011: LA NOCHE DE LAS TINIEBLAS
013 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de la Vida Nueva, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Caelus terminó de acomodarse la capucha amarillenta sobre su cabeza antes de salir con cuidado de su habitación. Había guardias por doquier, así que debía tener extremo cuidado si quería que nadie lo descubriera. Apagó una de las antorchas, succionando el fuego de ella con ambas manos, y se pegó al murallón, conteniendo la respiración.
Escapar del palacio a veces era una tarea difícil para él, pero no imposible, porque, aunque le tomara tiempo hacerlo, al final siempre lograba adentrarse en ese túnel que lo llevaba hacia una de las salidas.
El río de Lourdes lo esperaba igual de implacable que siempre: caudaloso y con sus aguas azuladas, por donde se veían los peces nadar. Allí lo esperaba su corcel blanco de la compañía de Astaryh, uno de los guardias más leales al palacio, pero sobre todo a él, porque nunca había mencionado palabra alguna sobre las escapadas que realizaba.
—¿Nuevamente a Hombresolo, joven príncipe? —preguntó Astaryh, con una voz baja, como si temiera que las hojas secas lo escucharan.
—Estaré ahí unas horas. Llegaré antes del amanecer —respondió Caelus, subiéndose sobre el corcel con un movimiento elegante, y luego lo acarició como lo más preciado en el mundo—. Si mi hermana pregunta por mí, dile que me encuentro con mis amigos. Nada de qué preocuparse. No quiero que agregues más información de la necesaria.
—De acuerdo, joven príncipe. —Astaryh hizo una reverencia y se alejó unos pasos, con la mirada clavada en el príncipe, como siempre.
La noche terminó de caer finalmente y el frío era aterrador, uno al que Elennaia ya estaba acostumbrada, así como también al intenso calor del día. Se apartó un mechón rebelde del rostro con una mano y con la otra acomodó la falda lisa de su vestido. Sus botas crujían sobre las hojas secas del suelo mientras avanzaba con movimiento perezoso.
Cuando llegó al lugar, se agachó ligeramente y sacó la espada oculta en su bota negra, la misma que su padre le había regalado unos meses atrás. Era un arma peculiar, con la admirable capacidad de aumentar o disminuir su tamaño según la necesidad de quien la empuñara.
Tras segundos de observarla, comenzó a practicar con ella, dejando que la frustración se filtrara en cada movimiento. Varios minutos después, Tarisys apareció detrás, con los brazos cruzados, observando la brusquedad de todos sus movimientos con seriedad. No hizo ningún ruido que pudiera desconcentrarla, solo analizó su cuerpo, cuidadosa.
—Pensé que venías conmigo para entrenar sobre el aire, no con la espada —comentó al fin, acercándose con una expresión neutral.
Elennaia se giró hacia ella, bajando la espada.
—Ya sabes cómo es mi padre, Tarisys —dijo, con frustración—. Insiste en que debo aprender a usarla. Ni siquiera sé por qué motivo.
—Tus clases de control del aire son tu prioridad en este momento. —Puso la mano en su hombro y le quitó varias hojas—. Tienes que subir al siguiente nivel si no quieres quedarte atrás.
Elennaia asintió con la cabeza, despacio, guardando la espada en su bota de un movimiento casi mecánico. No podía, ni quería darse el lujo de ser la única miembro de su familia incapaz de controlar su propio don. Su madre era una simple humana, sin nada especial en su sangre —a excepción de esa intensa fragancia que emanaba de sus rojas venas—, pero eso no la hacía menos fuerte que los demás, aunque pocas veces lo demostraba por el miedo al que dirían las malas lenguas.
En cambio, su padre era un hechicero extremadamente poderoso, capaz de invocar magia sin la necesidad de usar un objeto. Kethany era un Elementista de fuego, mientras Ericthys estaba aprendiendo magia para ingresar al Colegio de Magia Florium pronto. El resto de la familia también poseía dones excepcionales, aunque rara vez los manejaban.
—No es solamente mover el viento, Elennaia —explicó Tarisys, arreglando sus brazos con movimientos delicados y una sonrisa leve—. Se trata de escucharlo. Sentirlo en todo tu cuerpo. Recuerda que es tu aliado, no algo que solo usas una vez y luego desechas en la basura.
Elennaia arrugó el rostro, asintiendo de arriba abajo con la cabeza, mientras Tarisys terminaba de acomodar sus brazos, como lo indicaba en el libro de Elementistas de aire que estaba encima de la mesa de piedra. Se obligó a respirar con calma, sintiendo la paz fluir por sus venas, y entonces el viento respondió. Elevó sus brazos con ayuda de Tarisys, y una ráfaga de aire en espiral comenzó a formarse a su alrededor, levantando las hojas secas del suelo y remolinos de polvo.
—Lo estás haciendo increíble, Elennaia —reconoció Tarisys, volviendo a sonreír apenas—. Sin embargo, querida, debes tener más control sobre tus movimientos. No estás buscando una tormenta, sino precisión. Mantén la calma. Sin presiones. Nadie te está correteando.
Elennaia apretó los dientes con fuerza, intentando moldear el aire, tal como Tarisys se lo había explicado con pequeños ejemplos. Le resultaba complicado, frustrante incluso, pero cuando por fin logró tomarle el hilo, la corriente se dirigió hacia donde estaba Tarisys mirándola con una severidad inquietante. Antes de que ella pudiera destruirla, Elennaia la elevó hacia el cielo y, por un breve instante, el viento pareció moverse con la fuerza y la voluntad de un ser humano.
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Editado: 10.05.2026