Samantha
El zumbido de las neveras de bebidas es el único acompañante que tengo en esta madrugada eterna. Mis pies arden dentro de unas zapatillas que ya no tienen suela, el uniforme de la gasolinera, impregnado de un olor rancio a diésel y café quemado me pica en la piel seca. Paso el trapo grisáceo por el mostrador una vez más, no porque esté sucio, sino porque si me detengo, el hambre me va a doblar por la mitad.
Mi estómago emite un rugido sordo, una queja que ya me resulta familiar. Hoy solo he comido un paquete de galletas saladas que caducaron hace una semana y que mi jefe, el señor Jenkins, me permitió quedarme como si fuera un acto de caridad divina.
—¡Sigue limpiando, Samantha! ¡No te pago para que te quedes ahí mirando al vacío como una idiota! —grita desde la pequeña oficina del fondo, sin quitar los ojos de las cámaras de seguridad.
Aprieto los dientes, conteniendo la rabia que llevo por dentro.
Me encantaría lanzarle el trapo a la cara y decirle que se pudra, pero no puedo. Si pierdo este empleo de salario mínimo, pierdo mi lugar en la fila del refugio, en Manhattan, quedarte sin un rincón en el suelo de un gimnasio compartido significa dormir bajo la lluvia de noviembre, o arriesgarse a que alguien te robe lo poco que te queda en la mochila.
Mis padres ya no están.
A veces, el silencio del teléfono me pesa más que el hambre, pero es lo mejor, dije que vendría a esta ciudad a superarme, a ser una profesional, sin embargo, no saben que su hija, la que iba a ser la primera universitaria de la familia, ahora cuenta monedas de diez centavos para comprar una barra de pan.
Saco mi teléfono, el cual tiene la pantalla tan astillada que parece una tela de araña, es mi único vínculo con la esperanza en este momento. Aprovecho que Jenkins se ha distraído con un partido de béisbol en su televisor y entro en un portal de empleos.
«Se necesita niñera de urgencia. Familia Hamilton. Upper East Side. Salario: cuatro mil dólares mensuales. Vivienda incluida».
Casi suelto el teléfono.
¡Cuatro mil dólares!
Eso es más de lo que gano en medio año en este infierno, aunque hay un problema: el formulario de aplicación es para perfiles de élite.
Empiezo a escribir con los dedos temblorosos. Mis ojos se llenan de lágrimas de pura frustración, el instinto de supervivencia es más fuerte que la honestidad.
Nombre: Samantha Smith.
Experiencia: Miento. Escribo que trabajé cuatro años para una familia diplomática en Connecticut.
Estudios: Miento de nuevo. Pongo que tengo cursos de pedagogía infantil y primeros auxilios certificados.
Pregunta del formulario: ¿Cómo manejaría a alguien con problemas de conducta y temperamento difícil?
Mi respuesta: «La paciencia es una herramienta, pero la firmeza es la clave. No me intimido ante los berrinches ni los desafíos. Sé lo que es poner orden en el caos y mi prioridad es el bienestar y el desarrollo integral del menor bajo mi custodia».
Me siento como una basura mientras pulso «Enviar».
Estoy engañando a una familia que probablemente solo busca lo mejor para su hijo, pero mi otra opción es morir de hambre o terminar en la calle. Miro mi reflejo en el cristal de la puerta: ojeras profundas, el cabello castaño recogido en una coleta desprolija y una palidez que asusta.
Necesito este trabajo, necesito salir de aquí antes de que Jenkins me quite lo último que me queda de dignidad.
El hedor a gasolina se me mete hoy hasta los huesos, como si intentara marcarme de por vida. El reloj de la pared, con el cristal amarillento, marca las dos de la mañana. Me duele el estómago, el vacío se ha convertido en una punzada aguda que me marea.
—Samantha, ven aquí un momento —la voz de Jenkins sale cargada de una amabilidad viscosa que me pone los pelos de punta.
Ahora está en el pequeño almacén, rodeado de cajas de aceite y neumáticos. Camino con cautela, apretando el trapo en mi mano.
—Dígame, señor Jenkins. Ya casi termino con las neveras.
—Has estado trabajando duro, niña —dice, dando un paso hacia mí. Sus ojos pequeños y brillantes me recorren de una forma que me hace sentir desnuda—. He estado pensando... que tal vez podría darte ese bono que me pediste para tus gastos.
Siento un rayo de esperanza, aunque se apaga al instante cuando veo su mano levantarse. No va a su bolsillo, va a mi cintura.
—Solo tienes que ser un poco más agradecida conmigo —susurra, acortándome el paso contra una estantería de metal. Su aliento a tabaco y café rancio me golpea la cara.
—¡Suelteme! —grito, mi voz tiembla pero es firme. Intento empujarlo, él es más pesado y el asco me nubla el juicio.
—No te hagas la difícil, sé que duermes en el refugio. Sé que no tienes a nadie, una palabra mía y estarás durmiendo en la acera esta misma noche.
Cuando su mano desciende hacia mi muslo, el miedo se transforma en una explosión de adrenalina pura. Mis dedos se cierran alrededor de una pesada linterna de metal que está sobre la estantería a mi lado.
No lo pienso, es puro instinto de supervivencia.
La levanto y descargo el golpe con todas mis fuerzas en el lateral de su cabeza.
El sonido es seco, un impacto sordo. Jenkins suelta un quejido ahogado y se desploma sobre las cajas de cartón, llevándose una mano a la sien. No me quedo a ver si sangra o que demonios.
Salgo disparada del almacén, salto el mostrador y empujo la puerta de cristal. Corro hasta que mis pulmones arden y el aire helado de la noche me corta la garganta.
No miro atrás, si me alcanza, estoy muerta.