La Noche En El Hueco

Capítulo 3: La noche que no termina (parte 3)

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue expectante.

Samuel y Ruth avanzaron sin rumbo fijo, guiados más por la necesidad de no detenerse que por una dirección real. El suelo ya no era uniforme. En algunos puntos parecía hundirse levemente bajo sus pies; en otros, se endurecía de manera antinatural, como si hubiera sido compactado por algo que había permanecido allí durante mucho tiempo.

—Está marcando el espacio —murmuró Ruth—. Como hizo antes.

—¿Antes de qué? —preguntó Samuel.

—Antes de dejar salir a alguien.

Samuel sintió una presión extraña en la nuca, como si algo lo observara desde muy cerca, pero sin tocarlo. No había sonido. No había movimiento visible. Aun así, la sensación era inequívoca.

El Hueco estaba evaluando.

El tiempo comenzó a comportarse de forma errática. Samuel parpadeó y sintió que habían pasado minutos. Volvió a parpadear y su cuerpo reaccionó como si hubiera pasado una hora. La sed se volvió más intensa. El cansancio empezó a doler en las articulaciones, no en los músculos.

—No te sientes —advirtió Ruth—. Si te sientas, se ajusta a tu peso.

Samuel obedeció.

Entonces, sin aviso previo, el espacio volvió a cambiar.

No fue una contracción ni una expansión. Fue una separación.

Samuel sintió cómo algo se desplazaba a su izquierda, creando una distancia clara entre él y Ruth. No la vio alejarse. Simplemente dejó de sentir su presencia inmediata.

—Ruth —dijo.

—Aquí —respondió ella, pero la voz llegó con un leve desfase, como si hubiera recorrido más espacio del que debería.

Samuel dio un paso hacia el sonido.

El suelo cedió.

No cayó.

Fue contenido.

Algo lo sostuvo desde abajo, firme pero flexible, como si el Hueco hubiera decidido no dejarlo avanzar más.

—No te muevas —dijo Ruth—. Quiere separarnos.

—¿Por qué?

La respuesta tardó demasiado.

—Porque ya decidió que uno de los dos puede salir —dijo finalmente—. Y necesita saber cuál.

Samuel sintió un frío distinto. No físico. Interno.

—¿Así funciona? —preguntó.

—Así terminó con Evan —respondió Ruth—. No se lo llevó. Le dio la opción.

El nombre no provocó vibración esta vez. No hubo reacción inmediata. Eso fue lo más perturbador.

—¿Qué opción? —preguntó Samuel.

El espacio volvió a definirse. Algo se manifestó, no como una figura, sino como una dirección clara. Samuel supo, sin ver nada, que había un punto frente a él donde el Hueco estaba concentrado.

No hablaba.

No imitaba.

Esperaba.

—Quiere una permanencia —dijo Ruth—. No total. Parcial.

Samuel comprendió con una claridad dolorosa.

—¿Una parte de mí?

—Una huella —corrigió ella—. Algo que se quede cuando tú te vayas.

Samuel recordó las palabras de Laura. No están atrapados ahí abajo.

Recordó a Mark. Me dejaron salir.

Recordó a Evan. No me dejaste terminar.

—¿Qué se quedó de Evan? —preguntó.

Ruth no respondió enseguida.

—Su orientación —dijo al fin—. Su capacidad de reconocer espacios humanos. Por eso imita voces. Por eso aprendió a esperar.

Samuel cerró los ojos.

—Si acepto —dijo—, ¿qué pasa?

El Hueco reaccionó de inmediato. No con sonido. Con alivio.

—Si aceptas —dijo Ruth—, sales. Pero algo en ti no vuelve completo. No es algo visible. No de inmediato.

—¿Y si no acepto?

El silencio se volvió pesado.

—Entonces te quedas —respondió ella—. No como persona. Como patrón.

Samuel respiró hondo.

—¿Eso fue lo que pasó con Evan?

—Evan aceptó —dijo Ruth—. Pero no entendió qué estaba dejando.

El Hueco avanzó un poco más. Samuel sintió una presión suave en el pecho, no agresiva. Una invitación clara.

—No quiere mi cuerpo —dijo Samuel—. Quiere algo que todavía no sabe reproducir.

—¿Qué cosa? —preguntó Ruth.

Samuel abrió los ojos.

—El vínculo —respondió—. Lo que me une a él.

La comprensión fue inmediata. El Hueco había aprendido a imitar voces, recuerdos, presencias. Pero no entendía el lazo humano que hacía que una voz significara algo más que un sonido.

—Si dejo eso —continuó Samuel—, deja de usarlo.

Ruth entendió el riesgo.

—Si entregas eso —dijo—, cuando salgas… no vas a sentir su ausencia igual.

Samuel asintió.

—Tal vez esa sea la única forma de sacarlo de aquí.

El Hueco se tensó.

No se opuso.

No celebró.

Esperó la confirmación.

Samuel dio un paso adelante.

—Acepto —dijo—. Pero con una condición.

El espacio vibró, atento.

—No vuelvas a usar su forma —continuó—. Déjalo ir.

El silencio se prolongó de manera antinatural. Samuel sintió algo desprenderse de él. No dolor. No miedo. Una desconexión suave, como cuando un recuerdo deja de doler de golpe.

El Hueco respondió.

No con palabras.

Con apertura.

El suelo se volvió firme. El aire cambió. A lo lejos, por primera vez, Samuel sintió una corriente leve, ascendente.

—Se abrió —dijo Ruth, con la voz quebrada—. Vámonos. Ahora.

Mientras avanzaban, Samuel sintió una última presencia. No como una imitación. No como una voz.

Una despedida sin forma.

Cuando comenzaron el ascenso, el cielo aún no era visible. Pero Samuel supo algo con una certeza irreversible:

Evan ya no estaba allí abajo.

Y él tampoco saldría siendo el mismo.



#100 en Terror
#664 en Thriller
#241 en Suspenso

En el texto hay: miedo, terror, desaparacion

Editado: 13.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.