La Noche De Las Brujas

CAPÍTULO 06

06: LA MARCA INVISIBLE

026 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua

Día de la Tierra Quieta, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

La noche se sentía densa y olía fuertemente a azufre. Las calles estaban transitadas por los ciudadanos como cualquier otro día: algunos hablaban en voz alta mientras vendían sus productos; otros compraban o simplemente ignoraban el bullicio a su alrededor. Vanyssira caminaba junto a su hija mayor, Lunarys, comprando el mercado del mes para la casa, algo que a Lunarys le resultaba inquietante. Su madre, una mujer excéntrica que siempre enviaba a las muchachas en su lugar, decía no tener tiempo para esas banalidades.

Por supuesto, Lunarys le preguntó a qué se debía aquel repentino cambio de opinión, pero no obtuvo más que una mirada severa. El silencio que siguió fue rápidamente devorado por el ruido del mercado.

Vanyssira la dejó junto al panadero para que comprara el pan mientras ella, con un aire extraño que no pasó desapercibido por Lunarys, se alejaba hacia otro lugar. Se internó en una tienda antigua, escondida en un callejón impregnado de olor a cigarro y abandono, donde las personas parecían no haber tocado el agua en meses enteros.

Abrió la puerta con cuidado y se encontró con un interior que parecía arrancado de las entrañas de la tierra. Las ventanas agrietadas dejaban pasar una luz mortecina y tenebrosa; había máquinas de escribir dispuestas en filas meticulosamente ordenadas y, al fondo, aquello que realmente le interesaba: estanterías inmensas, repletas de pócimas mágicas, runas encantadas y grandes candados dorados.

Habló con Sargeth, el encorvado y pestilente hombre encargado del lugar, y sacó la bolsa con el dinero, que tenía un sello familiar: dos espadas entrelazadas con un cáliz de fuego y una serpiente cubierta de joyas de oro, diamantes y zafiros. Vanyssira se la entregó con prevención, al tiempo que él le daba lo que había ido a buscar. Vanyssira guardó todo en su bolso y salió de la tienda, atenta, con el pulso acelerado, asegurándose de que nadie la estuviera observando.

Al llegar con Lunarys, que tenía obstruido en el pecho un extraño presentimiento, comenzó a hablarle al hombre con una voz demasiado anormal, a preguntarle por el pan y a pagarlo todo antes de que él siquiera pudiera responder. Tomó el brazo de su hija y la jaló lejos, mirando hacia atrás cada dos segundos, como si algo la persiguiera…

Fue entonces cuando Lunarys supo que su madre había hecho algo, aunque su mente no lograba entender qué. No preguntó; sabía que no habría respuestas. Solo se dejó arrastrar por su madre varias calles arriba hasta que —después de una hora caminando— llegaron a casa.

Entraron en completo silencio, uno que solo era roto por el crujir de las bolsas del mercado. Las muchachas se apresuraron a tomarlas y, entonces, Vanyssira se dirigió al fondo del pasillo junto a Bruce. Lunarys quiso ir a averiguar qué era lo que su madre había comprado con tanto misterio, pero antes de que pudiera dar un solo paso, ella reapareció junto a Bruce y ambos subieron las escaleras con rapidez.

En ese instante, Lunarys aprovechó para ir al fondo del pasillo, pero, como siempre, todo seguía exactamente igual. Sin quererlo, su mirada se detuvo en la gran puerta de hierro que siempre se mantenía cerrada —o eso era lo que ella creía—, y su corazón se le comprimió en el pecho. No sabía qué había detrás. Su madre nunca había querido contárselo.

Solo lo sabían ella y Bruce, como un secreto peligroso.

Asimismo, el castillo D’Allessandre se concebía asfixiante. Elennaia odiaba las pesadillas con cada fibra de su ser; se sentían como monstruos que amaban atormentarla en cuerpo y alma. Le estaba costando demasiado poder despertar. Sentía como si algo la atara a la mujer encerrada tras los barrotes, y aunque esas sombras alargadas se extendían por toda la prisión, no la tocaban. No entendía por qué, si en otras ocasiones sí lo habían hecho demasiado. Pero aquella vez no.

El miedo la besaba con intensidad mientras corría con todas sus fuerzas por el pasillo, escuchando una risa tenebrosa que retumbaba en las paredes de piedra, mojadas con un líquido negro mezclado con sangre. No había ninguna salida, provocando que la desesperación que la envolvía se hiciera aún más grande. Se cubrió la nariz, sintiendo el asco subir hasta su garganta. De pronto, chocó con algo y cayó al suelo.

Levantó la cabeza despacio y vio a esa persona caminar con normalidad en dirección contraria a donde se encontraba la celda de esa mujer. Era el mismo hombre que siempre la visitaba, y el miedo se volvió más intenso, tanto que tuvo que cerrar los ojos y soltar un grito desde lo más profundo de su garganta que la devolvió a la realidad.

Se sentó en la cama, llevándose una mano al pecho, respirando con dificultad. Sus ojos recorrieron todo el lugar. Elennaia respiró con alivio al darse cuenta de que estaba en su alcoba, finalmente. Tragó con fuerza mientras el sudor cubría su frente. Aún tenía mucho miedo.

Después de unos minutos intentando calmar por completo su respiración, se levantó con cuidado. Fue al clóset y sacó un velo que se pasó por los hombros para mitigar el frío de la noche. Abrió la puerta y salió de su habitación, soltando un suspiro bajo. Necesitaba un vaso de agua cuanto antes, así que la cocina era una buena idea. Pero en el camino se encontró de frente con su abuelo, quien la recorrió con la mirada durante unos segundos que se sintieron eternos para ella, hasta que por fin levantó los ojos hacia los suyos. Los de él estaban apenas cerrados, y ella se obligó a tragar saliva con fuerza. Le hizo una reverencia profunda, tanto que su cabeza por poco rozó sus rodillas.




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