La niñera de mi hija

CAPITULO 4

Una semana.

Siete días de mirar el teléfono cada vez que la pantalla se iluminaba por cualquier razón. De ensayar conversaciones que no llegaban. De levantarse cada mañana con la misma pregunta sin respuesta y acostarse cada noche con el mismo peso en el pecho.

La señora Esperanza había sido amable sin ser invasiva, que era exactamente el tipo de amabilidad que Stefanny necesitaba en ese momento. Le dejaba comida en la puerta del cuarto pequeño sin preguntar si tenía hambre. Le había conseguido ropa que ya no usaba su hija mayor sin hacer comentarios sobre por qué Stefanny no tenía la propia. La trataba como a alguien que necesitaba un poco de tierra firme bajo los pies y no como a alguien de quien necesitaba saber la historia completa.

Caminando por el barrio para no quedarse encerrada en el cuarto con sus propios pensamientos que no siempre eran buena compañía. Ayudando a la señora Esperanza con cosas de la casa porque no podía quedarse sin hacer nada sin que la cabeza empezara a irse a lugares donde no convenía que fuera. Escribiéndole cartas a Catalina que esta vez sí mandaba porque ahora tenía una dirección desde donde mandarlas y Catalina merecía saber que Stefanny había encontrado a Camila aunque no pudiera contarle todos los detalles todavía.

El teléfono sonó un martes por la mañana.

Stefanny estaba en el patio ayudando a la señora Esperanza a tender ropa cuando lo escuchó. Entró al cuarto antes de que terminara el segundo tono con una velocidad que la señora Esperanza observó sin comentar nada.

Miró la pantalla.

Un número que no tenía guardado.

Pero que reconoció.

Contestó.

—¿Stefanny Mora? —dijo la voz.

Era Eric.

—Eric Sandoval —dijo él—. Llamó para saber si aun esta disponible para trabajar.

—Sí —dijo Stefanny.

—Puede incorporarse el lunes —dijo Eric—. ¿Tiene algún inconveniente?

—Ninguno.

Hubo una pausa breve.

—Le explico el contexto —dijo Eric, con esa voz suya de quien presenta información relevante sin dramatizarla—. En la última semana contratamos a dos personas antes que usted.

Stefanny frunció el ceño.

—¿Y?

—Ninguna funcionó —dijo Eric—. La primera duró tres días. La segunda día y medio.

—¿Qué pasó?

Eric tardó un segundo en responder.

—Mi esposa considera que consentían demasiado a la niña —dijo, con esa neutralidad cuidadosa de quien está citando la opinión de alguien más sin necesariamente hacerla propia—. Que no tenían autoridad. Que Erika necesita estructura y límites y las dos anteriores no eran capaces de dárselos.

Stefanny procesó eso en silencio.

Pensó en Valeria diciendo vuelve a tu cuarto estás castigada con esa firmeza que no pedía opinión. Pensó en que la última niñera era demasiado blanda. Pensó en Camila con la sonrisa borrada de golpe en cuanto llegó esa voz.

—Entiendo —dijo Stefanny.

—Usted dijo que no era blanda —dijo Eric.

—No lo soy.

—Mi esposa recuerda eso —dijo Eric—. Y dado el contexto le pareció relevante darle la oportunidad.

Stefanny casi sonrió.

Valeria la había elegido precisamente por eso. Por las tres palabras que había dicho antes de salir por esa puerta. No soy blanda. Dichas con una convicción que era completamente real aunque viniera de un lugar que Valeria no podía imaginar.

—¿Cuáles serían mis horarios? —preguntó Stefanny.

—De lunes a viernes de siete de la mañana a seis de la tarde —dijo Eric—. Algunos sábados cuando mi esposa y yo tenemos compromisos. El sueldo es competitivo. Tiene un cuarto en la casa si lo necesita aunque no es obligatorio que viva ahí.

Stefanny escuchó esa última parte.

Un cuarto en la casa.

Con Camila.

Bajo el mismo techo que su hija.

—Prefiero vivir ahí —dijo Stefanny, antes de que Eric terminara de ofrecer la alternativa—. Si no hay inconveniente.

—Ninguno —dijo Eric—. El lunes entonces. A las siete.

—Ahí estaré —dijo Stefanny.

Eric colgó.

Stefanny se quedó de pie en el cuarto pequeño con el teléfono en la mano y el gato naranja mirándola desde la barda con esa indiferencia de siempre.

Tenía el trabajo.

Iba a vivir en la misma casa que su hija. Iba a verla todos los días.

Sintió algo que no supo clasificar del todo. No era alegría exactamente aunque había algo de eso. No era alivio aunque también había algo de eso. Era algo más parecido a la sensación de que un engranaje que llevaba semanas atascado finalmente había encontrado su lugar y había empezado a moverse.

Valeria la había elegido porque no era blanda.

Porque querían a alguien con autoridad. Con límites. Con la capacidad de decirle que no a una niña de seis años sin sentirse culpable por ello.

Y Stefanny iba a tener que hacer exactamente eso, iba a tener que poner límites a su propia hija, iba a tener que decirle que no, iba a tener que ser la niñera y no la madre. Todos los días.

Fue al patio donde la señora Esperanza seguía tendiendo ropa con esa paciencia suya de siempre.

—Conseguí el trabajo —dijo.

La señora Esperanza la miró.

—Cuídate —dijo la señora Esperanza simplemente.

Stefanny la miró.

—Sí señora —dijo.

Y fue a hacer la maleta pequeña que cabía en una bolsa porque no tenía más que eso.

***

El lunes llegó a las seis cincuenta y cinco. Cinco minutos antes porque Stefanny era de las que llegaban antes no por costumbre sino porque la impuntualidad le generaba una ansiedad que no valía la pena.

La puerta se abrió antes de que terminara de tocar.

Eric. Otra vez con traje. Otra vez con el teléfono en la mano aunque esta vez no estaba hablando sino revisando algo en la pantalla con esa concentración particular de quien empieza el día con la cabeza ya en el trabajo.

—Puntual —dijo, haciéndose a un lado.

—Siempre —dijo Stefanny.

Entró.

La casa tenía un olor diferente a las siete de la mañana. Más doméstico. Café recién hecho y algo dulce que venía de la cocina y ese silencio particular de los hogares que todavía no han arrancado del todo.




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