La Noche De Las Brujas

CAPÍTULO 022

022: LA PRIMERA MUERTE

018 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día La Tierra Quieta, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Luego de una hora caminando, el suelo traicionó a Elennaia. Su cuerpo se lanzó hacia adelante sin previo aviso y sintió cómo la tierra espesa la atrapaba. Arenas movedizas. Intentó moverse, pero cada esfuerzo la hacía hundirse más, como si el pozo quisiera tragársela viva. Sus ojos se abrieron. Intentó aferrarse a algo, a cualquier cosa, pero la tierra era igual de traicionera en todas partes: blanda, densa y hambrienta. Entonces, escuchó el siseo de una serpiente. Luego otro. Y otro. Alrededor. El corazón se le detuvo un segundo, luego volvió a latir con violencia. Eran muchas. Y el hecho de no poder verlas hacía que el miedo se desparramara como veneno líquido por toda su carne.

Trataba de mantener la calma, pero ¿cómo se suponía que debía hacerlo? Nunca le enseñaron qué hacer en el hipotético caso de quedarse atrapada en arenas movedizas con serpientes rodeándola, listas para recordarle que la muerte no siempre era rápida, sino cruel.

Ahogó un grito que posiblemente atrajera la atención de las serpientes. Sus labios temblaron con más fuerza. Las lágrimas se le amontonaron en los ojos como si fuera un huracán a punto de arrasar con todo lo que se interpusiera a su paso. No podía moverse. No podía huir, y no podía suplicarle a nada ahí por misericordia. Era como si la tierra y las serpientes se hubieran puesto de acuerdo para desafiarla.

Bruscamente, sintió un piquetazo intenso en la mejilla y no pudo evitar soltar un chillido desgarrador que envolvió la noche. El ardor abrasador del veneno subió por toda su cabeza, concentrándose en un punto específico que no supo descifrar, pero que la estaba matando.

La serpiente, que brillaba en tonos dorados, se retorció en el suelo un segundo antes de que otra más saltara hacia su rostro con la misma velocidad asesina. La desesperación logró superarla, y empezó a forcejear con más violencia, como si pudiese obligar al suelo a tragársela por completo. En ese momento, morir bajo tierra parecía un alivio frente a seguir soportando aquellas mordeduras ardientes que chispeaban luz cada vez que su piel era perforada. No podía soportarlo.

Las lágrimas le corrían por el rostro sin control, mezclándose con la sangre cálida de sus heridas. Sentía que cada latido de su corazón la desgarraba más, como si hasta el quisiera desaparecer de ese cuerpo magullado, para no seguir sintiendo ese dolor. Finalmente, las arenas cedieron ante su insistencia: se hundió. Sin embargo, no escapó del mal. Las serpientes la siguieron, y una se enroscó en su cuello, clavando esos afilados colmillos en su piel. Intentó moverse con desespero, pero nada ocurrió. Intentó respirar. Otra vez nada. El mundo se apagaba, como si alguien bajara la intensidad de la realidad.

Y justo cuando creyó que la oscuridad se la tragaría, cayó de golpe sobre un suelo riguroso. Abrió los ojos de inmediato, jadeando, arrastrando el aire hacia sus pulmones, como si fuera lo más valioso del mundo, porque lo era. Tosió, se incorporó con esfuerzo y parpadeó: estaba en una cueva iluminada por algo más que fuego. Montones de joyas se amontonaban en el piso: monedas de oro, diamantes, zafiros, y otras piedras imposibles de nombrar. Todo brillaba como si cada tesoro contuviera una luz propia, una invitación… o una advertencia.

Giró sobre sus talones, tocándose la cabeza con ambas manos. El dolor seguía presente, arrancándole el equilibrio. Pero se obligó a seguir de pie. No importaba el dolor. No importaba ese veneno que se esparcía por su cabeza hacia lugares que no reconocía. Se obligó a ser una mujer valiente. Una mujer fuerte que no se rendía por esas cosas.

Entonces, un siseo encendió los motores de su cuerpo. Una serpiente cayó desde arriba y le golpeó la cabeza. Instintivamente, la arrojó al suelo y, temblando, le aplastó el cráneo de un movimiento rápido. La dejó inmóvil. Su pecho subía y bajaba. Por primera vez, no era el miedo quien gobernaba, sino el puro instinto de supervivencia.

Levantó el rostro ensangrentado y repleto de heridas, y la escena que se desplegó frente a ella le revolvió el estómago. Las serpientes seguían ahí, atrapadas en las arenas que se retorcían como si tuvieran conciencia propia, tratando de escapar, buscándola. Tragó saliva con dificultad y bajó los ojos rápido, porque mirar de frente el horror era demasiado en ese momento. La cabeza le palpitaba con intensidad, como si cada latido fuera un golpe fuerte de martillo contra su cráneo.

Intentó pensar… pero el dolor no le daba tregua, hasta que algo llamó su atención: un tapiz de múltiples colores tirado junto a un cofre marrón, abarrotado de monedas. Se deslizó hasta él, casi arrastrándose. Escarbó entre el botín, pero los collares y las joyas no le servían. Necesitaba algo útil. Algo para pelear, o escapar, o cubrirse.

Y entonces, sus ojos se encontraron con espadas, cuchillos y armas cuyos nombres desconocía. Tomó el cofre más grande que encontró y lo arrastró hacia el centro, cerca del borde de las arenas. No sabía a ciencia cierta qué estaba haciendo. Solo sabía que quedarse quieta era una sentencia de muerte, y que tenía que moverse rápido.

Agarró cuatro cuchillos, los puso en los bolsillos de su chaqueta, y luego tomó el tapiz que había visto, el cual pesaba más de lo estipulado. Subió encima del cofre con cuidado de no resbalar. Por desgracia, la altura era insuficiente para lo que planeaba hacer. Bajó enseguida, soltando una maldición entre dientes. Sujetó otro cofre, lo empujó, soltando un jadeo de dolor, junto al primero, lo giró como quien resolvía un rompecabezas en medio de un incendio. Se detuvo un momento, analizando la colocación, y sonrió apenas cuando encontró la forma de apilar uno sobre el otro. Era arriesgado, pero la única salida en ese instante. Terminó armando una estructura precaria.




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