Veinte años.
Su hija tendría veintiuno.
—Veinte años —dijo en voz baja—. Mi hija tendrá veintiún años cuando salga. Veinte años de su vida perdidos.
Ya no lloraba.
—Puedes salir antes —dijo Catalina, con esa voz suya directa que no suavizaba las cosas innecesariamente pero tampoco las hacía más difíciles de lo que eran—. Por buena conducta. No son veinte años necesariamente.
Stefanny la miró.
—Y puedes recuperar a tu hija —continuó Catalina—. Si puedes hacerlo. Una mujer como tú puede hacerlo. Pero tienes que ser fuerte. Tienes que estar bien para cuando ese momento llegue.
Stefanny probó la sopa.
Estaba horrible. Fría y sin sabor y con esa textura particular de la comida que fue cocinada sin cuidado porque el cuidado no estaba en el presupuesto. Pero la probó de todas formas porque Catalina tenía razón aunque la razón fuera difícil de sostener en este momento.
—Soy inocente —dijo Stefanny—. Yo no asesiné a nadie.
—Lo sé —dijo Catalina, sin duda—. Te has desmayado cada vez que has visto sangre desde que llegaste. Jamás habrías podido dispararle a alguien. No una vez. Y mucho menos más de una. —Hizo una pausa—. Fuiste el chivo expiatorio de alguien, Stefanny. Alguien que necesitaba una culpable y tú cubrías todo para serlo.
Stefanny apretó la cuchara.
—Pero eso ya no importa ahora —dijo Catalina—. Lo que importa ahora es sobrevivir. Salir. Volver a encontrarla.
Stefanny miró la sopa fría.
Pensó en Camila.
—Tengo que sobrevivir —dijo Stefanny, en voz baja, como si las palabras fueran un ancla que necesitará clavar en algún lugar antes de que la corriente se la llevara—. Para volver a encontrarla.
Catalina asintió.
—Para volver a encontrarla —repitió.5 años antes.
Usted esta condenada a veinte años de prision, por el asesinato de Erwin Sotomayor.
Las palabras del juez habían caído en la sala con esa frialdad particular de las sentencias que no piden permiso ni esperan que la persona esté lista para recibirlas.
Veinte años, Stefanny las había escuchado y algo dentro de ella se había roto de una manera que no hacía ruido. No le dolía el tiempo que pasaría en la cárcel, le dolía que no vería a su hija todo ese tiempo. Solo tenía un año… no la recordaría.
Lo que siguió después del juicio fue una serie de trámites y traslados y personas con uniformes dándole instrucciones en voces que llegaban amortiguadas como si hubiera agua entre ellas y ella. Firmó cosas sin leerlas. Caminó a donde le dijeron. Se dejó llevar porque no había ningún lugar adonde ir por su propio pie que tuviera sentido todavía.
Y llegó ahí. El centro penitenciario tenía ese olor que uno no olvida una vez que lo conoce. No era un olor simple sino una mezcla de cosas que no deberían ir juntas y que sin embargo ahí estaban, permanentes e indiferentes.
Catalina otra reclusa le había extendido la mano, se conocieron el segundo día. Se había sentado frente a Stefanny en el comedor con una bandeja y sin pedir permiso y había dicho simplemente:
—Come. Aunque sea horrible. Come.
Stefanny la había mirado sin entender del todo.
—Soy Catalina —había dicho la mujer—. Y tú llevas dos días sin comer nada que valga la pena.
Stefanny miró la sopa.
Estaba fría. Había estado caliente en algún momento pero ese momento había pasado mientras ella miraba la mesa sin verla, perdida en el mismo lugar donde se perdía siempre últimamente.
Y Stefanny se comió la sopa fría.
Cinco años después.
Stefanny había aprendido a contar el tiempo de maneras diferentes.
No en días porque los días eran demasiado largos para contarlos sin que pesaran demasiado. Los contaba en otras cosas. En los libros que había leído, que eran muchos porque Catalina le había dicho desde el principio que la cabeza necesitaba estar ocupada o se volvía en contra de uno. En las cartas que había escrito y nunca había mandado porque no sabía a dónde mandarlas. En los amaneceres que había visto desde la ventana pequeña de la celda que daba a un patio donde crecía un árbol que nadie había plantado deliberadamente sino que simplemente había decidido crecer ahí con esa terquedad particular de las cosas que no piden permiso para existir.
Cinco años.
Camila cumplio 6 años
Stefanny lo calculaba siempre así. No en sus propios años sino en los de su hija. seis años. Primero de primaria probablemente. Con los dientes de leche cambiándose y las preguntas que hacen los niños de seis años que no tienen filtro y que van directo al centro de las cosas.
La mañana que cambió todo empezó igual que todas las demás.
El ruido del pasillo a las seis. La luz artificial que no distinguía entre el día y la noche. El desayuno que seguía siendo horrible aunque Stefanny había dejado de notarlo porque el cuerpo se acostumbra a todo si se le da suficiente tiempo.
Catalina estaba a su lado como siempre.
Cinco años habían cambiado a las dos de maneras distintas. Catalina tenía más canas y menos paciencia para las cosas pequeñas y más para las importantes, que era un intercambio que Stefanny consideraba completamente razonable. Stefanny había adelgazado y luego había recuperado el peso y luego había aprendido a no medir su bienestar en kilos sino en otras cosas más difíciles de cuantificar.
Como la capacidad de levantarse cada mañana con algo parecido a la intención. Como no haber perdido todavía la certeza de que algún día iba a salir de ahí.
Estaban en el desayuno cuando llegó la guardia.
—Stefanny Vargas.
Stefanny levantó la vista.
—La esperan en la dirección.
Catalina la miró.
Stefanny la miró a ella.
En cinco años habían desarrollado ese idioma silencioso de las personas que se conocen en circunstancias extremas y que aprenden a comunicar mucho con poco. La mirada de Catalina decía varias cosas a la vez. Cautela. Esperanza contenida. Y algo más pequeño pero real que era el gesto de quien lleva tiempo esperando que algo bueno llegue y no termina de creerlo cuando aparece.