La Noche En El Hueco

Capítulo 2: El regreso

Samuel Carter regresó al pueblo un martes por la tarde, cuando la luz empezaba a caer de forma oblicua y las sombras se estiraban demasiado pronto. No había vuelto en casi veinte años. El lugar no había cambiado lo suficiente como para sentirse distinto, ni lo bastante como para parecer el mismo. Esa ambigüedad fue lo primero que le incomodó.

La carretera secundaria seguía teniendo los mismos baches. El cartel oxidado de bienvenida aún estaba torcido hacia la derecha. Incluso la gasolinera a la entrada del pueblo conservaba el mismo techo bajo y las mismas ventanas opacas. Lo único nuevo era el silencio. No un silencio absoluto, sino uno contenido, como si el lugar se hubiera acostumbrado a no hacer ruido innecesario.

Samuel estacionó frente a la antigua casa de sus padres. Ahora pertenecía a otra familia. No intentó entrar. No era nostalgia lo que lo había traído de vuelta. Era otra cosa. Algo más concreto. Algo que no tenía nombre, pero sí dirección.

Se hospedó en el único motel del pueblo, un edificio de una sola planta, con pasillos exteriores y luces amarillas que parpadeaban incluso de día. La recepcionista lo reconoció al ver su apellido en el registro. No sonrió.

—Hace tiempo que no venía nadie de los Carter —dijo, sin levantar la vista.

Samuel no respondió. No porque no quisiera, sino porque entendió que cualquier palabra abriría una conversación que ella no estaba dispuesta a tener.

La habitación olía a polvo viejo y a limpiador barato. Dejó la maleta cerrada y se sentó en la cama, mirando la pared frente a él. Allí, alguien había dejado una marca oscura, casi imperceptible, como si durante años una mano hubiera apoyado siempre en el mismo punto.

Esa noche decidió salir a caminar.

No fue directo al bosque. Todavía no. Recorrió primero las calles conocidas, las que había transitado de niño, las que ahora parecían demasiado estrechas. Algunas casas estaban abandonadas. Otras tenían luces encendidas, pero cortinas cerradas. En más de una ocasión, sintió miradas desde detrás del vidrio, breves, evaluadoras.

Nadie lo detuvo.

Nadie lo saludó.

Pero todos parecían saber quién era.

En el bar del pueblo, el único que seguía abierto después de las nueve, pidió una cerveza y se sentó en la esquina más alejada. No había música. Solo el sonido de vasos y conversaciones bajas. Cuando mencionó el nombre de Evan, la conversación más cercana se interrumpió de golpe.

—No vengo a remover nada —dijo Samuel, sin elevar la voz—. Solo necesito entender.

El hombre frente a él, de barba canosa y manos grandes, lo observó durante varios segundos antes de responder.

—Aquí no hay nada que entender —dijo finalmente—. Solo cosas que se dejan quietas.

Samuel sacó la carta del bolsillo de su chaqueta y la colocó sobre la barra. No la empujó hacia nadie. No hizo falta.

—Alguien escribió esto —dijo—. Desde aquí.

El silencio se volvió más denso. El cantinero limpió un vaso que ya estaba limpio. Otro cliente se levantó y se fue sin terminar su bebida.

—Si alguien escribió eso —dijo el hombre de la barba—, cometió un error.

—O decidió dejar de cometerlos —respondió Samuel.

No hubo réplica.

Fue una mujer quien habló desde una mesa cercana. No lo miró directamente.

—El Hueco no siempre hace lo mismo —dijo—. Eso es lo que nadie te va a decir.

Samuel giró la cabeza hacia ella. Tendría unos sesenta años. El rostro marcado. Los ojos cansados, pero firmes.

—¿Qué quiere decir? —preguntó.

La mujer dudó. Luego bebió un sorbo largo.

—Que a veces te mata —dijo—. Y a veces te deja ir.

—¿Y por qué?

Ella negó con la cabeza.

—Eso es lo peor —respondió—. No hay un patrón claro. Solo una cosa.

—¿Cuál?

Por primera vez, lo miró a los ojos.

—Nunca es igual después de la primera noche.

Samuel salió del bar con más preguntas de las que tenía al entrar. Caminó sin rumbo hasta que el camino de tierra apareció casi sin darse cuenta. No cruzó el límite del bosque. Se quedó a varios metros, observando.

El Hueco no era visible desde allí. Nunca lo había sido. Estaba oculto entre árboles y desniveles, como si el terreno mismo se hubiera encargado de protegerlo de miradas casuales. Aun así, Samuel sintió su presencia con una claridad inquietante. No como un lugar, sino como una ausencia específica en el paisaje.

Esa noche soñó otra vez.

Soñó con un espacio amplio, demasiado amplio para estar bajo tierra. Soñó con paredes que no reflejaban el sonido. Soñó con pasos que no producían eco. Y, al fondo, una voz que no llamaba, no gritaba, no pedía ayuda.

Solo esperaba.

Cuando despertó, el cielo todavía estaba oscuro. Miró el reloj: 4:12 a. m. Afuera, el bosque permanecía inmóvil. Ningún viento. Ningún animal. Ningún sonido.

Samuel entendió entonces algo que no había considerado antes: el Hueco no solo afectaba a quienes bajaban. Afectaba a quienes sabían demasiado.

Y alguien en ese pueblo sabía más de lo que estaba dispuesto a admitir.



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En el texto hay: miedo, terror, desaparacion

Editado: 12.01.2026

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