SALA DE DESCANSO DEL PERSONAL. PROHIBIDO EL PASO A CIVILES».
Lily empujó la puerta con los dedos índice, los mismos que usaba para contar las grietas del techo.
Adentro había tres personas: un hombre con uniforme de mantenimiento, una mujer con delantal blanco y un joven de corbata que miraba el teléfono. Los tres estaban frente a un televisor enorme colgado en la pared. El volumen estaba bajo, pero las imágenes se movían con colores brillantes.
Lily se quedó en el umbral, escondida tras el marco de la puerta, y miró.
En la pantalla aparecía su padre.
Harrison Cole estaba sentado en una silla pequeña, de esas de jardín de infancia, y tenía un libro enorme abierto sobre las rodillas. Alrededor de él, al menos doce niños se apretujaban en una alfombra de colores. Harrison movía las manos mientras leía, imitaba voces de animales y se reía con una risa que Lily no recordaba haber escuchado nunca.
—¿Y el lobo dijo? —preguntaba Harrison en el video.
—¡Soplaré y soplaré y tu casa derribaré! —respondían los niños a coro.
—¡Muy bien!
Los niños aplaudían. Harrison les daba palmadas en la cabeza. Una niña pequeña, más chica que Lily, se sentó en su regazo y él la abrazó sin dudarlo, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Lily sintió que el suelo se abría debajo de sus pies.
No era tristeza lo que le subió por la garganta, era algo peor. Era un agujero negro que le crecía en el pecho y le robaba el aire. Sus mejillas se humedecieron sin que ella lo notara. Las lágrimas rodaron calientes, luego frías, luego desaparecieron en el cuello del pijama azul.
Una de las empleadas, la mujer del delantal blanco, giró la cabeza y vio a la niña del presidente parada en la puerta con los ojos llenos de agua y la boca temblorosa.
—¡Ay, mi cielo! —gritó la mujer, y se levantó de la silla tan rápido que la tumbó hacia atrás—. ¿Qué haces aquí? ¿Estás perdida?
Lily no respondió. Solo señaló la televisión con un dedo que parecía un pajarito herido.
—¿Por qué? —preguntó con la voz quebrada, y las palabras le salían mojadas, entre hipidos—. ¿Por qué papá nunca me lee un cuento a mí?
La mujer del delantal blanco se arrodilló frente a ella y la abrazó con todas sus fuerzas. Lily se dejó abrazar, pero no devolvió el gesto. Tenía los brazos pegados al cuerpo, como si ya hubiera olvidado cómo se extendían para rodear a alguien.
—Ay, princesa, no llores, tu papá te quiere mucho.
—No es verdad —dijo Lily, y aunque tenía cinco años, su voz sonó como la de una persona mucho mayor, mucho más cansada—. Si me quisiera, me leería un cuento.
La empleada no supo qué decir. El hombre de mantenimiento apagó la televisión de un botón, pero el daño ya estaba hecho. El joven de corbata fingió que tenía algo urgente en el teléfono y salió de la sala sin mirar atrás.
Lily se soltó del abrazo y volvió a su habitación caminando despacio, arrastrando los pies como si llevara cadenas. La señora Patricia la encontró en la cama media hora después, con la muñeca Clara otra vez en sus brazos y los ojos abiertos mirando el techo.
—¿Quieres comer algo, mi vida?
—No.
—¿Quieres que te lea un cuento?
Lily parpadeó. Por un segundo, algo brilló en sus ojos. Luego se apagó.
—No —repitió—. Los cuentos son mentira.
Patricia se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo sin decir nada. Lily no la rechazó, pero tampoco se acurrucó. Se quedó tiesa como un muñeco de trapo, dejando que la mano de Patricia recorriera su cabello rubio sin recibir el cariño.