La Noche Que Curó El Alma

8

La casa de Juanjo y Rosalie no era simplemente un lugar donde dormir; era un santuario de lo invisible, un búnker espiritual situado en una callejuela donde el asfalto parecía retener el frío incluso en pleno agosto. Al entrar, el olor te golpeaba con la fuerza de un recuerdo olvidado: una mezcla de sándalo, cera de abeja vieja y ese aroma que desprenden los libros que no han sido abiertos en décadas.

Juanjo dejó las llaves en el cuenco de madera de la entrada. El silencio que los recibió era pesado, cargado con la electricidad estática de lo que acababan de presenciar en casa de Jaime.

Rosalie no se quitó el abrigo. Fue directa a su habitación, una estancia que Juanjo llamaba «el cuarto del tiempo detenido». Las paredes estaban forradas de estanterías que cedían bajo el peso de tomos prohibidos, fotocopias y un Kindle con una funda repleta de figuras geométricas muy coloridas. En él guardaba una gran colección de ebooks que contenía más información de la que un ser humano corriente podría procesar en tres vidas.

—No salió, Juanjo —dijo ella, con una voz que cortaba el aire como un bisturí—. Aquel día sellé la casa con nosotros dentro y, desde entonces, se toma vacaciones. Cuando nos vamos, ni siquiera asoma la cabeza al porche para despedirse... Es muy raro. Juanjo, Jaime no es así.

Juanjo se quedó en el umbral, observando cómo su mujer encendía el ordenador y abría simultáneamente tres carpetas de archivos encriptados mientras continuaba hablándole del tema.

Él confiaba en su instinto callejero, en ese sexto sentido que le había salvado de peleas cuando era más joven; pero Rosalie confiaba en el suyo, y hasta la fecha no la había traicionado. Es más, siempre había acertado y les había ido muy bien a ambos.

—Estaba agotado, Rose —le contestó Juanjo, intentando suavizar la situación—. Vimos cómo María y la niña cruzaban el umbral. El ritual funcionó. Jaime hizo lo que tenía que hacer.

—Funcionó demasiado bien —sentenció ella sin apartar la vista de la pantalla—. Un intercambio de ese calibre, una transferencia de alma por alma, debería haber dejado a Jaime en un estado de shock catatónico, con el sistema nervioso destrozado por la presión de las dimensiones. Lo que vimos allí no era un hombre agotado. Era un actor interpretando el papel de su vida.

La Red del Silencio y la investigación esotérica sumergieron a Rosalie de lleno en la búsqueda de explicaciones. Para alguien como ella, investigar no significaba usar buscadores convencionales. Abrió el acceso a la «Red del Silencio», un foro de nodos ocultos donde expertos en demonología, antiguos bibliotecarios de órdenes expulsadas y místicos de vanguardia compartían hallazgos que la ciencia oficial tacharía de brotes psicóticos.

Buscó bajo el término «Sustitución de Cáscara». Según los tratados de Cornelius Agrippa y las notas marginales de un exorcista de Lyon con el que mantenía contacto, Belial era famoso por su capacidad de «mimetismo absoluto». No se limitaba a poseer; él borraba la firma energética del huésped.

Para entender si Jaime seguía allí, Rosalie empezó a recopilar métodos de detección de «Almas Desplazadas». Consultó un ebook que contenía el *Compendium Maleficarum* anotado. Allí se explicaba que, cuando un demonio de alto rango ocupa un cuerpo, el alma original no desaparece —pues la materia espiritual no se destruye—, sino que es empujada a un Plano Especular: un eco de la realidad donde el tiempo es un bucle y el espacio es una prisión de cristal.

Rosalie se detuvo frente a su mesa de trabajo, una pesada plancha de madera de roble salpicada de manchas de cera y quemaduras de ácido. Sus dedos, finos pero firmes, acariciaron un frasco de cristal oscuro que contenía aceite de nardo puro.

—Si Jaime está en el Plano Especular —murmuró Rosalie para sí misma, con la voz cargada de una urgencia contenida—, Belial está usando su cuerpo simplemente como una terminal. Una carcasa. Pero hay una trampa física que ningún demonio, por muy Príncipe del Infierno que sea, puede evitar: la reacción de la carne ante la pureza.

Juanjo la miraba desde la sombra de la puerta con el ceño fruncido.

—Explícamelo para que pueda entenderlo, Rose. Yo solo vi a Jaime sonreír.

Rosalie se giró, sosteniendo el frasco contra la luz de una vela que acababa de encender.

—Es biología espiritual. Piensa en un trasplante de órgano. Cuando el cuerpo detecta algo que no le pertenece, lo ataca. Belial es una infección de baja frecuencia, una entidad hecha de caos y entropía. Para habitar a Jaime, ha tenido que «doblar» la biología de su cuerpo, obligando a sus células a vibrar en una sintonía oscura, podrida.

Dio un paso hacia él, bajando la voz.

—Pero el nardo... el nardo es distinto. En el mundo esotérico, el nardo representa la vibración más alta de la luz, la pureza absoluta que no puede ser corrompida. Es como verter agua helada sobre una placa de metal al rojo vivo. No importa cuánto se esfuerce el metal en parecer frío; en cuanto el agua lo toca, hay una reacción violenta. El metal sisea, escupe vapor, se retuerce.

Rosalie volvió a su mesa y empezó a triturar limaduras de hierro bendecido en un mortero de piedra. El sonido era rítmico, casi hipnótico.

—Al mezclar la pureza del nardo con la fijación del hierro —continuó— creamos un reactivo. Si el hombre que tenemos delante es Jaime, no sentirá nada más que el olor de un perfume caro. Pero si es Belial... si es esa cosa la que está al mando, su «disfraz» de carne reaccionará.

La carne de Jaime, la parte que aún es humana, intentará expulsar al intruso al entrar en contacto con algo tan puro. Veremos un tic, un espasmo, quizá un cambio de color en las venas. Será apenas un segundo, un fallo en el sistema, pero será suficiente para confirmar que Jaime ha sido desplazado.

Juanjo tragó saliva, mirando el mortero.

—¿Y qué pasa si reacciona?
Rosalie lo miró fijamente y, por primera vez, Juanjo vio miedo real en los ojos de su esposa.




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