El chico no dio un solo paso más.
Eso fue lo que más inquietó a Samuel.
No avanzó hacia el Hueco, pero tampoco retrocedió. Permanecía detenido en un punto exacto del espacio, como si hubiera cruzado un límite que no estaba marcado en el suelo, ni en los árboles, ni en la lógica visible del lugar. Era una quietud tensa, sostenida, antinatural. No parecía congelado por el miedo, sino contenido.
—No se acerquen —ordenó el sheriff Mills, abriéndose paso entre los agentes—. Déjenlo hablar.
El adolescente respiraba con normalidad. El pecho subía y bajaba con un ritmo estable. No había sudor frío. No había temblores. Su postura era recta, casi firme, como si el terreno bajo sus pies le ofreciera un apoyo distinto al resto del bosque.
—No fue como dicen —continuó—. No bajé. No caí.
Samuel dio un paso lento hacia adelante, ignorando la mirada de advertencia del sheriff.
—Entonces dime cómo fue —dijo—. Con calma.
El chico tragó saliva.
—Entré.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Ruth cerró los ojos por un instante. No fue un gesto dramático, sino uno aprendido. Como si necesitara prepararse para lo que venía después.
—¿Entraste dónde? —preguntó Samuel.
El chico movió la cabeza, señalando el área general del bosque, pero sin fijar un punto exacto.
—Ahí —dijo—. Donde el suelo se siente más profundo de lo que parece.
Samuel sintió una presión leve detrás de los ojos. No dolor. Ajuste.
—Eso no pasaba antes —murmuró Ruth—. Antes había un descenso claro.
—No fue un agujero —continuó el chico—. Fue como… como si el lugar me hiciera espacio.
Uno de los agentes intercambió una mirada incómoda con otro.
—Está inventando —susurró—. Está en shock.
Samuel negó.
—No —dijo—. Está describiendo algo real.
El sheriff observaba en silencio, con los brazos cruzados. No parecía sorprendido. Solo cansado.
—¿Cuánto tiempo estuviste ahí? —preguntó Samuel.
El chico dudó.
—No lo sé —respondió—. No había forma de medirlo. No se sentía como tiempo.
Samuel reconoció esa frase. La había escuchado antes. En informes. En grabaciones. En testimonios que nunca se publicaron.
—¿Escuchaste voces? —preguntó.
—No —respondió el chico—. Eso fue lo raro. No hablaba.
Samuel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Entonces, ¿qué hizo? —insistió Ruth.
El chico levantó la mirada por primera vez, y fijó los ojos directamente en Samuel.
—Me mostró —dijo—. Lugares donde podía estar sin pensar en nada.
La vibración volvió.
No tan fuerte como antes, pero constante. Samuel la sintió en el pecho, sincronizada con el punto exacto donde el chico había estado de pie.
—Eso es nuevo —susurró Ruth—. No está llamando. Está ofreciendo.
El sheriff dio un paso adelante.
—¿Ofreciendo qué?
Samuel respondió sin apartar la mirada del chico.
—Espacio —dijo—. Silencio. Ausencia de fricción.
El adolescente asintió lentamente.
—Ahí no dolía —dijo—. No había recuerdos empujando.
Ruth apretó los puños.
—Eso es peor —murmuró.
Uno de los agentes dio un paso hacia el chico.
—Vamos a llevarte a un lugar seguro, ¿sí?
El chico no se resistió. Dio un paso atrás. Solo uno.
El efecto fue inmediato.
La vibración cesó de golpe, como si alguien hubiera cerrado una compuerta invisible. El bosque recuperó sonidos que no habían estado allí segundos antes: hojas moviéndose, ramas crujiendo, un ave distante.
Samuel exhaló sin darse cuenta de que había estado conteniendo el aire.
—Llévenselo —ordenó el sheriff—. Al hospital. Observación completa. Nada de sedantes todavía.
Mientras se lo llevaban, el chico giró la cabeza.
—No fue malo —dijo—. Solo… distinto.
Samuel no respondió.
Porque sabía que esa frase ya había aparecido antes.
Horas después, en la sala de emergencias del pequeño hospital de San Elías, Samuel y Ruth observaban al adolescente a través del vidrio. Estaba sentado en la camilla, tranquilo, con la mirada fija en un punto inexistente de la pared.
—No muestra signos de trauma agudo —dijo el médico—. Pulso estable. Respuesta cognitiva intacta.
—¿Y emocionalmente? —preguntó Ruth.
El médico dudó.
—Plano —respondió—. No apático. Solo… reducido.
Samuel sintió una punzada breve.
—¿Cuánto tiempo estuvo desaparecido? —preguntó.
—Cuarenta y seis minutos —respondió el sheriff—. Según la madre.
Samuel negó lentamente.
—No —dijo—. Para él fue más.
Esa noche, Samuel se quedó despierto, sentado en la habitación del motel. No había sonidos extraños. No hubo golpes. No hubo llamadas.
Pero el espacio se sentía distinto.
Más flexible.
Samuel entendió entonces algo que le heló la sangre:
El Hueco ya no necesitaba una ubicación fija.
Había aprendido a insertarse.
No llamaba desde abajo.
Esperaba desde adentro.
Editado: 13.01.2026