El primer testigo vivo no quería ser encontrado.
Samuel lo supo incluso antes de que la puerta se abriera. La casa estaba al borde del pueblo, casi tragada por la vegetación, con las ventanas cubiertas por tablones mal clavados y un cerco improvisado que parecía más simbólico que funcional. No figuraba en ningún registro reciente. Nadie mencionaba su nombre en voz alta.
Fue la mujer del bar quien le había dado la dirección, sin escribirla, sin repetirla.
—Si vas a tocar esa puerta —le dijo—, hazlo de día. Y no le mientas.
Samuel llegó poco después del mediodía. El sol apenas atravesaba las nubes, proyectando una luz plana que no dejaba sombras claras. Golpeó una vez. Esperó. Golpeó de nuevo.
La cerradura se movió. Luego, una cadena. Finalmente, la puerta se abrió apenas unos centímetros.
El hombre que apareció tenía el cuerpo inclinado hacia adelante, como si le costara sostenerse erguido. Su cabello estaba completamente blanco, aunque Samuel calculó que no debía pasar de los cuarenta y cinco. Los ojos, en cambio, estaban demasiado alertas. No había cansancio en ellos. Había vigilancia.
—No vendo nada —dijo el hombre.
—No vengo a comprar —respondió Samuel—. Mi hermano pasó la noche en el Hueco.
La puerta se cerró de golpe.
Samuel dio un paso atrás. No intentó insistir. Sabía que había dicho lo correcto. A veces, la verdad no abría puertas; solo obligaba a cerrarlas con más fuerza.
Pasaron varios segundos. Luego, la cerradura volvió a sonar.
—Tienes cinco minutos —dijo el hombre—. Y no entres.
Samuel asintió.
El hombre se llamaba Mark Ellison. Era el adolescente que había caído con amigos años atrás. El segundo que había regresado. El único que aún vivía en el pueblo.
—No recuerdo la caída —dijo Mark—. Recuerdo el golpe. Luego... espacio.
No "oscuridad".
Espacio.
—No era estrecho —continuó—. Eso es lo que siempre se equivocan en los informes. Piensan en grietas, túneles. Pero ahí abajo... hay lugar para caminar.
Samuel sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío.
—¿Caminaste? —preguntó.
Mark negó lentamente.
—No al principio. Al principio me quedé quieto. Porque cuando me movía... algo más se movía conmigo.
No explicó qué. No hizo falta.
—¿Lo viste? —insistió Samuel.
Mark respiró hondo. Su pecho subió y bajó de forma irregular.
—No —dijo—. Y eso fue lo peor. Nunca lo vi. Pero sabía dónde estaba.
Samuel anotó cada palabra.
—¿Cómo saliste?
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Me dejaron salir.
Silencio.
—¿Quiénes? —preguntó Samuel.
Mark apretó la mandíbula.
—No eran personas —dijo—. Pero tampoco eran animales. Y no estaban ahí para atacarme. Estaban... observando.
Samuel sintió que el tiempo se estiraba.
—¿Observando qué?
—Cómo reaccionaba —respondió Mark—. Cuánto tardaba en entender que no estaba solo.
Mark levantó la manga de su camisa. El brazo estaba cubierto de marcas pálidas, casi imperceptibles, dispuestas en líneas paralelas, demasiado regulares para ser cicatrices comunes.
—Esto no me lo hice al caer —dijo—. Aparecieron después.
—¿Te tocaron?
Mark negó.
—No —respondió—. Se acercaron lo suficiente como para que supiera que podían.
Samuel entendió entonces que el Hueco no operaba como un depredador. Operaba como algo más antiguo. Algo que no tenía prisa.
—¿Por qué te soltaron? —preguntó.
Mark cerró los ojos.
—Porque no era mi primera noche.
Samuel frunció el ceño.
—¿Cómo?
—No en el Hueco —aclaró Mark—. En otros lugares. Dormí muchas noches sin sentirme seguro. Supongo que... ya sabía cómo no reaccionar.
Abrió los ojos de nuevo.
—Tu hermano no sabía —añadió—. Eso fue lo que lo hizo interesante.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
—¿Sigue ahí abajo? —preguntó Samuel, casi en un susurro.
Mark no respondió de inmediato.
—No de la forma que imaginas —dijo al fin—. Y si bajas buscando a la persona que recuerdas... no la vas a encontrar.
La puerta comenzó a cerrarse.
—Una cosa más —dijo Mark antes de desaparecer—. Si decides bajar...
Samuel levantó la vista.
—No pases la noche solo.
La puerta se cerró. La cadena volvió a colocarse.
Samuel permaneció inmóvil varios segundos. Luego, dio media vuelta y se alejó sin mirar atrás. No sentía miedo en el sentido habitual. Sentía algo más preciso: confirmación.
Esa misma tarde, revisó mapas antiguos del terreno. Descubrió algo que no aparecía en ningún plano moderno: una red de cavidades naturales bajo el bosque, parcialmente colapsadas, conectadas entre sí. El Hueco no era un punto aislado.
Era una entrada.
Esa noche, Samuel tomó una decisión que llevaba años formándose sin que él lo supiera.
No iba a denunciar.
No iba a alertar a la prensa.
No iba a pedir permiso.
Iba a bajar.
Pero no esa noche.
Porque incluso ahora, incluso sabiendo lo que sabía, había una regla que no estaba dispuesto a romper todavía.
La primera noche siempre decide algo.
Editado: 13.01.2026