La niñera de la hija del presidente

Capítulo 5: La niñera que no quería serlo

Harrison Cole abrió los ojos antes de que el sol decidiera aparecer.

Por un instante no supo dónde estaba. La cama era demasiado pequeña, la almohada tenía forma de conejito y algo húmedo le empapaba la camisa por el lado izquierdo. Bajó la mirada y vio a Lily acurrucada contra su pecho, con la boca entreabierta y un hilo de saliva que le había trazado un mapa en la tela blanca.

No se movió.

Se quedó ahí, inmóvil, sintiendo el peso diminuto de su hija sobre su brazo dormido. El reloj de la mesita marcaba las seis y cuarenta y tres de la mañana. Llevaba una hora y media más de lo que solía dormir. Una hora y media que el mundo había seguido girando sin él.

Lily suspiró en sueños y apretó la cara contra su pecho, justo donde la camisa estaba mojada. Harrison sonrió. No una sonrisa de político, de esas que ensaya frente al espejo, sino una sonrisa torcida y pequeña que nadie había visto en cinco años.

Pasó la mano por el cabello rubio de su hija. Sus dedos se enredaron en los nudos, pero él los deshizo con paciencia. Luego inclinó la cabeza y dejó un beso en la frente de Lily.

—Te amo —dijo en un susurro tan bajo que ni siquiera las paredes lo escucharon.

Y por un segundo, Harrison Cole pensó en quedarse. Pensó en cancelar todo, en mandar a sus asesores al demonio y pasar el día entero en esa cama diminuta, viendo a su hija dormir. Pero entonces su teléfono vibró en el bolsillo del pantalón, y luego volvió a vibrar, y luego otra vez, y otra más.

Sacó el teléfono con la mano libre. La pantalla le quemó los ojos: 107 llamadas perdidas. 43 mensajes de texto. 18 correos electrónicos sin leer. Todos de su jefe de gabinete, de la secretaria de prensa, del director de campaña, de su madre (sí, su madre también, porque la señora Cole nunca perdía la oportunidad de recordarle que se olvidaba de llamar).

Harrison soltó el teléfono sobre la mesita, junto al libro de Alicia y el vaso de agua vieja. Miró a Lily otra vez. Ella seguía dormida, ajena a los 107 mensajes de urgencia, ajena a la crisis que seguramente estaba incendiando el Despacho Oval.

Se incorporó con cuidado para no despertarla. Buscó sus zapatos al pie de la cama. Se los puso sin atarlos, porque atarlos habría significado un segundo más lejos de ella, y ya había perdido demasiados segundos en cinco años.

Salió de la habitación sin mirar atrás, pero esta vez el pomo de la puerta no lo quemó. Esta vez se quedó un instante con la mano apoyada en la madera, como si quisiera memorizar la sensación.

Dio tres pasos por el pasillo y se topó con la señora Patricia.

Ella llevaba una bandeja con leche tibia y galletas. Tenía el uniforme azul bien planchado y el pelo cano recogido en un moño apretado. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: esos ojos que habían visto crecer a Lily desde el primer día y que ahora miraban a Harrison con esperanza.

—Señor presidente —dijo Patricia con una reverencia rápida—. Buenos días.

—Buenos días, Patricia.

Ella vaciló un segundo. Miró la puerta cerrada de Lily, luego a Harrison, luego otra vez la puerta.

—¿No pasará el día con ella, señor?

Harrison abrió la boca para responder, pero Patricia seguía hablando. Había estado guardando esas palabras durante meses, tal vez años, y ahora se le escapaban como agua de una represa rota.

—Cumplió cinco años, señor presidente. Cinco años y usted no le regaló nada. No le cantó cumpleaños feliz, no le encendió una vela, no… no estuvo. Y ella no ha querido comer bien desde que salió del hospital. La he visto llorar por las noches cuando cree que nadie la escucha. Está muy solita, señor. Demasiado solita para una niña.

Harrison apretó la mandíbula. Iba a decir algo, iba a decir que lo sentía, que iba a cambiar, que ese mismo día se sentaría a comer con Lily. Pero entonces escuchó unos tacones golpeando el mármol del pasillo.

La asistente apareció como un fantasma de traje negro. Tenía el pelo liso hasta los hombros, una libreta en la mano y esa sonrisa profesional. Se plantó frente a Harrison sin mirar a Patricia siquiera.

—Señor presidente, buenos días. Lamento interrumpir, pero debe dar su reporte mañanero en veinte minutos. Aquí tiene su agenda —le tendió una carpeta roja del tamaño de su antebrazo—. Y, señor presidente, el senador Mitchell lleva desde las seis de la mañana esperando su llamada.

Harrison tomó la carpeta. Pesaba más que Lily.

—Ahora mismo voy —dijo, y su voz sonó automática, como un disco rayado.

Patricia lo vio alejarse. Lo vio caminar frente de la asistente con los zapatos aún desatados y la camisa manchada de saliva. Suspiró, apretó la bandeja contra el pecho y entró en la habitación de Lily.

La niña estaba despierta.

Pero no estaba llorando. No estaba con la mirada perdida ni con la muñeca Clara pegada al pecho. Lily estaba sentada en la cama, con el pelo hecho un nido de pajaritos y una sonrisa enorme que le iluminaba toda la cara. Parecía otra niña.

—¡Patri! —gritó Lily con entusiasmo—. ¡Tuve un sueño hermoso!

Patricia dejó la bandeja en la mesita y se sentó en el borde de la cama. Lily se acercó a ella.

—¿Qué soñaste, mi vida?

—Soñé con mi papá —dijo Lily, y sus ojos azules brillaban como dos monedas nuevas—. Y con mi mamá también. Estábamos los tres en un jardín lleno de flores, y mi papá me leía un cuento, y mi mamá nos miraba sonriendo desde un columpio. Fue muy bonito, Patri. ¿Tú crees que los sueños son de verdad?

Patricia sintió un nudo en la garganta. Parpadeó rápido, muy rápido, para que las lágrimas no se asomaran.

—Claro que son de verdad, mi amor. Los sueños bonitos son los que nos dan fuerzas para seguir.

Lily asintió con seriedad, como si acabara de entender un secreto del universo. Luego miró la bandeja de leche y galletas.

—¿Ahora sí voy a comer? —preguntó con una vocecita esperanzada.

—Sí, mi cielo. Ahora sí.




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