La Noche En El Hueco

Capítulo 4: Lo que vuelve con el amanecer (parte 3)

El primer cambio no fue evidente para nadie.

Ni para el médico.

Ni para la madre del chico.

Ni siquiera para el propio adolescente.

Fue Samuel quien lo notó.

A la mañana siguiente, cuando volvió al hospital, el muchacho estaba sentado en la misma posición que la noche anterior. No rígido. No inmóvil. Simplemente… estable. Como si su cuerpo hubiera encontrado un punto exacto de equilibrio y se negara a abandonarlo.

—¿Ha dormido? —preguntó Samuel al médico de guardia.

—Dice que sí —respondió—. Pero no entró en fase profunda. No hubo movimientos REM. Es como si el cuerpo hubiera descansado sin pasar por el proceso completo.

Samuel miró a través del vidrio.

—Eso tampoco pasaba antes —murmuró.

Ruth estaba apoyada contra la pared del pasillo, con los brazos cruzados. Tenía los ojos rojos, no de llanto, sino de agotamiento acumulado.

—Está regulando —dijo—. Ajustando lo que se lleva y lo que deja.

Samuel asintió lentamente.

—Como conmigo —dijo—. Pero más superficial.

El médico volvió a hablar.

—Hay algo más —dijo—. No sé cómo explicarlo.

Los condujo hasta la habitación. El chico levantó la vista cuando entraron. Sonrió levemente, un gesto correcto, aprendido, pero sin impulso emocional detrás.

—Hola —dijo.

—Hola —respondió Samuel—. ¿Cómo te sientes?

El chico pensó la respuesta.

—Ligero —dijo—. Como si algunas cosas no pesaran tanto.

Samuel observó sus manos.

—¿Te duele algo?

—No —respondió—. Pero siento menos.

—¿Menos qué? —preguntó Ruth.

El chico flexionó los dedos.

—Menos resistencia —dijo—. Como cuando empujas una puerta que antes estaba trabada.

El médico aclaró la garganta.

—Hay cambios en la respuesta táctil —dijo—. No es pérdida sensorial. Es… distribución distinta.

Samuel sintió un escalofrío.

—¿Y el frío? —preguntó.

—No se queja —respondió el médico—. La temperatura corporal es normal, pero no reacciona como esperamos.

Samuel recordó el café caliente. El calor que ya no incomodaba.

—Está empezando a pasar —dijo en voz baja.

Esa misma tarde ocurrió el segundo evento.

No en el bosque.

En una casa.

La llamada llegó a la comisaría poco después de las cinco. Una mujer afirmaba que su esposo llevaba más de una hora encerrado en el baño, sin responder. No había ruidos. No había agua corriendo. Solo silencio.

Samuel y Ruth llegaron con el sheriff.

La puerta del baño estaba cerrada por dentro.

—¿Lo escuchó hablar? —preguntó Samuel a la mujer.

—No —respondió ella—. Lo escuché… acomodarse.

Samuel intercambió una mirada con Ruth.

—Ábrala —dijo.

Forzaron la cerradura.

El hombre estaba de pie, frente al espejo.

No se había desmayado.

No estaba inconsciente.

Simplemente no estaba del todo allí.

—Se quedó mirando —dijo después, ya sentado en el sofá—. El baño se hizo más grande. No de forma visible. De forma… posible.

Samuel cerró los ojos un instante.

—¿Escuchó algo? —preguntó.

—No —respondió el hombre—. Pero sentí que podía quedarme.

La palabra volvió a aparecer.

Quedarse.

Ruth habló.

—¿Cuánto tiempo pasó ahí dentro?

—No lo sé —respondió—. Mi esposa dice que fue una hora. Para mí… no fue nada.

Samuel sintió la confirmación asentarse.

—No está entrando desde abajo —dijo—. Está anclándose a espacios cerrados.

El sheriff pasó una mano por el rostro.

—¿Quiere decir que cualquier lugar puede convertirse en… eso?

Samuel no respondió de inmediato.

—No cualquier lugar —dijo finalmente—. Lugares donde alguien quiera dejar de empujar.

Esa noche, Samuel caminó solo por el pueblo. Las casas parecían iguales, pero ya no lo eran. No desde su forma, sino desde su profundidad. Algunos espacios retenían la oscuridad más de lo normal. Otros parecían absorber el sonido.

A las 2:11 de la madrugada, Samuel se detuvo frente a una casa abandonada.

Sintió la vibración.

No venía del suelo.

Venía de las paredes.

Samuel dio un paso atrás.

—No —dijo en voz baja—. Todavía no.

La vibración disminuyó, como si algo hubiera registrado la advertencia.

Samuel comprendió entonces algo que no figuraba en ningún informe, ni en ningún testimonio previo:

El Hueco no estaba creciendo.

Estaba aprendiendo a distribuirse.

Y lo hacía usando a las personas que ya habían estado cerca.



#100 en Terror
#664 en Thriller
#241 en Suspenso

En el texto hay: miedo, terror, desaparacion

Editado: 13.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.