La voz llegó desde el pasillo, firme. Sin espacio para la negociación.
—Erika. Vuelve a la habitación. Estás castigada.
Camila, que un segundo antes tenía esa sonrisa que había desarmado a Stefanny sin que pudiera hacer nada al respecto, borró la expresión de golpe con esa velocidad que tienen los niños cuando saben que han sido descubiertos haciendo algo que no debían.
Stefanny sintió que algo se le revolvía adentro de una manera completamente física.
Camila desapareció por el pasillo sin decir nada más.
Sin la sonrisa.
Stefanny clavó los ojos en un punto de la pared de enfrente y apretó las manos sobre las rodillas con una fuerza que no se notaba. Le habían cambiado el nombre a su hija. Pero Eric la había presentado como Camila pensó.
Valeria apareció, miró a Stefania con desprecio sin disimulo.
—¿Es la candidata? —le preguntó a Eric, sin dirigirse a Stefanny todavía.
—Sí —dijo Eric—. Stefanny Mora.
Valeria la miró de arriba abajo de nuevo.
—¿Por qué estaba Erika aquí? —dijo, ahora sí dirigiéndose a la sala en general pero mirando a Eric con algo que no era pregunta sino reclamo.
—Salió un momento —dijo Eric.
—Está castigada —dijo Valeria, con esa firmeza que no pedía opinión—. Cuando está castigada no sale de su cuarto.
Stefanny no dijo nada.
—¿Por qué está castigada? —preguntó Eric.
—Porque no terminó la tarea —dijo Valeria.
Eric asintió sin comentar más. Stefanny los miró a los dos.Guardó todo lo que pensaba.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó Valeria, volviéndose hacia ella.
—Treinta —dijo Stefanny.
—¿Experiencia con niños?
—Tres años en guardería.
—¿Referencias?
—El negocio cerró.
Valeria frunció el ceño.
—¿Sin referencias verificables? —dijo.
—Sin referencias verificables —confirmó Stefanny, sin bajar la mirada.
Valeria la miró un momento largo.
Stefanny le sostuvo la mirada.
Desde el pasillo llegó un sonido pequeño. Casi imperceptible. Como alguien moviéndose despacio tratando de no hacer ruido.
Los tres lo escucharon.
Valeria giró la cabeza hacia el pasillo con esa expresión de quien ya sabe lo que va a encontrar.
—Erika —dijo, con una voz que no subió de volumen pero que tenía un filo que Stefanny sintió en algún lugar que no era racional.
—Erika, sé que estás ahí.
Nada.
—Cuenta hasta tres —dijo Valeria.
Y antes de que llegara al dos se escucharon los pasos pequeños y apresurados de alguien volviendo a donde le habían dicho que estuviera.
Stefanny miró la entrada del pasillo.
Vacía.
Su hija había vuelto a su cuarto porque una voz que no era la suya le había dicho que lo hiciera.
Y ella estaba sentada en ese sillón sin poder decir nada. Sin poder hacer nada.
Valeria se volvió hacia ella con esa transición rápida de quien maneja varias cosas a la vez.
—Es una niña difícil a veces —dijo, como si eso explicara todo—. Necesitamos a alguien con carácter. Con límites claros. La última niñera era demasiado blanda.
Stefanny la miró.
Pensó en Camila con un año diciendo mamá con esa dificultad adorable. Pensó en la sonrisa de hace dos minutos y en lo rápido que había desaparecido cuando llegó esa voz del pasillo.
—No soy blanda —dijo Stefanny.
Valeria la miró un momento más.
—Te llamamos —dijo finalmente.
Stefanny asintió.
Se levantó. Le dio la mano a Eric. Luego a Valeria. Y caminó hacia la puerta con esa calma que era en realidad la distancia exacta entre lo que sentía y lo que podía mostrar.
En la entrada se detuvo un segundo. Desde algún lugar adentro de la casa llegó un sonido. Camila.
Cantando algo en voz muy baja en su cuarto castigada. Stefanny cerró los ojos un segundo.
Luego abrió la puerta y salió.
Volvió a la pequeña habitación que los padres de Catalina le prestaron, estaba tan agradecida con ellos, había podido dormir en una cama y tener comida caliente en su mesa.
Stefanny se sentó en la cama. Sacó el teléfono prestado.
Lo enchufó al cargador que la señora Esperanza le había dejado sobre el buró con la misma naturalidad con que había dejado también una toalla doblada y un vaso de agua.
Miro la pantalla, no había llamadas ni mensajes.
Lo dejó sobre el buró con la pantalla hacia arriba para verlo desde cualquier ángulo del cuarto. Para no perderse nada. Para que si llegaba una notificación, cualquier notificación, la viera de inmediato.
Luego se recostó en la cama con la ropa puesta.
Miró el techo.
Se le revolvió de nuevo el estómago al recordar como esa mujer la llamaba, por un nombre que no era de ella, que la castigaba sin ser su madre, con que derecho lo hacía.
No podía permitirse la rabia todavía. La rabia era un lujo que no podía pagar en este momento porque la rabia nublaba y ella necesitaba ver con claridad. Necesitaba pensar bien, moverse bien, no cometer errores que le costaran la única oportunidad que tenía.