El encubrimiento no comenzó con una reunión formal ni con una orden escrita. Comenzó con una conversación breve, casi insignificante, en una oficina pequeña del ayuntamiento, dos días después de la desaparición definitiva de Evan Carter.
Tres personas estuvieron presentes: el jefe de policía local, el médico que había firmado el alta provisional y el alcalde interino. No hubo acta. No hubo grabaciones. Solo palabras dichas en voz baja y una conclusión compartida sin necesidad de votación.
No sabían qué había en el Hueco.
Pero sabían que no querían averiguarlo.
El médico fue el primero en hablar. Dijo que los síntomas de Evan no correspondían del todo con una caída ni con una permanencia prolongada bajo tierra. La hipotermia era leve. Las contusiones no coincidían con el terreno. Había marcas en los antebrazos que no parecían producto del roce con roca ni con cuerda.
—Como si hubiera estado agarrándose de algo —dijo—. Algo que se movía.
Nadie pidió que lo repitiera.
El jefe de policía mencionó los otros reportes no oficiales: ruidos escuchados por voluntarios durante la búsqueda, ecos que no se comportaban como deberían, la sensación de que el sonido no venía del fondo sino de los lados. También habló de Thomas Hale, sin decir su nombre, solo como "uno de los que bajó".
—No quiere hablar —dijo—. Y creo que es mejor así.
El alcalde interino, un hombre más preocupado por mantener la calma del pueblo que por buscar respuestas, fue directo:
—Si declaramos el lugar peligroso sin pruebas claras, vendrán inspectores, prensa, curiosos. Si decimos que no hay riesgo, esto se muere solo.
La frase quedó flotando en el aire.
Eso fue lo que decidieron hacer: dejarlo morir.
Se cerró el caso de Evan como desaparición voluntaria posterior a un accidente. Se recomendó evitar el área, sin imponer sanciones. No se colocaron señales permanentes. No se valló el acceso. Oficialmente, el Hueco no representaba una amenaza mayor que cualquier formación natural.
Extraoficialmente, todos sabían que no debían acercarse.
La información comenzó a fragmentarse. Los informes se separaron. Algunos documentos se archivaron en secciones que no correspondían. Otros nunca llegaron a registrarse. Los testimonios orales fueron descartados por "falta de rigor".
Y así, el Hueco dejó de ser un lugar concreto para convertirse en una ausencia dentro de los registros.
Samuel entendería más tarde que ese fue el verdadero punto de quiebre: cuando la realidad dejó de importar más que la tranquilidad aparente.
Los años siguientes confirmaron que el silencio no eliminaba el problema, solo lo hacía menos visible.
Las desapariciones continuaron, pero de forma esporádica, irregular. Lo suficiente como para no generar alarma general. Lo suficiente como para que siempre hubiera una explicación alternativa: un excursionista imprudente, un accidente aislado, una decisión personal.
Cada vez que alguien preguntaba directamente por el Hueco, recibía la misma respuesta, dicha con distintos tonos:
—Eso fue hace mucho.
—No fue nada.
—No vale la pena removerlo.
Thomas Hale murió doce años después del descenso. Un infarto, según el certificado. Tenía la salud deteriorada, el sueño fragmentado, el carácter retraído. La noche antes de morir, su hija recordó haberlo escuchado hablar solo en la cocina, repitiendo una frase que no logró entender del todo.
Algo sobre la profundidad que no se mide en metros.
Nadie relacionó su muerte con el Hueco. Nadie quiso hacerlo.
Samuel se marchó del pueblo siendo apenas un adolescente. Durante años, el recuerdo de su hermano fue una imagen incompleta, borrosa, sin cierre. La versión oficial se impuso por cansancio, no por convicción. Era más fácil aceptar una desaparición que sostener una pregunta sin respuesta.
Hasta que, veinte años después, el pasado volvió a presentarse sin pedir permiso.
La carta llegó sin remitente. Papel común. Tinta negra. Una caligrafía firme, adulta. No había saludo. No había firma.
Solo una frase escrita en el centro de la hoja:
"Él pasó la noche en el Hueco."
Samuel supo de inmediato que no se refería a cualquier noche. Ni a cualquier persona.
El sobre había sido enviado desde el mismo pueblo que había dejado atrás. El matasellos lo confirmaba. No era una broma. No era un error. Alguien había decidido romper el acuerdo tácito de silencio.
Alguien sabía algo.
Esa noche, Samuel no durmió. Por primera vez en años, soñó con Evan. No como lo recordaba, sino como nunca lo había visto: de pie en la oscuridad, con la ropa cubierta de tierra seca, los ojos abiertos, sin parpadear.
En el sueño, Evan no pedía ayuda.
No gritaba.
Solo decía una cosa, una y otra vez:
—No era un solo hueco.
Samuel despertó con la certeza de que el origen no estaba cerrado. Nunca lo había estado.
La primera noche no había terminado en el pasado.
La primera noche seguía ocurriendo.
Y él estaba a punto de volver al lugar donde todo comenzó.
Editado: 12.01.2026