El silencio en la casa ya no era el mismo. O al menos aparentemente. Antes, el silencio de los sábados olía a papel viejo, a pintura, a pizza casera; ahora, el silencio tenía un filo cortante, una cualidad sintética que me erizaba la piel pese a estar en otro plano. Mi única vusta era aquella habitación donde tantas veces había sido feliz. Aunque como parte de mi castigo podía ver aquello que Belial quería que viese. Siempre visiones que me hacían sufrir —Como Bella lo abrazaba, y pese a que a veces era vista en primera persona, no podía sentir sus abrazos. No podía notar el calor de los labios de María cuando me besaba al despertar...—
Mi cuerpo era un recipiente cargado con Belial. Y yo, al otro plano no era más que una sombra. Una silueta etérea a la que día trad día le perseguía el dolor, la tortura. A veces Belial se comunicaba conmigo a través de una voz que hablaba en mi cabeza para mofarse de mí. A veces incluso con un toque psicópata que me volvía aún más vulnerable ante la incapacidad de poder hacer nada—¿Qué tal estás en tu suite, crees que ha merecido la pena hacerte el héroe? Fíjate, las cosas de la asquerosa vida humana. No sois nada, tenéis existencia finita y sois muy pero que muy quebradizos... Cuando María me besa, me abraza... Noto cómo podría partirla si quisiera. Y juro que en el momento en que mis planes hayan finalizado podré hacerlo. Igual que con Bella.
Me partía el alma no poder hacer nada. A veces podía sentarme en mi sillón de siempre, sosteniendo un libro cuyos caracteres no lograba enfocar, sabía que mis oj
Belial habitaba mi cuerpo con una comodidad insultante. Se movía con una precisión milimétrica, como si estuviera estrenando un traje de lujo que le quedaba un poco estrecho en las costuras.
— ¿Te gusta el té, Jaime? —preguntó María desde la cocina. Su voz aún tenía ese rastro de fragilidad de quien acaba de regresar de entre los muertos.
— Está perfecto, cariño —respondió mi boca.
La voz era idéntica, pero el tono... el tono era demasiado limpio. Faltaba el rastro de cansancio acumulado tras una jornada en la librería, faltaba la calidez que solo el amor verdadero imprime en las cuerdas vocales. Yo, desde el otro lado, desde ese túnel de sombras donde el dolor me retorcía, gritaba hasta desgarrarme la garganta inexistente. "¡No soy yo! ¡Miradlo a los ojos! ¡No soy yo!". Pero mis gritos solo alimentaban las risas de Belial en mi propia mente.
Bella estaba sentada en la alfombra, con la guitarra entre las piernas. No tocaba. Se limitaba a pasar la púa por la cuerda de Mi, una y otra vez, produciendo un sonido monótono que parecía molestar al intruso. Vi, a través de mis propios ojos, cómo la mandíbula de Belial se tensaba.
— Bella, deja eso ya —dije. Mi voz sonó autoritaria, fría, sin la paciencia que siempre le había tenido a sus ensayos—. Me duele la cabeza.
La niña se quedó paralizada. Me miró con una intensidad que me hizo albergar una chispa de esperanza. Bella siempre había sido más intuitiva que los adultos. Ella no miraba mi cara; miraba el vacío detrás de mis pupilas.
— Perdón, papá —susurró ella, dejando la guitarra a un lado. Pero no se acercó a darme el beso de buenas noches de siempre. Se quedó allí, pequeña, observando cómo mi mano —esa mano que tantas veces la había acariciado— sostenía la taza de té con una rigidez casi mecánica.
A la mañana siguiente, Juanjo y Rosalie se dispusieron a marcharse. La casa estaba supuestamente "limpia", el mal derrotado y la familia reunida. Juanjo me dio un abrazo fuerte, de esos que crujen los huesos.
— Te lo dije, cabrón —rió Juanjo, dándome una palmada en la espalda—. Eres duro de pelar. Disfruta de ellas, te lo has ganado.
Belial sonrió. Una sonrisa perfecta, de catálogo.
— Gracias por todo, de verdad. No sé qué habría hecho sin vosotros.
Rosalie, sin embargo, se mantuvo un paso por detrás. Tenía el ceño fruncido, analizando la escena con esa mirada clínica de quien sabe que el diablo siempre se esconde en los detalles. Se despidió con un escueto movimiento de cabeza y salieron por la puerta principal.
Se subieron al coche, pero Rosalie no arrancó de inmediato. Se quedó mirando por el retrovisor hacia la ventana del salón.
— ¿Pasa algo? —preguntó Juanjo, extrañado por el silencio de su mujer.
— No lo sé, Juanjo —respondió ella, sin apartar la vista—. Jaime no ha salido a la puerta a despedirnos. Se ha quedado ahí, quieto, en mitad del pasillo. ¿Te has fijado en sus manos? No dejaba de entrelazar los dedos como si no supiera qué hacer con ellos.
— Estará cansado, Rosalie. Ha bajado al mismísimo infierno por su familia. Déjale respirar.
Rosalie suspiró y arrancó el motor, pero su intuición seguía martilleando. Había algo en la forma en que "Jaime" permanecía en la penumbra de la casa que no encajaba con el alivio de un hombre que acaba de recuperar su vida. Parecía más bien un centinela vigilando su nueva conquista.
Dentro, en la planta de arriba, Bella entró en la habitación de María. Se sentó en el borde de la cama mientras su madre se peinaba frente al espejo.
— Mamá —dijo la niña con voz queda.
— Dime, cielo.
— Ese señor no es papá.
María dejó el peine sobre la cómoda. Se giró, intentando mostrar una sonrisa de comprensión, achacando las palabras de su hija al trauma de lo vivido.
— Bella, no digas tonterías. Es el cansancio, todos hemos pasado por mucho...
— No, mamá. Míralo cuando cree que nadie lo observa. Camina raro. Y cuando me habla, parece que está traduciendo sus palabras de otro idioma. Y hoy... hoy olía a otra cosa. Papá huele a libros viejos y a tabaco de ese que fuma a escondidas. Él... él huele a ceniza fría.
María sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Intentó descartar la idea, pero el recuerdo de la voz gélida de Jaime pidiéndole que dejara la guitarra empezó a cobrar un peso insoportable.
Abajo, en el salón, Belial se detuvo frente al espejo del pasillo. Se miró fijamente y, por un segundo, dejó que sus ojos amarillos asomaran tras el color miel de mis pupilas. Sabía que Bella sospechaba. Sabía que el juego de máscaras estaba empezando a resquebrajarse.
— "Niña lista", pensó Belial con mi propio cerebro.
Y yo, desde la oscuridad de mi encierro, sentí por primera vez que la batalla no estaba perdida. Si Bella podía verme, quizás aún quedaba un puente de vuelta