La Noche De Las Brujas

CAPÍTULO 01

01: LA PRISIÓN

032 del Mes de Tzahrak, Dios de la Destrucción

Último Aliento, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Como cada noche, el viento helado se filtró por la rendija de la prisión con olor a putrefacción, provocándole un escalofrío como nunca lo había sentido; o al menos, no con una intensidad tan brutal.

Ella se abrazó a sí misma, con el intento de protegerse, y avanzó despacio, como si un paso en falso pudiera hacer que el estrepitoso suelo se partiera en dos y la arrastrara hacia algún terreno pernicioso.

Giró la cabeza y notó cómo el pasillo parecía cerrarse y abrirse al mismo tiempo, exhalando a su alrededor. No le prestó atención. Eso siempre sucedía allí, y con los años se había vuelto parte del recorrido.

Volvió a clavar la vista al frente y no detuvo los pies hasta llegar a la puerta de madera vieja, salpicada de sangre seca por doquier. Agarró la manija oxidada. El metal estaba caliente y pegajoso. Giró lentamente, preparándose en la mente para lo que estaba por aparecer.

Una luz roja, casi cegadora, le golpeó el rostro, haciéndole cerrar los ojos con fuerza. A medida que la puerta se abría, fue disminuyendo, hasta quedar solo la luz pálida de la luna filtrándose por una pequeña y fragmentada ventana en lo alto del muro. Y ahí la encontró de nuevo.

—Por la felonía de los hombres, maldigo a mi linaje saturado de parricidas —comenzó aquella mujer, con una voz suave que la hizo estremecerse. De sus labios partidos y secos brotó un líquido espeso—. Que toda mujer nacida bajo el manto de mi estirpe lleve en su piel el dolor de las cadenas que me apalearon sin piedad; en su mente, el eco eterno de las palabras nauseabundas que esos varones escupieron sobre mí; en su vientre, el sufrimiento que sintió el mío al cargar hijos indeseados; y en su alma, la sombra perpetua de mi condena injusta.

Ella no sabía quién era la mujer, ni por qué estaba atada con varias cadenas gruesas en todo su cuerpo lastimado. Tampoco sabía por qué experimentaba tanta compasión hacia su sufrimiento, como si quisiera liberarla de todo ese desconsuelo. Y tampoco sabía por qué la miraba.

—Serán víctimas de amores cercenados —continuó esa mujer—. De la barbarie de una corona que jamás las querrá libres ni fuertes, como aquellos que se arrastran por ese oro lleno de sangre maldita. Pero ese sufrimiento no será en vano. Porque un día… —Se detuvo un momento, girando la cabeza rápidamente, como si quisiera arrancársela del cuerpo—. Porque un día, bajo la misma Luna de Sangre en la que me atraparon, la misma que cubre los cielos de este imperio perverso cada dos ciclos, nacerá aquella sangre mía que me devolverá a la existencia.

Era extraño que la luna sangrara sin ningún motivo, pero había noches demasiado oscuras donde un resplandor rojizo cubría cada centímetro de su superficie. Era un evento tan aterrador que nadie deseaba presenciar jamás, porque durante esas noches ocurrían cosas imposibles de explicar, incluso para los más sabios. Y si ellos, que tanto estudiaban, no tenían el conocimiento de por qué sucedían aquellas cosas, ¿qué les hacía pensar a los demás que podrían poseerlo tan fácil?

—Será sangre de mi sangre. Su carne se volverá mi carne. Su alma se unirá a mi alma. Su magia también. Y su vida… su vida me pertenecerá. Que aquella vida me sirva de puente —susurró con una sonrisa torcida, antes de soltar una carcajada que le congeló la sangre a ella—. O que todas aquellas vivan por la eternidad bajo mi condena.

Una luz roja se infiltró por las rendijas de la prisión, proyectando sombras largas y afiladas, semejantes a las alas de las brujas extendidas contra los muros. El pánico se apoderó de ella al contemplarlo todo, como cada noche en que entraba a ese lugar. No sabía cómo siempre llegaba ahí, ni cómo salir luego. Era como si algo más grande siempre la empujara hasta ahí en contra de su voluntad.

La desesperación la golpeó en cuestión de segundos cuando sintió aquellas sombras aferrarse a sus brazos y piernas con una fuerza implacable, como si soltarla fuera un crimen. Intentó moverse, gritar, hacer algo más que aceptar su destino, pero su cuerpo permaneció paralizado, traicionándola. Entonces algo rozó su rostro con una suavidad perturbadora, deslizándose lentamente de arriba abajo: unos pulgares cálidos. Se sentía maternal y… maquiavélico. Y muy gélidos.

—Mi… hija —susurró aquella voz femenina, cerca de su oídio.

Repentinamente, todo se volvió completamente oscuro, como si la noche misma hubiera reclamado aquel lugar para sí. Instantes después, abrió los ojos con un movimiento brusco, volviendo a la realidad. Dejó escapar un aliento tembloroso y respiró con dificultad, buscando serenarse. Llevó la vista hacia la lámpara de cristal que adornaba la pared, aferrándose a su brillo para convencerse de que estaba a salvo.

No era extraño que soñara ese tipo de cosas tan inauditas. De hecho, desde que su memoria terminó de formarse, había soñado una y otra vez con la misma mujer. Al principio eran apenas imágenes difusas de una niña pequeña jugando con duendecillos detrás de una casa de madera, en medio de un bosque inmenso. Pero con el paso de los años, aquellas escenas se transformaron en visiones más espantosas, más inquietantes, que no hacían sino envolverla en un espanto constante.

Se sentó en el suelo —donde dormía sobre unas sábanas delgadas que no mitigaban el frío de la noche— y se pasó la mano por el cabello enmarañado, respirando por la boca mientras mantenía la mirada fija en el piso. Luego alzó la cabeza hacia la pequeña ventana, tan semejante a la de sus sueños, y notó que apenas entraba la luz del sol.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.