La Noche De Las Brujas

CAPÍTULO 012

012: LAS GARRAS DE LA NOCHE

013 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día de la Vida Nueva, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Elennaia llegó al castillo y se dirigió a su habitación para meterse en el agua caliente. Relajó los músculos al sumergirse por completo, cerrando los ojos. Comenzó a tararear una canción mientras pasaba la esponja por su cuerpo con una fuerza automática, limpiándose de todo el cansancio. Luego de varios minutos, salió arrastrando los pies, bostezando. Se sentó frente al espejo, sonriéndole a Serenaia, quien le devolvió la sonrisa. Sus manos fueron secando el cabello de Elennaia para luego pasarle el peine y, por último, amarrarlo con dos trenzas.

Cuando la última de ellas salió de la habitación, Elennaia se acomodó en la cama lista para dormir. Justo en ese momento la puerta se abrió, revelando la figura imponente de su abuelo. Su corazón se detuvo por un instante. Se incorporó con brusquedad. La respiración se le volvió entrecortada y sus ojos se nublaron por unos segundos. Efrayth no tardó en cerrar la puerta con seguro detrás de su espalda.

—Vengo a conversar contigo, Elennaia —expresó, caminando hacia ella con una lentitud exasperante, y se sentó en el borde de la cama, elevando la mano hacia su rostro—. ¿Cómo te encuentras, mi chiquilla?

—Abuelo… —murmuró Elennaia, encogiendo las piernas, tensa—. Ya me voy a dormir. Estoy cansada por el entrenamiento con Tarisys.

—¿Entrenamiento, dices? —Una sonrisa macabra se dibujó en su rostro, de esas que decían más que mil palabras—. Nunca me gustó esa idea de que te pusieran a entrenar. No es propio de una mujer decente.

La frente de Elennaia se arrugó.

—¿Por qué no, abuelo? —curioseó ella, intentando sonar segura.

—Porque eso no sirve de nada, Elennaia —sentenció, moviéndose sobre su lugar hasta quedar peligrosamente cerca—. A ti deberían enseñarte cosas más útiles… más acordes a una mujer de tu linaje. Como aprender a complacer a un hombre. Como ser una buena mujer.

—Abuelo, yo…

—Pero eso de entrenar. —Movió la cabeza de un lado al otro, negando—. No me parece, aunque… si te portas bien… podría pensarlo.

El mundo se detuvo y un zumbido recorrió cada espacio de la habitación. Elennaia tragó saliva, sintiendo una presión incómoda en el pecho que le prohibía la entrada al aire. Terminó de pegar las piernas temblorosas a su pecho mientras sus manos se aferraban con fuerza a la sábana blanca que cubría la cama. Por unos segundos, pensó en salir corriendo, pero el miedo la dejó paralizada en su lugar.

Efrayth continuó hablando con ese tono letal que volvía el ambiente más opresivo e incómodo. Tal vez no era consciente de ello —o quizá simplemente prefería ignorarlo—, pero Elennaia sí lo era. Lo sentía en el cuerpo, en cada célula, en cada hueso. Lo sentía en sus ojos húmedos, en su corazón agitado, en su garganta seca. Lo sentía demasiado bien.

La mano de Efrayth rozó su mejilla con una suavidad escalofriante que le envió descargas por todo el cuerpo. Sus miradas se encontraron durante varios segundos que, para ella, se sintieron como una eternidad. Segundos en los que vio su vida desfilar ante sus ojos con una sonrisa grande y un punto final. Y entonces lo entendió: el peligro era real, una vez más. Un sonido sordo estalló en su cabeza al tiempo que se incorporaba de golpe de la cama. Corrió hacia la puerta, con el corazón errático, pero no llegó demasiado lejos. Efrayth la sujetó del cabello con una fuerza inhumana y la lanzó al suelo sin miramientos.

Aquel golpe le arrancó el aire de los pulmones en una sola exhalación, y el mundo giró, violento. El gélido suelo la devolvió a la realidad con una crudeza bestial. Intentó incorporarse, apoyar las manos para ponerse de rodillas, pero el tirón en su cuello cabelludo la obligó a soltar un gemido ahogado, a quedarse inmóvil, a lloriquear.

—No corras, Elennaia —murmuró él, con una calma que daba más miedo que un grito—. No entiendo por qué siempre te comportas así.

Elennaia cerró los ojos con fuerza, tragándose el pánico que le quemaba los órganos y amenazaba con romperla por dentro. Su cuerpo reaccionaba antes que su agitada mente: músculos tensos, manos temblorosas, junto con ese instinto primitivo suplicándole que sobreviviera. Pensó en su madre. En su padre. En Serenaia. En todo lo que aún no había tenido la oportunidad de disfrutar. No quería morir.

—No me hagas nada —suplicó, tomando con ambas manos su brazo, tratando, sin suerte, que él dejara su cabello en libertad—. Dé… déjame.

La mano de Efrayth le tapó la boca, ahogando los gritos, mientras que con la otra le subía el vestido del pijama hasta quedar en su cintura. Ella negó varias veces, con los ojos bien abiertos y, reuniendo el poco aire que le quedaba, le dio una patada en la entrepierna. Efrayth liberó una maldición entre dientes, perdiendo por completo el equilibrio.

Elennaia rodó sobre sí misma y se arrastró lejos de él, hacia la puerta que, en ese momento, parecía la entrada hacia un lugar seguro. No miró detrás de su espalda, tampoco se permitió pensar. Solo se levantó cuando sus piernas dejaron de temblar lo suficiente como para sostenerla. Logró salir, sintiendo que todo a su alrededor giraba con velocidad, y sus manos tomaron una manija, la giraron de forma torpe, y ella se adentró en una habitación, soltando todo el aire acumulado.




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