El pueblo no reaccionó de inmediato al regreso de Samuel Carter.
Eso fue lo primero que le resultó extraño.
No hubo miradas prolongadas, ni murmullos evidentes, ni esa incomodidad social que suele aparecer cuando alguien vuelve de un lugar del que no se habla. San Elías —un conjunto de calles estrechas, casas de madera envejecida y negocios que parecían no haber cambiado desde hacía décadas— continuaba funcionando con la misma rutina mecánica de siempre.
Demasiado normal.
Samuel salió del motel pasadas las nueve de la mañana. El sol ya estaba alto, pero el aire seguía frío. Caminó hasta la cafetería del cruce principal, la misma que aparecía en varias fotografías antiguas del archivo municipal. La campanilla de la puerta sonó cuando entró. Dos mesas ocupadas. Un hombre leyendo el periódico local. Una mujer mayor removiendo el café sin beberlo.
La camarera levantó la vista.
—¿Qué va a ordenar?
Nada en su tono indicaba reconocimiento. Ni curiosidad. Ni prevención.
Samuel pidió café negro y tostadas. Se sentó junto a la ventana. Desde allí podía ver el camino que llevaba al bosque. A plena luz del día, el Hueco no era visible. El sendero parecía uno más entre tantos, apenas una abertura entre árboles.
Cuando el café llegó, Samuel lo tomó entre las manos y sintió algo distinto.
El calor no le molestó.
Antes, siempre había sido sensible a las temperaturas extremas. Ahora, el contraste no producía reacción. Bebió un sorbo. El sabor era más intenso de lo que recordaba, casi invasivo.
—¿Es nuevo en el pueblo? —preguntó la camarera, sin mirarlo directamente.
—Estuve aquí hace unos años —respondió Samuel—. Por trabajo.
Ella asintió, como si eso cerrara el tema.
—Si piensa quedarse, evite el bosque al anochecer.
Samuel levantó la mirada.
—¿Por qué?
Ella lo miró entonces, solo un segundo más de lo necesario.
—Porque siempre hay alguien que no vuelve —dijo—. Y nadie quiere ser el último en enterarse.
No añadió nada más. Se alejó.
El periódico del hombre de la mesa cercana tenía una pequeña nota en la parte inferior de la página tres:
“Se reporta la desaparición de un adolescente de 14 años. Última vez visto cerca del área boscosa al norte del pueblo.”
Samuel leyó la nota dos veces.
La fecha era de esa misma mañana.
No había fotografías. No había nombres destacados. Solo un apellido común y una hora aproximada.
—Eso es nuevo —dijo el hombre del periódico, como si leyera su mente—. Antes pasaba de noche.
Samuel lo miró.
—¿Antes?
—Antes —repitió el hombre—. Ahora… parece que ya no espera tanto.
Samuel pagó y salió.
El aire exterior le golpeó el rostro. Cerró los ojos un momento. Y entonces lo sintió.
No fue una visión.
No fue un sonido.
Fue una alteración espacial leve, como una vibración sorda en el pecho, sincronizada con un punto específico del bosque. Samuel giró la cabeza sin pensarlo.
Alguien estaba cerca del Hueco.
No dentro.
Cerca.
—Maldita sea… —murmuró.
Caminó rápido hacia el sendero. Cada paso parecía confirmado por el suelo, como si el espacio reconociera su forma de moverse. A mitad del camino, vio a dos agentes del sheriff hablando con una mujer joven. Ella lloraba, señalando hacia los árboles.
—¿Samuel? —dijo una voz a su espalda.
Era Ruth.
Se veía peor que la noche anterior. Más pálida. Más cansada. Como si no hubiera dormido.
—Ya empezó —dijo él.
Ruth asintió.
—No bajaron —dijo—. Eso es lo que no encaja.
Caminaron hasta donde los agentes delimitaban el área con cinta. Uno de ellos se volvió hacia Samuel.
—No puede pasar.
Samuel lo miró a los ojos.
—No bajó —dijo—. Está cerca. El Hueco lo llamó… pero no lo tomó.
El agente frunció el ceño.
—¿Cómo sabe eso?
Samuel dudó.
Ruth intervino.
—Porque anoche hubo actividad —dijo—. Y hoy hay consecuencias.
El agente los observó unos segundos más, incómodo.
—¿Ustedes estuvieron en el bosque anoche?
Samuel respondió antes de pensarlo.
—Sí.
El silencio que siguió fue denso.
—Entonces deberían irse del pueblo —dijo el agente—. Nada bueno le pasa a la gente que se involucra más de la cuenta.
Samuel volvió a sentir la vibración.
Más fuerte.
—Está más cerca —dijo—. No abajo. En la entrada.
Ruth lo miró con preocupación.
—¿Seguro?
Samuel asintió.
—Está probando algo nuevo.
Se acercaron todo lo que pudieron. Entre los árboles, a unos treinta metros del borde del sendero, vieron al chico.
Estaba de pie.
Inmóvil.
Mirando hacia el Hueco.
—¡Eh! —gritó uno de los agentes.
El adolescente no reaccionó.
Samuel dio un paso adelante.
El chico habló.
—No me llamó con palabras —dijo—. Me mostró un lugar donde no duele pensar.
Ruth cerró los ojos.
—Eso no pasaba antes —susurró.
Samuel avanzó otro paso.
—Escúchame —dijo—. No entres. Todavía puedes irte.
El chico giró lentamente la cabeza.
Sus ojos no estaban perdidos.
Estaban enfocados.
—Ya fui —respondió—. Solo un poco.
El Hueco vibró.
Samuel entendió entonces, con una claridad helada:
No necesitaba tragarse a nadie.
Ahora, solo necesitaba dejar entrar lo suficiente.
Editado: 13.01.2026