No recuerdo cómo terminó la cena.
Recuerdo levantarme.
Recuerdo que mi copa cayó y no se rompió porque Leonor consiguió sujetarla antes de que tocara el suelo.
Recuerdo a Adrián poniéndose entre la ventana y yo.
Y recuerdo perfectamente lo que dijo cuando le conté que había visto a una mujer reflejada detrás de mi silla.
—No mires otra vez.
No preguntó quién era.
No dijo que no había nadie.
No intentó convencerme de que la luz me había engañado.
Solo dijo:
—No mires otra vez.
Eso fue lo que me hizo hacerlo.
Aparté su brazo y miré hacia el cristal.
Ya no había mujer.
Solo mi reflejo.
El rostro pálido.
El vestido blanco.
El collar verde.
Y, al fondo, todos los Valcárcel observándome.
—Quiero irme —dije.
Nadie reaccionó salvo Adrián.
—Ahora no puedes.
Lo miré.
—¿Qué acabas de decir?
—Está lloviendo.
—No me importa.
—A mí sí.
—Adrián.
—Espera hasta mañana.
—No necesito tu permiso.
Beatriz intervino.
—Nadie ha dicho que lo necesites.
—Él acaba de hacerlo.
—Ha dicho que esperes.
—No voy a pasar la noche aquí después de esto.
Me quité el collar.
O lo intenté.
El cierre no cedió.
Tiré con más fuerza.
—Clara.
—Quítamelo.
Beatriz permaneció sentada.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque no ha terminado el día de tu boda.
—Para mí acaba de terminar.
Adrián se acercó.
—Déjame.
Sus dedos rozaron mi nuca.
Sentí el calor de su mano, demasiado íntimo después de todo lo que había ocurrido.
Intentó abrir el cierre.
No pudo.
Volvió a intentarlo.
—¿Qué sucede? —pregunté.
No respondió.
—Adrián.
—El mecanismo está atascado.
—Córtalo.
Beatriz se levantó.
—No.
La miré.
—No era una petición.
—Esa pieza tiene casi doscientos años.
—Entonces vuestra familia ha tenido tiempo suficiente para aprender a fabricar cierres que funcionen.
Cogí el cuchillo de postre.
Adrián me atrapó la muñeca.
—No.
—Suéltame.
—Clara, escucha.
—No pienso dormir con una joya de una mujer muerta pegada al cuello.
Su mano se tensó.
—La mujer que llevaba ese collar no murió.
El comedor quedó completamente inmóvil.
Hasta la anciana levantó la cabeza.
Miré a Adrián.
—¿Qué?
Él cerró los ojos un instante.
Beatriz habló con una voz baja.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí.
—No delante de ella.
—Especialmente delante de ella.
—Adrián.
—Lucía no murió.
Mi corazón golpeó una vez contra mis costillas.
—En el retrato pone 1989.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué significa la fecha?
Adrián me miró.
—El día que dejó de existir para esta familia.
Subimos a nuestra habitación poco después.
No recuerdo haber aceptado quedarme.
Simplemente ocurrió.
La lluvia se intensificó mientras cruzábamos los pasillos.
Contra las ventanas sonaba como dedos impacientes.
Adrián caminaba delante de mí.
Yo llevaba el vestido recogido con ambas manos.
—¿Dónde está Lucía?
No respondió.
—Has dicho que no murió.
—No esta noche.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no voy a responderte ahora.
—Entonces dame las llaves de tu coche.
Se detuvo.
—¿Para qué?
—Me marcho.
—No.
—Otra vez esa palabra.
—Mañana puedes irte si todavía quieres.
—Quiero irme ahora.
—No mientras llueve.
—¿Qué demonios tiene que ver la lluvia?
Adrián miró la ventana.
Las gotas corrían por los cristales negros.
—Las ventanas deben permanecer cerradas.
—Eso tampoco responde.
—Es la única respuesta que vas a recibir esta noche.
Intenté pasar a su lado.
Me sujetó del brazo.
—No salgas.
—¿Vas a encerrarme?
Soltó mi brazo.
—Si quisiera encerrarte, no tendría que tocarte.
La frase consiguió detenerme.
—¿Qué significa eso?
Adrián señaló el pasillo.
Por primera vez advertí que no había manillas en las ventanas.
Ni pestillos.
Nada que permitiera abrirlas desde dentro.
—Esta casa tiene más maneras de cerrar una puerta que nosotros.
Lo miré.
—Hablas de ella como si estuviera viva.
—No lo está.
—Pero.
Una pausa.
—Pero a veces se comporta como si recordara.
No supe qué decir.
No porque le creyera.
Porque él sí parecía creerlo.
Adrián abrió la puerta de nuestra habitación.
Me detuve en el umbral.
La cama estaba cubierta de pétalos blancos.
Habían encendido la chimenea.
Sobre una mesa descansaban dos copas y una botella de champán.
Junto a la pared había un espejo enorme cubierto con una tela.
—¿Por qué está tapado?
—Porque es nuestra noche de bodas.
—Esa tampoco es una explicación normal.
Entró y cerró la puerta.
—Aquí normal es una palabra poco útil.
—Empiezo a notarlo.
Fui directamente al espejo.
Adrián se movió.
—No.
Agarré la tela.
—¿Otra regla?
—Clara.
Tiré.
La tela cayó.
Mi reflejo apareció.
Nada más.
Yo.
El vestido.
Adrián detrás de mí.
La habitación iluminada por el fuego.
—¿Ves?
Me volví hacia él.
—Un espejo.
Adrián no estaba mirando mi reflejo.
Miraba la parte inferior.
Seguí sus ojos.
En el borde de madera había unas iniciales talladas.
L.V.
Lucía Valcárcel.
—Era suyo.
No hizo falta preguntarlo.
—Sí.
—¿También esta habitación?
—Sí.
—¿Y el vestido?
No respondió.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Era suyo?
—Clara...
—¿Estoy vestida con el traje de novia de una mujer desaparecida?
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Editado: 02.10.2026