La Noche En El Hueco

Capítulo 5: Donde el espacio aprende (parte 1)

Samuel Carter no aceptó nada en voz alta.

No hizo promesas.

No se ofreció como voluntario.

No asumió un rol de manera explícita.

Pero a partir de esa mañana, el espacio comenzó a reaccionar a su presencia de una forma distinta. No como lo hacía con los demás. No con apertura ni con resistencia. Con cautela.

Eso fue lo primero que notó.

No fue inmediato. No ocurrió al salir de la iglesia ni al cruzar la calle principal. Fue más tarde, cuando entró en la casa del adolescente desaparecido, acompañado por el sheriff Mills y Ruth. Una vivienda común, de una sola planta, con muebles gastados y fotografías familiares alineadas en las paredes.

Nada fuera de lugar.

Y, sin embargo, algo no encajaba.

Samuel se detuvo apenas cruzó el umbral. No avanzó más de dos pasos. El aire en el interior tenía una densidad irregular, como si ciertas zonas ofrecieran más resistencia al movimiento que otras.

—¿Lo sientes? —preguntó Ruth en voz baja.

Samuel asintió.

—Todavía no está anclado —dijo—. Pero dejó marca.

El sheriff frunció el ceño.

—¿Marca de qué tipo?

Samuel no respondió de inmediato. Se inclinó ligeramente y apoyó la palma de la mano contra la pared del pasillo. La superficie estaba fría, pero no de una forma natural. No era temperatura. Era retención.

—De tránsito —respondió finalmente—. Como cuando alguien se apoya demasiadas veces en el mismo punto.

Avanzaron despacio. El dormitorio del chico estaba intacto. La cama sin hacer. Una mochila apoyada contra la silla. Un cuaderno abierto sobre el escritorio.

Samuel lo tomó.

No había dibujos extraños.

No había frases incoherentes.

Solo anotaciones dispersas, fechas, horarios, pequeñas observaciones sobre lugares del pueblo. Nada llamativo, salvo un detalle: varios espacios estaban marcados con un mismo símbolo, repetido de forma casi obsesiva.

Un cuadrado incompleto.

—¿Qué es eso? —preguntó el sheriff.

—Un límite —respondió Samuel—. O lo que él cree que es uno.

Ruth se acercó.

—No lo dibujó después —dijo—. Esto empezó antes.

Samuel sintió una presión leve en la sien.

—El Hueco no lo eligió al azar —dijo—. Lo estaba preparando.

En la sala, la madre del chico permanecía sentada en silencio. No lloraba. No preguntaba. Tenía la mirada fija en un punto del suelo, como si el espacio frente a ella fuera más profundo de lo que debía.

Samuel se detuvo a unos metros.

—¿Ha estado aquí mucho tiempo? —preguntó con suavidad.

La mujer levantó la vista.

—Desde que se lo llevaron —respondió—. No quiero ir a la habitación.

Samuel asintió.

—¿Por qué?

La mujer dudó.

—Porque siento que si me siento… no voy a querer levantarme.

El sheriff tragó saliva.

Samuel no necesitó preguntar más.

Al salir de la casa, el día ya estaba avanzado. El pueblo funcionaba con aparente normalidad. Personas caminando. Vehículos pasando. Conversaciones triviales. Pero Samuel podía sentirlo con claridad creciente: algunos espacios se estaban reconfigurando.

No físicamente.

Funcionalmente.

—Está cometiendo un error —dijo Samuel de pronto.

Ruth lo miró.

—¿Cuál?

—Está probando demasiado cerca de la superficie —respondió—. Antes aprendía en profundidad. Ahora lo hace a la vista de todos.

—¿Y eso es un error para quién? —preguntó el sheriff.

Samuel lo miró.

—Para él —dijo—. Porque el espacio cotidiano no es neutro. Está lleno de fricción humana.

Ruth entendió de inmediato.

—Rutinas —dijo—. Movimiento constante. Ruido.

—Testigos —añadió Samuel.

Esa tarde, ocurrió el primer evento irreversible.

No hubo desaparición.

No hubo gritos.

No hubo bosque.

Fue una mujer mayor, encontrada en el pasillo de su casa, sentada contra la pared, con la mirada tranquila y el pulso estable. Llevaba allí más de tres horas.

—Dice que no quería moverse —informó el paramédico—. Que el pasillo se sentía… correcto.

Samuel se arrodilló frente a ella.

—¿La llamó? —preguntó.

La mujer negó.

—No —respondió—. Me acomodó.

Samuel sintió el impacto de la palabra.

—¿Cómo supo dónde sentarse? —preguntó.

—No lo supe —dijo ella—. El lugar lo supo por mí.

Cuando la ayudaron a levantarse, el espacio no reaccionó de inmediato. Tardó varios segundos en cerrarse. Samuel lo percibió con claridad.

—Eso no debería pasar —dijo Ruth en voz baja—. Antes, el Hueco se replegaba rápido.

Samuel asintió.

—Se está volviendo dependiente —dijo—. De la gente.

Esa noche, Samuel no durmió.

No porque tuviera miedo, sino porque entendió algo que no figuraba en ningún informe previo, en ningún testimonio registrado, en ninguna grabación.

El Hueco no estaba invadiendo.

Estaba adaptándose.

Y en ese proceso, estaba dejando rastros.

Errores mínimos.

Retrasos.

Zonas donde el espacio tardaba en recuperar su forma original.

Samuel se sentó en el borde de la cama, con los pies apoyados en el suelo, y cerró los ojos.

Por primera vez desde que salió del Hueco, hizo algo distinto.

No escuchó.

No observó.

Respondió.

El espacio se tensó apenas.

No se abrió.

No se cerró.

Esperó.

Samuel comprendió entonces, con una certeza fría y absoluta, que ya no era solo un testigo.

Era un punto de interferencia.

Y el Hueco…

lo había notado.



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En el texto hay: miedo, terror, desaparacion

Editado: 13.01.2026

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