Samuel no tuvo que buscar demasiado a la persona que bajaría con él.
Ella lo encontró primero.
Fue la tercera noche desde su regreso al pueblo. Samuel estaba revisando el equipo en la habitación del motel —linternas, grabadoras analógicas, cuerda, baterías sin estrenar— cuando alguien golpeó la puerta. No fue un golpe inseguro ni apresurado. Fue firme. Medido.
Al abrir, encontró a la mujer del bar.
De cerca parecía más joven de lo que había pensado. Cuarenta y tantos, tal vez. El rostro curtido por el sol. Los ojos atentos, pero no asustados. En sus manos llevaba una mochila vieja, de tela gruesa, con cierres reforzados.
—No vas a bajar solo —dijo, sin preámbulos.
Samuel no respondió de inmediato.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó al final.
Ella inclinó la cabeza apenas.
—Porque ya tomaste la decisión —respondió—. Se nota cuando alguien cruza ese punto. Y porque si lo haces solo... no vuelves.
Samuel se hizo a un lado y la dejó pasar.
Se llamaba Ruth Miller. Había trabajado como paramédica voluntaria durante años. Fue una de las primeras en atender a Evan la noche en que lo sacaron del Hueco. También estuvo presente cuando encontraron a Laura. Y cuando Mark apareció en la carretera.
—Yo no bajé —dijo Ruth, sentándose frente a él—. Pero vi lo suficiente.
Abrió la mochila. Dentro había vendas, agua, una radio de corto alcance y algo que llamó la atención de Samuel: una pequeña libreta con páginas plastificadas.
—Esto no es para escribir —aclaró—. Es para marcar el paso del tiempo.
Samuel levantó la vista.
—¿Funciona ahí abajo?
—Nada funciona como debería —respondió ella—. Pero algo siempre cambia cuando pasa una hora. El cuerpo lo siente antes que la cabeza.
Ruth explicó las reglas que había aprendido observando, escuchando, comparando testimonios durante años.
—Primera regla: el Hueco reacciona a la intención. No a la curiosidad. No a la imprudencia. A la intención real.
—¿Y cuál es la nuestra? —preguntó Samuel.
—Pasar la noche —dijo ella—. Completa. Sin intentar huir antes del amanecer.
Samuel asintió.
—Segunda regla —continuó Ruth—: no se habla en exceso. Las palabras cambian el espacio.
—¿Cómo?
—Lo hacen más grande —respondió—. Y eso no siempre es bueno.
—¿La tercera?
Ruth cerró la mochila.
—Si uno de los dos escucha algo que el otro no... no lo desmientas.
Samuel entendió la gravedad de esa regla.
—¿Y la cuarta? —preguntó.
Ruth lo miró fijamente.
—Si uno decide quedarse —dijo—, el otro no lo arrastra fuera.
El silencio que siguió fue espeso.
—No vine a morir —dijo Samuel.
—Nadie baja con esa idea —respondió ella—. Y aun así, algunos no suben.
Esa misma madrugada caminaron hacia el bosque. No llevaron teléfonos. No marcaron ruta. El camino parecía distinto, aunque Samuel sabía que no lo era. Los árboles se cerraban más de lo habitual. El aire se volvía pesado, denso, como si la humedad no tuviera origen claro.
A cien metros del Hueco, Ruth se detuvo.
—¿Lo sientes? —preguntó.
Samuel asintió.
No era miedo.
Era expectativa.
El Hueco no se veía hasta estar casi encima. El terreno descendía de forma suave, engañosa, y de pronto la tierra se abría en una cavidad irregular, oscura, silenciosa. No había viento. No había olor. La oscuridad no parecía absorber la luz; parecía rechazarla.
Ruth encendió la linterna solo lo necesario para asegurar la cuerda.
—Todavía podemos volver —dijo.
Samuel miró hacia abajo.
—Ya no —respondió.
El descenso fue lento. Cada metro parecía alterar la percepción del espacio. El sonido de la cuerda tensándose no rebotaba. Simplemente desaparecía. A mitad de camino, Samuel sintió algo extraño: una presión en el pecho, como si el aire se hubiera vuelto más pesado solo para él.
—No mires arriba —advirtió Ruth desde abajo.
Cuando tocaron suelo, la sensación cambió.
El espacio era amplio, como habían descrito los otros. Demasiado amplio. No había paredes visibles inmediatas. El suelo era irregular, pero firme. La temperatura era constante, fría sin ser hostil.
Ruth apagó la linterna.
—Ahora empieza —dijo.
En la oscuridad total, Samuel sintió algo que no había sentido nunca: una presencia sin dirección. No detrás. No delante. Alrededor.
No se movía.
No respiraba.
No hacía ruido.
Pero estaba ahí.
Samuel activó la grabadora. El pequeño clic resonó más de lo esperado. Ruth apoyó una mano en su brazo.
—Demasiado ruido —susurró.
Entonces ocurrió algo que no estaba en ningún testimonio.
El suelo vibró levemente.
No como un temblor.
Como una respuesta.
Samuel comprendió que el Hueco no estaba esperando a que ellos hicieran algo.
Había reconocido que habían llegado para quedarse.
Ruth murmuró una sola frase, casi una oración:
—No somos los primeros esta noche.
Samuel contuvo el aliento.
En la oscuridad, a una distancia imposible de calcular, se escuchó el sonido más leve y definitivo de todos.
Un paso.
Editado: 13.01.2026