El segundo testigo no vivía en el pueblo.
Eso ya era una diferencia importante.
Samuel tardó dos días en encontrarla. No apareció en registros oficiales ni en informes médicos completos. Su nombre surgió de una conversación rota, de una frase dicha a medias por la mujer del bar cuando creyó que nadie escuchaba.
—La maestra se fue —había dicho—. No volvió a dar clases después de eso.
La maestra.
Laura Whitman. Treinta y un años cuando desapareció. Doce horas ausente. Encontrada sentada cerca del Hueco, consciente, sin señales de caída grave. Tras su recuperación, renunció, vendió su casa y se mudó a una ciudad costera a más de cuatro horas de distancia.
Samuel la localizó gracias a un antiguo número de contacto. No parecía sorprendida cuando él se presentó. Solo cansada.
—Sabía que alguien iba a venir —dijo, dejándolo pasar—. Siempre supe que no iba a terminar conmigo.
El departamento era pequeño, ordenado en exceso. No había fotografías. No había espejos visibles. Las ventanas permanecían cubiertas incluso de día.
—No me mires las manos —advirtió ella, antes de que Samuel pudiera preguntar.
Demasiado tarde.
Las palmas estaban cubiertas de cicatrices finas, profundas, cruzadas en ángulos imposibles.
—No son heridas de caída —dijo Laura—. Son de sujeción.
Samuel no respondió. Encendió la grabadora y la dejó sobre la mesa, sin hacer ruido.
—Yo no caí —comenzó ella—. Bajé.
Eso fue nuevo.
—¿Por qué? —preguntó Samuel.
—Porque escuché algo —respondió—. No una voz. Una secuencia. Como si alguien repitiera un patrón esperando que alguien lo reconociera.
Laura explicó que estaba caminando cerca del borde cuando sintió una presión en los oídos, similar a cuando se cambia de altitud. Luego, una sensación clara de orientación, como si supiera exactamente dónde estaba el centro del Hueco sin haberlo visto nunca antes.
—No sentí miedo al bajar —dijo—. Eso vino después.
Allá abajo, el espacio era amplio, irregular. No había una sola dirección. El suelo no era completamente sólido. Algunas zonas cedían bajo el peso, otras parecían demasiado firmes, como si hubieran sido compactadas.
—No estaba sola —continuó—. Pero tampoco estaba acompañada.
Samuel levantó la vista.
—¿A qué se refiere?
—A que no estaban conmigo —dijo—. Estaban distribuidos.
Laura no usó la palabra ellos. Nunca lo hizo.
—¿Cuánto tiempo estuviste? —preguntó Samuel.
—No lo sé —respondió—. Perdí la noción muy rápido. Pero sé que pasó al menos una noche.
Samuel sintió un nudo en el estómago.
—¿Cómo lo sabes?
Laura levantó la cabeza lentamente.
—Porque cuando desperté, algo había cambiado en mí —dijo—. No mentalmente. Físicamente.
Se levantó y caminó hacia la pared. Tocó un interruptor. Una lámpara se encendió.
—Después del Hueco, mi cuerpo empezó a reaccionar distinto al tiempo —explicó—. No envejezco igual. No cicatrizo igual. No siento el cansancio donde debería.
Samuel la observó con atención. Tenía treinta y uno cuando bajó. Veinte años después, parecía apenas mayor.
—No fue un regalo —añadió ella, anticipándose—. Fue una consecuencia.
Laura explicó que, tras esa noche, comenzó a percibir cambios sutiles: una resistencia anormal al frío, una capacidad de permanecer despierta durante periodos prolongados, y, sobre todo, una sensibilidad extrema a los espacios cerrados.
—Los lugares subterráneos me llaman —dijo—. No con palabras. Con dirección.
Samuel apagó la grabadora.
—¿Por qué te dejaron salir? —preguntó.
Laura se quedó en silencio durante un largo rato.
—Porque entendí algo —respondió al fin—. No están atrapados ahí abajo.
Samuel sintió un escalofrío.
—¿Entonces qué hacen ahí?
Laura lo miró fijamente.
—Esperan —dijo—. A que alguien pase la noche correcta.
Samuel se levantó. Agradeció el testimonio. Cuando estaba a punto de irse, Laura habló de nuevo.
—Si bajas —dijo—, no lleves nada que haga ruido innecesario. No intentes iluminar todo. Y, pase lo que pase...
—¿Qué? —preguntó Samuel.
—No intentes medir el espacio —respondió—. Ellos saben cuándo lo haces.
De regreso al pueblo, Samuel entendió que los testimonios no se contradecían. Se complementaban. El Hueco no actuaba al azar. Actuaba según quien entrara. Según cuánto resistiera. Según cuánto entendiera sin preguntar.
Esa noche, Samuel empezó a preparar el descenso.
No como periodista.
No como hermano.
Sino como alguien dispuesto a pasar una noche completa bajo tierra.
Pero había una condición que no estaba dispuesto a ignorar.
No bajaría solo.
Porque ya era evidente que el Hueco no buscaba víctimas.
Buscaba testigos.
Editado: 13.01.2026