El camino fue eterno. Nadie habló y el silencio solo nos consumió.
Nadie dijo nada, pero todos sabíamos que algo pasaba. Sin embargo, no era un tema del que alguno quisiera hablar.
La marcha fue larga y seguimos avanzando sin pronunciar palabra.
Todos éramos conscientes de cómo se tornaba oscuro el recorrido, pero también sabíamos que aquello solo era difícil para una de nosotros.
Ninguno quiso dar pie a una conversación. Así, nos sumergimos en un profundo abismo.
Sabíamos que algo había pasado y, como si hubiéramos hecho un pacto, decidimos no preguntar.
Una extraña forma de demostrar respeto y, a la vez, acompañarla en aquel oscuro camino.