San Elías no fue evacuado.
Eso habría implicado una decisión consciente, una cadena de órdenes, una narrativa clara de peligro. Nada de eso ocurrió. En su lugar, el pueblo comenzó a vaciarse como se vacía una casa que ya no se reconoce como propia: sin anuncios, sin maletas visibles, sin despedidas.
Primero fueron los que tenían familiares en otros lugares. Luego los que habían sentido la alteración de los espacios en su propio cuerpo: el pasillo que parecía demasiado corto, la escalera que ya no devolvía el eco correcto, la cama que vibraba sin causa física.
No huían del Hueco.
Huían de la inconsistencia.
Samuel observaba desde el motel. Veía cómo los autos salían por la carretera estatal en una corriente lenta pero constante. Algunos regresaban minutos después, confundidos, diciendo que la salida "no estaba donde debía". Otros no volvían.
—El pueblo ya no es una superficie estable —dijo Ruth, sentada frente a él—. Es una zona de transición.
Samuel no respondió. Estaba escuchando algo que ella no podía oír.
No una voz.
Un patrón.
—Hay personas que no pueden irse —dijo al fin—. No porque estén atrapadas físicamente... sino porque el espacio ya las integró.
Ruth frunció el ceño.
—¿Integró cómo?
Samuel cerró los ojos.
—Como nodos —dijo—. Puntos que ayudan a mantener coherente lo que ya no sabe cómo organizarse.
En ese momento, una mujer cruzó el estacionamiento. Caminaba descalza, con una bata de hospital y una mirada extrañamente tranquila. Se detuvo frente a la habitación 12 y tocó la puerta una sola vez.
Samuel se levantó de inmediato.
—No la dejes entrar —dijo Ruth.
Samuel abrió la puerta.
—¿Puedo ayudarla?
La mujer levantó la vista. Sus ojos estaban completamente enfocados.
—No —dijo—. Ya me ayudaron. Solo necesito quedarme donde el espacio no se estire.
Samuel sintió la vibración.
—¿Dónde estuvo? —preguntó.
—En el pasillo que no lleva a ninguna parte —respondió—. El que está detrás de la clínica.
Ruth se llevó la mano a la boca.
Samuel comprendió.
Ese pasillo no existía el día anterior.
—¿Y qué vio? —preguntó.
La mujer sonrió.
—Nada —dijo—. Y fue perfecto.
El Hueco había comenzado a crear zonas de descarga. Lugares donde la conciencia podía descansar de la coherencia.
Y la gente... empezaba a preferirlos.
Editado: 26.02.2026