La Noche

La Noche.

Las estrellas me miraban desde el cielo nocturno con un brillo opaco, como si no quisieran. ¿Por qué querrían hacerlo? Si la patética escena que les brindaba era digna de causar incomodidad hasta al aire. El viento llegaba y se iba con prisa, revolvía mi cabello y movía mi ropa, rogándome que me fuera de ahí, que ese no era mi lugar. O tal vez sí lo fuera, pero la persona no. Definitivamente no.

La plaza principal de Atotonilco el Alto siempre había sido hermosa de noche, llena de farolas, de jardines y de esa calidez que la caracterizaba como única. Siempre me ha parecido el lugar más hermoso del pueblo. Estaba sentado frente a la Parroquia de San Miguel, su torre iluminada parecía querer tocar esas estrellas a las que tanto yo miraba… Los adoquines rojos y agrietados, que llevaban siglos apreciando el pasar del tiempo, permanecían gélidos y silbaban ante el soplar del viento. ¿A cuántos desamparados habrán visto sentarse frente a ellos? En esas bancas frías y solitarias que, distribuidas como lágrimas sobre el papel de una carta triste, aguantan bajo el sol y la lluvia con paciencia a que otra persona sienta deseo de llegar a ellas a descansar y bajar de sus hombros aquello que lo inquieta. Cuánto nos contarían las paredes si pudieran hablar, y qué tristeza si peor aún pudieran recordar.

Otra vez estaba ahí, con el corazón en la mano. Ella de nuevo me tenía a mí, para hacer conmigo lo que quisiese. Era suyo, y ella lo sabía, eso me asustaba. Desde que la conocí cada segundo de mi vida ha pertenecido a ella. Podría hacer conmigo lo que quisiese, y yo cegado por el amor obedecería hasta la orden más insensata.

—Bonita parroquia, ¿eh? —Era ella. Su voz era una melodía.

—Sabes que no tan bonita como tú. —Me puse de pie para recibirla con un abrazo. Otra vez su piel, su aroma, su tacto.

—Tonto —me dijo mientras se sonrojaba.

—Pero jamás mentiroso.

Se aferró a mi brazo mientras comenzábamos a caminar alrededor del kiosco, del que colgaban pequeñas lucecitas color naranja que tan sólo hacían el ambiente más acogedor. Y con ella… con ella todo se volvía mágico. Pero por mucho que la amara, no me dejaba engañar; muy adentro en mi mente entendía lo que pasaba. Me trataba con el suficiente afecto para que no me fuera, pero no me quería a su lado.

Es que ella era… tal vez todo lo que un día quise. Lo que por mi mente vagaba en mis sueños más hermosos. Si el planeta entero era un museo, ella era la obra que en cada visita llamaba mi atención. ¿Cómo se los puedo explicar? Tan sólo aquel que haya estado enamorado de verdad podría entenderme. Una vez escuché que el amor era la muerte de la paz mental. Pero no tengo nada de qué quejarme, es decir, el amor no es para aquellos que quieren tener paz, sino para todos los que están dispuestos a arder. Y nunca amarás de verdad si amas con miedo a sentirte roto… o bueno, eso es todo lo que me digo a mí mismo, justificando mi poco amor propio y las mil maneras diferentes que encuentro siempre para volver a rogar un poco de amor.

—¿Tienes alguna idea de a dónde ir? —me preguntó con esa voz tan dulce que me hacía derretir cada vez que escuchaba.

—Sí —le dije—, tengo el lugar ideal. —Claro que lo tenía. Me había pasado una semana entera investigando, quería que la noche fuera perfecta. Me pasaba todo mi tiempo pensando un sinfín de maneras en las que demostrarle que valía la pena.

Salimos de la plaza principal y caminamos por la calle 16 de Septiembre, dejando a nuestra derecha el Palacio Municipal, imponente y adornado del Día de Muertos, con proyecciones en forma de calaveritas y cempasúchil, así como con grandes tiras de papel crepé recortado con alegorías a la muerte. «Ya casi es día de muertos», pensé. Y de pronto vino a mi mente la primera vez que la vi.

Aquella tarde el sol estaba por ocultarse, los últimos rayos bañaban de dorado y naranja las hojas de los árboles. Caminaba junto a mi mejor amigo por Vías Verdes, recorríamos juntos el camino de concreto rojo desgastado, allí donde con anterioridad había existido una vía férrea que, con ayuda del tren La Guayaba, transportó durante muchos años miles de almas desde Ocotlán hasta la estación de Atotonilco el Alto.

—Me dijo una vez mi madre que ella alcanzó a viajar una vez en él —le iba diciendo a Gilberto cuando llegamos hasta donde se encontraba exhibida la locomotora.

—¿Puedes llegar a imaginar cuántas personas viajaron en ella? —Dejó escapar un suspiro lleno de melancolía—. Cada una con su propia vida, su propia existencia, sus problemas, sus alegrías, sus historias.

—Puedo asegurarte que… —En ese momento las palabras se esfumaron de mi boca, pues frente a mis ojos, caminando como aquel al que la vida lo lleva de la mano y sonriendo como si el mundo fuera un lugar feliz, la vi.

La chica iba acompañada de otra joven, aunque mis ojos apenas pudieron verla, ya que era ella la que me dejó sin aliento. Tenía el cabello corto, si quieren saber cómo era, le llegaba apenas a los hombros, suelto y libre con cada soplar del viento otoñal. Sus ojos… sus ojos eran oscuros, negros como el cielo nocturno, y su rostro parecía adornado de estrellas.

—¿Te gusta? —me preguntó Gilberto cuando me vio boquiabierto.

¿Qué si me gustaba? Sólo con verla supe por qué Dios me dio el milagro de ver. Y yo siendo una persona a la que la timidez nunca le ganaba, me acerqué a ella para pedirle su número de celular. Tartamudeé como tonto cuando intercambiamos palabras y temblé como si estuviéramos en la Antártida cuando con una sonrisa en sus labios me dictó su número. Aquella tarde nos despedimos con un “un gusto conocerte” mientras estrechábamos las manos. Su tacto fue cálido y hermoso.



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En el texto hay: corazonroto, romance

Editado: 10.05.2026

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