La Noche En El Hueco

Parte 3

La primera persona que bajó voluntariamente al Hueco no fue un rescatista, ni un técnico enviado por el gobierno, ni alguien con equipo especializado. Fue Thomas Hale, un hombre del pueblo, agricultor, cincuenta y seis años, conocido por no meterse en asuntos ajenos y por cumplir siempre lo que prometía.

Hale había participado en la búsqueda de Evan la noche de la caída. Fue uno de los que sostuvo la cuerda, uno de los que gritó su nombre hasta quedarse sin voz, uno de los que insistió en seguir bajando cuando ya era evidente que no había condiciones seguras. Cuando la búsqueda fue suspendida, Hale no se fue a casa. Permaneció cerca del borde hasta el amanecer.

Eso tampoco figura en ningún informe.

Dos días después de que Evan fuera hallado con vida, Hale regresó solo al Hueco. Llevaba una linterna, una cuerda vieja y una libreta de tapas negras que usaba para anotar gastos del campo. No avisó a nadie. No pidió permiso. No dejó constancia de su decisión.

Bajó porque sentía que algo no encajaba.

Años después, Samuel encontraría una referencia indirecta a ese descenso en un documento municipal menor: una solicitud de atención médica por "mareos persistentes y lesiones menores" presentada por Hale la semana siguiente. No se detallaban las causas. No se registraba el contexto.

La libreta nunca fue entregada a las autoridades. Permaneció guardada en una caja de metal, enterrada bajo el piso de la casa de Hale, hasta su muerte. Fue su hija quien la encontró al vender la propiedad, décadas más tarde. Y fue ella quien, sin comprender del todo su importancia, permitió que Samuel la revisara.

Las primeras páginas no tenían nada fuera de lo común. Fechas, cifras, nombres de proveedores. Luego, a mitad de una hoja, el trazo cambiaba. La letra se volvía más apretada, irregular.

"Entré a las 19:40. Todavía había luz afuera."

Eso era todo lo que decía sobre el descenso. No describía el Hueco. No explicaba cómo bajó. No hablaba del miedo. Solo registraba hechos.

Más abajo, otra anotación:

"La linterna alcanza poco. El aire se siente distinto."

La siguiente página estaba casi en blanco. Solo una frase, escrita con fuerza excesiva, como si el lápiz hubiera estado a punto de romper el papel:

"No gritó. No pidió ayuda."

Samuel leyó esa línea varias veces. No había nombre. No había contexto. Pero no hacía falta. Evan no había pedido ayuda. Eso coincidía con lo que algunos dijeron haber escuchado la noche de la caída: un grito inicial, breve, y luego nada.

En la página siguiente, la letra era casi ilegible.

"Hay más espacio del que parece. No es un solo hueco."

Eso fue lo que más inquietó a Samuel cuando tuvo la libreta entre las manos. Porque las mediciones oficiales hablaban de una cavidad principal, profunda pero limitada. Nada indicaba la existencia de ramificaciones, ni de zonas más amplias.

Hale siguió bajando.

No hay forma de saber cuánto tiempo pasó allí dentro. No anotó horas después de la primera. Solo dejó constancia de sensaciones físicas: frío, cansancio, sed. Y luego, una observación que se repetía varias veces, escrita con variaciones mínimas:

"Escuché pasos."

No "ruidos".

No "eco".

Pasos.

En una de las últimas páginas, Hale escribió:

"Encontré algo que no debía estar ahí."

La frase terminaba abruptamente. No había descripción. No había dibujo. Solo una mancha oscura en el papel, como si el lápiz hubiera sido presionado demasiado tiempo sobre el mismo punto.

Hale salió del Hueco antes del amanecer. Nadie lo vio regresar. Nadie lo escuchó contar lo que había encontrado. Durante años, cuando alguien intentaba preguntarle por esa noche, desviaba la conversación o respondía con frases cortas, imprecisas.

—No es un lugar para estar de noche —decía—. No hay nada que buscar ahí abajo.

No bebía. No dormía bien. Empezó a dejar luces encendidas durante la noche. Y, según su hija, nunca volvió a acercarse al bosque.

Lo más importante vino después.

Cuando Evan desapareció del hospital, Hale fue la última persona registrada que lo había visitado. Eso aparece en una lista de control de visitas, escrita a mano, que Samuel encontró en un archivo secundario. No hay constancia de lo que hablaron. No hay cámaras. No hay testigos.

Solo un dato.

Evan salió del hospital la misma madrugada en que Hale regresó al Hueco por segunda vez.

Ese segundo descenso no está anotado en la libreta.

No hay registros.

No hay horarios.

No hay testimonio.

Solo consecuencias.

Días después, el pueblo dejó de hablar del Hueco de manera definitiva. No por una orden oficial, sino por acuerdo tácito. Las conversaciones se cortaban. Las miradas se desviaban. Las preguntas no encontraban respuesta.

El bosque siguió ahí.

El Hueco también.

Pero algo había cambiado.

Samuel entendió entonces que el origen no estaba solo en la noche de la caída. Estaba en lo que vino después. En lo que alguien vio y decidió no contar. En lo que otro escuchó y no quiso volver a oír.

La primera noche no terminó cuando Evan salió con vida.

La primera noche terminó cuando el pueblo eligió callar.

Y ese silencio, a diferencia del Hueco, nunca volvió a cerrarse del todo.



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En el texto hay: miedo, terror, desaparacion

Editado: 12.01.2026

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