El primer paso no volvió a repetirse de inmediato.
Eso fue lo más inquietante.
Samuel esperaba una secuencia, un patrón reconocible: pasos acercándose, un desplazamiento claro, algo que pudiera ubicarse en el espacio. Pero no ocurrió nada de eso. El sonido quedó suspendido en la oscuridad como una marca invisible, una prueba de que no estaban solos y de que quien había dado ese paso no tenía prisa.
Ruth respiró hondo. Samuel lo notó por el leve movimiento de aire, no por el sonido. Habían bajado con una decisión clara: no hablar innecesariamente, no reaccionar de más, no intentar controlar el espacio. Y aun así, el cuerpo traicionaba antes que la mente.
Samuel miró su reloj. La aguja de los segundos avanzaba… pero no de manera uniforme. Había pequeños saltos, imperceptibles si no se observaba con atención, como si el mecanismo dudara antes de continuar.
—Empieza a contar —susurró Ruth.
Samuel entendió. No en voz alta. En silencio. Contar segundos. Minutos. Lo que fuera que mantuviera una referencia mínima de tiempo.
Uno.
Dos.
Tres.
El aire era distinto. No más denso, no más frío. Distinto. Como si no perteneciera del todo a un espacio cerrado. Samuel sintió una presión leve detrás de los ojos, similar a la que había descrito Laura. No era dolor. Era ajuste.
El segundo paso llegó desde otro punto.
No más cerca.
No más lejos.
Solo… distinto.
Samuel giró la cabeza por reflejo y se obligó a detenerse. Ruth había sido clara: no intentes ubicarlo. El Hueco no respondía bien a la necesidad de orientación.
—Samuel —dijo Ruth, muy bajo—. Si escuchas algo que no suena igual para mí… dime solo una cosa.
—¿Cuál?
—Si es nuevo o si se repite.
Samuel asintió, aunque sabía que ella no podía verlo.
Pasaron varios minutos sin sonido alguno. O tal vez fueron segundos. El tiempo no se comportaba de forma estable. Samuel empezó a sentirlo en el cuerpo: un cansancio que no correspondía con el esfuerzo físico, una sed leve pero persistente, una sensación de estar despierto desde hacía mucho más de lo que indicaba su reloj.
Entonces, algo cambió.
No fue un sonido.
Fue una ausencia.
Samuel no supo cómo describirlo después. Solo supo que, de pronto, el espacio parecía más grande. No porque hubiera más eco, sino porque la oscuridad se había retirado un poco, como si hubiera dejado de presionar desde todos los ángulos.
—Se expandió —susurró.
Ruth no respondió de inmediato.
—Sí —dijo al fin—. Eso pasa cuando aceptas que no lo puedes medir.
Samuel tragó saliva.
Fue entonces cuando escuchó algo nuevo.
No pasos.
No respiración.
Una voz.
No una palabra. No un idioma. Era un sonido humano incompleto, como el inicio de una sílaba que nunca se terminaba de formar.
Samuel sintió cómo se le erizaba la piel.
—Es nuevo —dijo—. Y no se repite.
Ruth tensó el brazo contra el suyo.
—No contestes —susurró—. No imites. No completes.
La voz volvió a escucharse, esta vez más cerca. No parecía dirigirse a ellos. Parecía… probar.
Samuel cerró los ojos con fuerza. Y en esa oscuridad aún más profunda, algo ocurrió.
Vio a Evan.
No como un recuerdo borroso ni como una imagen onírica. Lo vio con una claridad brutal. Evan estaba de pie, cubierto de tierra seca, con los mismos ojos abiertos del sueño. Pero esta vez, habló.
—No es un solo hueco —dijo—. Es un lugar donde se queda lo que no se va.
Samuel sintió que el pecho se le cerraba.
—No —susurró Ruth—. No lo mires.
—No lo estoy mirando —respondió Samuel, con la voz quebrada—. Está… aquí.
La temperatura descendió de golpe.
El suelo vibró de nuevo, más fuerte esta vez. No como un aviso. Como una reacción clara. Samuel entendió algo con una certeza que no necesitaba explicación: el Hueco no estaba mostrando a Evan para torturarlo.
Lo estaba mostrando para medirlo.
Para saber si reconocía lo que veía como real… o como un recuerdo.
—Si le hablas —dijo Ruth, con urgencia contenida—, lo aceptas como presencia. Y eso cambia todo.
Samuel apretó los dientes. Evan lo miró, esperando. No había súplica en su expresión. Solo paciencia.
—¿Cuánto falta para el amanecer? —preguntó Samuel, sin saber por qué.
Ruth miró su libreta. Las marcas no coincidían con ninguna hora conocida.
—Todavía no hemos llegado a la mitad —respondió.
La voz incompleta volvió a sonar. Esta vez, más clara. Más definida. Como si hubiera aprendido algo.
Samuel entendió, con un miedo frío y preciso, que el Hueco no imitaba a las personas para engañarlas.
Las imitaba para aprenderlas.
Y Evan había sido su primer modelo completo.
Editado: 13.01.2026