La noche del cazador

4: ¿Te gustaría estarlo?

  —¡Os pillé! —Tamsyn alargó la mano y tomó en brazos a los cachorros que se volvieron para mordisquearle la piel con aire juguetón—. Yo también os quiero, pequeñines. Pero el tío Lucas y su nueva amiga tienen que comer, así que tenéis que quedaros en el suelo. —Los dejó después de abrazarlos.

  Los cachorros se metieron debajo de la mesa sin perder tiempo y uno de ellos se acurrucó sobre las botas de piel sintética de Sascha. El peso y el calor de su cuerpo hicieron que las lágrimas acudieran a sus ojos. En un esfuerzo por ocultar su reacción, bajó la vista a la mesa y se concentró en el modo en que Lucas asía aún su trenza.

  Deslizaba los dedos por ella, como si le gustara el tacto de los mechones contra las yemas de los dedos. Aquel movimiento fluido y repetitivo resultaba extrañamente excitante… ¿Acariciaría otras partes del cuerpo con un mimo tan exquisito?

  Si no se andaba con ojo, pensamientos como aquellos podían hacer que acabara internada en el Centro. Había experimentado más sensaciones en las últimas horas que en el resto de su vida. Aquello le aterraba y, sin embargo, sabía que volvería a por más.

  Volvería hasta que alguien lo descubriera.

  Y entonces lucharía hasta la muerte. No permitiría que la sometieran a rehabilitación, que convirtiesen su mente en una patética sombra de lo que ella era.

  —Aquí tenéis. —Tamsyn colocó un plato delante de cada uno de ellos—. No es nada elaborado, pero os dará fuerzas

  Sascha miró fijamente su plato.

  —Pitas.

  Conocía el nombre de muchas cosas. Al igual que la mayoría, utilizaba ejercicios mentales para mantener la mente en forma. Uno de los ejercicios era memorizar listas; su placer culpable, elegir las que despertaran sus sentidos. Como la de comida. La otra lista preferida había sido recopilada por el ordenador de un antiguo libro de posturas sexuales.

  —Es mi especialidad «Labios picantes». —Tamsyn guiñó un ojo—. Un poco de chile nunca ha hecho daño a nadie.

  Lucas tiró de la trenza que aún no había soltado.

  —¿Sí?

  ¿Qué haría él si arrojaba toda precaución por la ventana y comenzaba a tocarle?

  Siendo hombre, seguramente pediría más.

  —Puede picar demasiado si no se está acostumbrado.

  La tozudez siempre había sido el talón de Aquiles de Sascha.

  —Sobreviviré. Gracias, Tamsyn.

  —No hay de qué. —La mujer acercó una silla—. ¡Comed!

  Sascha cogió su pita y le dio un bocado. Casi le estalló la cabeza. Sin embargo, gracias a su adiestramiento, nadie que la viera podría haber adivinado su malestar.

  Lucas dejó de juguetear por fin con su cabello y devoró la comida en un abrir y cerrar de ojos.

  —¿Y bien? —preguntó Tamsyn—. ¿De verdad podrías convertir a mis cachorros en ratas?

  Sascha pensó que Tamsyn hablaba en serio hasta que vio el brillo de aquellos ojos color caramelo.

  —Podría haber hecho que creyeran que eran unas ratas.

  —¿De veras? —La morena se inclinó hacia delante—. Creía que los psi tenían graves dificultades para trabajar con la mente de los cambiantes.

  Sería más exacto afirmar que los psi tenían graves dificultades para «manipularles» la mente.

  —Vuestros patrones de pensamiento son tan inusuales que sí, es difícil trabajar con ellos. Difícil, pero no imposible. Aunque, por lo general, el resultado no está a la altura de la cantidad de energía que se precisa para controlaros. —Al menos eso era lo que ella había escuchado, pues nunca se había encontrado en la tesitura de intentar manejar la mente de un cambiante.

  —Menos mal que resulta muy difícil subyugarnos, porque si no los psi gobernarían el planeta —apostilló Lucas en un lánguido tono satisfecho al tiempo que se recostaba estirando un brazo sobre el respaldo de la silla de Sascha. El término «territorial» no alcanzaba a describirle.

  —Nosotros gobernamos el mundo.

  —Tal vez destaquéis en la política y las finanzas, pero el mundo no se reduce solo a eso.

  Sascha tomó otro bocado de pita, pues había descubierto que le agradaba mucho la sensación de que fuera a explotarle la cabeza.

  —No —convino después de tragar.

  En aquel preciso instante, se percató de que uno de los bebés leopardo le estaba mordisqueando la puntera de la bota.

  Sascha sabía que debía apartar al cachorro, pero no deseaba hacerlo. Ahogarse en sensaciones era preferible a estar condicionada a no sentir nada. Una discreta melodía interrumpió sus pensamientos.

  Tardó un segundo en darse cuenta de que se trataba de su agenda electrónica.

  Introdujo la mano dentro del bolsillo interior de la chaqueta, comprobó la identidad de quien llamaba y luego se enlazó con el otro psi, que se encontraba lo bastante cerca para establecer un sencillo contacto telepático.

  —¿No vas a responder? —preguntó Tamsyn al ver que se guardaba de nuevo la agenda en el bolsillo.

  —Estoy en ello.

  Responder de ese modo requería menos del diez por ciento de su concentración.

  Si hubiera sido un verdadero cardinal, le habría costado menos de una décima parte

  —No lo entiendo. —Tamsyn frunció el ceño—. Si puedes comunicarte mentalmente, ¿para qué llamar?

  —Límites. —Se terminó la comida del plato—. Es como llamar a la puerta antes de entrar en una casa. Solo ciertas personas tienen derecho a iniciar contacto mental conmigo.

  —Personas como su madre y el Consejo.

  Lucas la tocó en el hombro con los dedos de la mano que descansaba sobre el respaldo de la silla.

  —Creía que la PsiNet suponía que estabais todos en constante contacto.

  Parte de su condicionamiento había fallado, pero esa otra parte se mantenía.

 —Quizá deberíamos salir para la reunión —fue su respuesta.

  Sintió que el cuerpo de Lucas se quedaba completamente inmóvil, como si se hubiera convertido en la mortífera bestia que moraba en su interior. Lucas Hunter no estaba acostumbrado a que le dijeran que no.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.