El primer intento de corrección ocurrió a las 2:17 de la madrugada.
Samuel lo supo antes de que alguien llamara, antes de que una radio se activara o una luz se encendiera en alguna casa del pueblo. No fue una intuición ni una sensación vaga. Fue una variación concreta en la forma en que el espacio sostenía el silencio.
Hasta entonces, San Elías dormía con el mismo patrón de siempre: intervalos regulares de ruido, respiraciones humanas, algún vehículo lejano, el zumbido constante de la electricidad. Pero de pronto, una de esas capas se desalineó.
No desapareció.
Se desplazó.
Samuel se incorporó de la cama con lentitud, como si temiera que un movimiento brusco alterara aún más el equilibrio. Se sentó, apoyó los pies en el suelo y esperó.
El aire vibraba apenas, como una cuerda tensada demasiado tiempo.
—Está reajustando —murmuró.
No necesitó mirar el reloj. El Hueco nunca repetía horarios exactos, pero sí conservaba intervalos de aprendizaje. Cada corrección llegaba un poco antes que la anterior.
Samuel se puso la chaqueta y salió. No llevaba grabadora. Esa noche no estaba documentando. Estaba observando desde dentro.
La calle principal estaba vacía. Las farolas iluminaban el asfalto de forma irregular, proyectando sombras que parecían demasiado largas para la fuente de luz que las producía. Samuel avanzó despacio, atento a los bordes, a los ángulos, a las zonas donde el espacio parecía resistirse a ser atravesado.
Fue entonces cuando lo vio.
No al Hueco.
No directamente.
Vio el resultado.
Un hombre estaba de pie frente a la carnicería cerrada, inmóvil, con las manos a los costados y la cabeza levemente inclinada hacia adelante. No parecía inconsciente. Tampoco asustado. Su postura era la de alguien que había sido detenido en mitad de un pensamiento.
Samuel se acercó con cuidado.
—Señor —dijo en voz baja.
No hubo respuesta.
Samuel rodeó al hombre lentamente, observando. Sus ojos estaban abiertos. Pupilas normales. Respiración estable. No había signos de pánico ni de trance.
—¿Lo escucha? —preguntó Samuel, sin saber exactamente a qué se refería.
El hombre parpadeó una vez.
Solo una.
—No —respondió—. Pero siento que si me muevo… algo se va a romper.
Samuel cerró los ojos un segundo.
Ahí estaba el error.
El Hueco no estaba aislando a las personas. Estaba insertándolas en puntos de tensión espacial, usándolas como anclas temporales para reajustar su estructura.
—No se mueva todavía —dijo Samuel—. Respire normal.
—No estoy asustado —dijo el hombre—. Eso es lo raro.
Samuel apoyó la mano a unos centímetros del pecho del sujeto, sin tocarlo. El espacio entre ambos se sentía comprimido, como si el aire hubiera perdido elasticidad.
—Está aprendiendo mal —susurró Samuel.
El hombre frunció el ceño.
—¿Quién?
Samuel no respondió.
A unos metros, una ventana se encendió. Luego otra. El pueblo empezaba a reaccionar, aunque aún no entendía a qué.
Samuel dio un paso atrás.
—Cuando cuente hasta tres —dijo—, dé un paso hacia mí.
—¿Y si no puedo?
—Podrá —respondió Samuel—. El espacio todavía no decide.
Uno.
El aire vibró.
Dos.
La farola parpadeó.
Tres.
El hombre dio el paso. En el instante exacto en que su pie tocó el suelo, la tensión se liberó de golpe. No con violencia, sino con una especie de resignación. Como si algo hubiera aceptado perder esa pieza.
El hombre cayó de rodillas, respirando agitadamente.
—¿Qué fue eso? —preguntó.
Samuel lo sostuvo por los hombros.
—Un lugar que no supo usarlo —respondió.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Minutos después, Ruth llegó al lugar. Observó la escena, al hombre sentado en la acera, a Samuel de pie frente a la carnicería.
—¿Fue un intento de cierre? —preguntó.
—No —dijo Samuel—. Fue una prueba de estabilidad.
Ruth apretó la mandíbula.
—Está usando personas conscientes.
—Sí —respondió Samuel—. Antes prefería estados alterados. Sueño. Miedo. Aislamiento. Ahora… está experimentando con presencia plena.
—Eso es peligroso.
Samuel la miró.
—Eso es nuevo.
Caminaron juntos unos metros, alejándose del lugar.
—Hay algo más —dijo Ruth—. Revisé los registros antiguos. Hay lapsos donde el Hueco… se detuvo.
Samuel levantó la vista.
—¿Cómo?
—Años completos sin actividad —continuó—. Como si hubiera estado esperando.
Samuel sintió un peso en el estómago.
—Esperando a alguien —corrigió.
Ruth lo miró.
—¿A ti?
Samuel no respondió de inmediato.
—A alguien que pudiera resistir sin romperse —dijo finalmente—. Alguien que no reaccionara solo con miedo.
Ruth se detuvo.
—Samuel… ¿qué hiciste ahí abajo realmente?
Samuel cerró los ojos.
—Escuché —dijo—. Y no me fui cuando debía.
El viento sopló entre los edificios, alterando por un instante la percepción del espacio. Fue mínimo, pero suficiente.
Samuel sintió la respuesta.
No una amenaza.
No un ataque.
Una adaptación.
El Hueco estaba ajustando su comportamiento…
teniendo en cuenta a Samuel Carter.
Y esa era la peor confirmación posible.
Editado: 13.01.2026