La noche en que nos conocimos.

Capítulo 4 ¿Cómo me metí en esto?

Estoy en problemas y solo un milagro me puede ayudar, un gran milagro. Nunca he sido creyente a pesar que mi abuela materna era muy católica y mi madre de vez en cuando menciona a Dios, pero ahora rezo con mucha fe en mi mente y le pido a todos los dioses que me ayuden. Todo esto es mi culpa, lo admito y lo entiendo, todo por una mentira, nunca me ha gustado mentir y cuando lo hago pasan cosas como esta. Es que en serio jamás imaginé que Guillermo iba a venir hasta aquí y peor aún, que iba a encontrar mi casa, que yo recuerde jamás le di la dirección.

¿Cómo me metí en esto? Jamás debí mentirle a Guillermo, ni a Emmanuel… Para empezar, jamás debí mentir.

—Tienes que ayudarme. —le digo a Santiago.

Pienso la mejor manera de pedirle este favor, es un favor, debería ayudarme porque se supone que un favor piadoso no se le niega a nadie. Hoy por mí, mañana por él, pero no le puedo decir eso porque me dirá enseguida que no.

—Finge ser mi novio.

Veo como él pasa un dedo por su labio inferior y me escudriña con la mirada, no me dice nada, pero hace un leve gesto en mi dirección para que yo siga hablando.

Yo tomo aire y hago un gesto algo dramático antes de empezar a contar mi triste historia.

—Cuando estaba en España tenía un novio, terminé con él o eso creía yo, porque él no capto muy bien el mensaje y un dio sin previo aviso, él me pidió matrimonio. Le dije que no porqué amaba a alguien más, eso era mentira y ya sé que no debí mentir, pero lo hice. También le dije lo mismo a Emmanuel y ahora también cree eso mi papá. Además, Guillermo, quien me propuso matrimonio, está en mi casa. ¿Te das cuenta el lio en el que me encuentro? Ayúdame, por favor.

Mi vida es un total enredo. Un caos que yo mismo provoqué. ¿Acaso no aprendí nada de todas las novelas románticas que he leído?

—¿Estás escuchando lo que me estás pidiendo? —Me pregunta Santiago en un tono muy relajado.

Yo asiento con la cabeza mientras tengo las manos cruzadas sobre mi pecho.

—Solo di la verdad, de esa forma todos tus problemas se solucionarán—el chasquea sus dedos. —así de fácil.

Debo admitir que él tiene razón, pero decir la verdad no es tan sencillo como suena. Sería admitir sentimientos que no estoy dispuesta a enfrentar, sería ver esa mirada de pena en Emmanuel y la determinación de Guillermo por volver, también tendría que explicarle todo eso a mi papá. Claro que mi padre ya debe estar molesto conmigo por el simple hecho de ocultarle que salía con alguien en España.

Decir la verdad significa aceptar que sigo sin poder superar a alguien que esta a punto de casarse con otra persona.

—¿Me vas ayudar? —le vuelvo a preguntar para que entienda que la idea de decir la verdad está descartada.

—Como abogado te aconsejo que digas la verdad.

Hay un toque burlón en la forma que dice eso, y veo que a pesar de su apariencia tranquila y seria, en el fondo él está disfrutando esto y yo estoy empezando a perder mi paciencia.

—No, no voy a decir la verdad.

—Como quieras. Suerte lidiando con todas esas mentiras.

Me paro frente a él y lo miro a los ojos.

—¿Me vas ayudar? —le pregunto por tercera vez. —No entiendes lo triste que es admitir frente a mi ex que le mentí porque aún siento cosas por él, tener que verlo casarse con alguien más y ver como ella lleva el anillo que se supone yo debía llevar. Mientras él planea con Rosalie la boda que debería estar planeado conmigo.

Él parece meditar lo que yo acabo de decir.

No puedo creer que me siento tan desesperada que estoy aquí, frete a Santiago Miller, confesando cosas que ni siquiera me atrevía a reconocer frente a mi hermana.

—Y yo que gano.

Le sonrió.

—A mí.

Y para mi sorpresa él también sonríe.

—A ti, interesante propuesta y dime, Hope ¿Qué hago contigo? —Me pregunta él con una media sonrisa. —No voy ayudarte, di la verdad.

Implacable, el abogado del diablo, son muchas de las formas con las que se refieren a Santiago Miller y ahora me doy cuenta que no se equivocan con ninguno de esos apodos.

—Vamos solo será por un tiempo, Emmanuel se irá a vivir lejos después de su boda, tú y yo podemos terminar dos semanas después de eso.

Pongo mis manos en sus hombros y él se sorprende por eso. Lo siento tensarse y veo como aprieta la mandíbula.

—No—se limita a responder mientras quita mis manos de sus hombros.

Su teléfono suena y frunce el ceño al ver el nombre en la pantalla. Bianca, al parecer tiene novia, creí que él no tenía novias, solo relaciones casuales. Él se para y sale de la habitación. Yo me resigno a que él definitivamente no me va ayudar y pienso en otras opciones. Podría cambiar mi nombre y empezar otra vida en Finlandia donde estoy segura nadie me va a buscar. También podría decir que no fui yo, que fue mi doble.

—Todo esto es mi culpa, admito que es mi culpa este pecado. No debí mentir, pero todo el mundo miente y no pasa nada. —me acuesto en la cama y cierro los ojos—Debería dejar que me tiren piedras como castigo por mentir.

—Déjame ir por una piedra al jardín—murmura Santiago.

Me siento en la cama y lo veo observándome desde la puerta.

—Que lance la primera piedra el que esté libre de pecado. —le digo.

Tomó mi teléfono y me paro de la cama, guardo mi teléfono en el bolsillo trasero de mi pantalón.

—Como no me vas ayudar creo que ya es hora de irme—le digo mientras salgo de la habitación.

—No te ayudo porque es una locura, nadie podría creer que tú y yo somos novios. Además, no sabemos nada el uno del otro, es una idea terrible.

Camino despacio por el pasillo esperando que Santiago me detenga y me diga que me va ayudar, pero eso no sucede. Incluso cuento los escalones y me giro a verlo cuando llegó a la puerta, pero él solo se limita a despedirse con la mano. Idiota.




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