Samuel no regresó al motel esa noche.
No porque temiera dormir allí, sino porque entendió que el descanso ya no dependía de un lugar específico. El Hueco había dejado de ser un punto al que se entraba. Ahora se manifestaba donde el espacio cedía.
Caminó durante horas por San Elías, recorriendo calles secundarias, rodeando casas, deteniéndose frente a estructuras que nadie miraba dos veces. Garajes cerrados. Cobertizos. Habitaciones traseras con luces apagadas. Aprendió a reconocer la diferencia entre un espacio simplemente vacío y uno que estaba dispuesto.
A las 3:40 de la madrugada, Ruth lo encontró sentado en las gradas de la iglesia.
—Sabía que estarías aquí —dijo ella.
Samuel no se sorprendió.
—Aquí el espacio siempre fue distinto —respondió—. Más profundo de lo que parece.
Ruth se sentó a su lado. Tardó varios segundos en hablar.
—Nunca te conté todo sobre mi primera noche —dijo finalmente.
Samuel no la apuró.
—Yo no bajé por curiosidad —continuó—. Bajé porque el Hueco ya me había seguido antes.
Samuel giró la cabeza lentamente.
—¿Cómo?
—En un hospital —dijo—. Había una habitación donde nadie podía quedarse mucho tiempo. No por miedo. Por… cansancio. Entrabas y sentías que el lugar te sostenía demasiado.
Samuel reconoció el patrón de inmediato.
—¿Y qué hiciste?
—Lo mismo que el chico —respondió—. Me quedé un poco. Lo suficiente para sentir alivio.
Samuel cerró los ojos.
—Eso fue el inicio —dijo.
Ruth asintió.
—El descenso fue después. Cuando el Hueco ya sabía cómo acomodarse.
El silencio entre ambos no fue incómodo. Fue confirmatorio.
—Entonces —dijo Samuel—, ya no importa si alguien va al bosque.
—No —respondió Ruth—. Importa si alguien quiere dejar de resistir.
A las seis de la mañana, el pueblo comenzó a despertar.
Nada ocurrió de inmediato.
Eso fue lo más inquietante.
Samuel observó a las personas salir de sus casas, abrir negocios, saludar como siempre. Pero ahora podía sentirlo. Algunos espacios se tensaban al llenarse. Otros se relajaban peligrosamente cuando quedaban vacíos.
—Va a elegir bien —dijo Ruth—. No va a tomar a cualquiera.
—No —respondió Samuel—. Va a quedarse con quienes ya estén cansados.
El sheriff se les unió poco después.
—El chico —dijo—. Empezó a decir cosas.
Samuel se puso de pie.
—¿Qué tipo de cosas?
—Describe lugares que no existen —respondió—. Habitaciones más grandes por dentro. Pasillos que no figuran en los planos.
Samuel asintió.
—No está inventando —dijo—. Está señalando anclajes.
El sheriff apretó la mandíbula.
—¿Cómo se detiene algo así?
Samuel miró el pueblo.
—No se detiene —dijo—. Se limita.
—¿Cómo?
Samuel tardó en responder.
—Recordándole que no todo espacio está vacío —dijo—. Que hay lugares que no se ofrecen.
Ruth lo miró con gravedad.
—Eso significa volver a entrar —dijo.
Samuel no lo negó.
—Pero no como antes —respondió—. Esta vez, desde dentro.
El sol terminó de salir.
San Elías seguía allí. Funcional. Aparente.
Pero Samuel ya lo sabía con certeza absoluta:
El Hueco había cambiado las reglas.
Y quienes lo habían tocado una vez…
ya no podían fingir que no sentían cuándo volvía a abrirse.
Editado: 13.01.2026