La noche del cazador

2: Eso no es una pregunta.

   Lucas se paseó hasta la ventana de su despacho y miró las angostas calles que conducían a la explosión sensorial que era Chinatown sin poder sacarse de la cabeza los ojos estrellados de Sascha Duncan. Su naturaleza animal había percibido en ella algo que no encajaba, que no estaba… bien. Y sin embargo, no desprendía el empalagoso olor de la locura, sino un delicioso y tentador aroma que no concordaba con el hedor metálico propio de la mayoría de los psi.

  —¿Lucas?

  No tuvo necesidad de volverse para identificar a su visitante.

   —¿Qué sucede, Dorian?

  Dorian se detuvo a su lado. Con aquel cabello rubio y esos ojos azules podría haber pasado por un surfero a la espera de la ola perfecta. Salvo por el feroz centelleo de sus ojos.

  Dorian era un leopardo latente. Algo fue mal en el vientre de su madre y nació siendo un cambiante en todos los aspectos menos en uno: carecía de la habilidad de cambiar de forma.

   —¿Cómo ha ido?

  —Tengo una sombra psi.

  Observó a un coche que transitaba por la oscura calle, las células energéticas que lo impulsaban no dejaban rastro alguno de su paso. Esas células habían sido creadas por los cambiantes. Sin su raza, el mundo estaría sumido a esas alturas en un mar de polución.

  Los psi se creían los líderes del planeta, pero eran los cambiantes quienes estaban en sintonía con el pulso de la Tierra, quienes veían las corrientes entrelazadas de la vida. Los cambiantes y algún que otro humano.

    —¿Crees que podrás sonsacarle algo? 

  Lucas se encogió de hombros.

  —Es igual que el resto. Pero estoy en ello. Y es un cardinal.

  Dorian se meció sobre los talones.

  —Si uno de ellos conoce la existencia del asesino, lo sabe el resto. Su red les mantiene a todos en contacto.

—La llaman PsiNet. —Lucas se inclinó hacia delante y posó las palmas de las manos sobre el cristal, deleitándose con aquel frío beso—. No estoy seguro de que sea así como funciona.

  —Es una jodida mente colectiva. ¿Cómo va a funcionar si no?

  —Son extremadamente jerárquicos; no concuerda que a las masas se les permita el acceso a todo. No son democráticos en lo más mínimo.

  El mundo frío y sereno de los psi, donde prevalecía la ley del más fuerte, era lo más cruel que él había presenciado en su vida.

  —Pero tu cardinal lo sabría.

  Siendo hija de un miembro del Consejo, y una mente poderosa de por sí, era casi seguro que Sascha pertenecía al círculo íntimo… Y Lucas tenía toda la intención de averiguar lo que sabía.

  —Sí.

  —¿Te has acostado alguna vez con una psi?

  Divertido, Lucas se volvió finalmente para mirar a Dorian.

  —¿Me estás diciendo que la seduzca para sonsacarle la información?

  La idea debería repugnarle, pero tanto hombre como bestia se sentían intrigados.

  Dorian prorrumpió en una carcajada.

  —Sí, claro, lo más seguro es que se te congelara la polla —Aquellos ojos azules centellearon con furia—. Lo que iba a decir es que no sienten nada en absoluto. Yo me acosté con una cuando era joven y estúpido. Estaba borracho y ella me invitó a su dormitorio.

  —Qué raro.

Los psi solo se relacionaban entre ellos.

  —Creo que para ella fui algún tipo de experimento. Era una científica importante.Practicamos sexo, pero te juro que fue como estar con un bloque de hielo. No poseía vida ni emociones.

  Lucas dejó que la imagen de Sascha Duncan inundara su mente. Sus sentidos de pantera se acallaron mientras se recreaba en el eco de su recuerdo. Ella era puro hielo, pero también algo más.

  —Son dignos de lástima.

  —Se merecen nuestras garras, no nuestra piedad.

Lucas miró de nuevo la ciudad. Él lo disimulaba mejor, pero la profundidad de su cólera igualaba a la de Dorian. Había estado con él cuando este descubrió el cuerpo de su hermana hacía seis meses. Kylie había sido asesinada de forma fría, impúdica y despiadada.

Habían derramado la sangre de aquella mujer hermosa y vibrante sin la menor consideración.

  No habían captado ningún olor animal en la escena, pero Lucas había percibido el hedor metálico de un psi. Los demás cambiantes vieron la brutal eficacia con que se había ejecutado el acto y supieron qué clase de monstruo lo había hecho. Pero el Consejo de los Psi había afirmado no saber nada y las autoridades responsables hicieron tan poco que daba la impresión de que no deseaban encontrar al asesino.

  Una vez que los DarkRiver comenzaron a indagar descubrieron otros asesinatos que llevaban la misma firma. Todos esos casos habían sido mantenidos bajo un secretismo absoluto y solo existía una organización que pudiera estar detrás de todo aquello. El Consejo de los Psi era como una araña y cada comisaría del país estaba atrapada en su tela. 

Los cambiantes estaban hartos. Hartos de la arrogancia de los psi. Hartos de la política de los psi. Hartos de su manipulación. Décadas de resentimiento e ira se habían acumulado en un polvorín que los psi habían prendido sin querer con su última atrocidad.

  Ahora era la guerra.

  Y una psi muy poco común estaba a punto de verse atrapada en medio.

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Cuando Sascha llegó a las oficinas de los DarkRiver a las siete y media en punto, se encontró a Lucas esperándola en la entrada. Vestido con vaqueros, camiseta blanca y una chaqueta negra de cuero sintético, no se parecía en nada al hombre de negocios al que se había enfrentado el día anterior.

  —Buenos días, Sascha.

  La sonrisa perezosa de Lucas invitaba a responder del mismo modo, pero esta vez ella estaba preparada.

  —Buenos días. ¿Comenzamos la reunión?

  Únicamente mostrándose fría y práctica lograría mantenerle a distancia, y no era necesario ser un genio para comprender que él estaba acostumbrado a conseguir lo que quería.




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