—¿Quién escribió eso?
Mi voz sonó demasiado alta en la habitación.
La última palabra seguía sobre el espejo.
ÉL.
Adrián la miró hasta que también desapareció.
Después cubrió el cristal con la tela.
—No lo sé.
—No te creo.
—No tienes por qué creerme.
—Qué tranquilizador.
—Clara, ponte el abrigo.
No me moví.
—Primero dime adónde vamos.
—A la biblioteca.
—Has dicho que ibas a enseñarme por qué no debo entrar en el ala oeste.
—Y eso voy a hacer.
—La biblioteca no está en el ala oeste.
—Precisamente.
Tomé el abrigo.
No porque confiara en él.
Porque prefería moverme.
Quedarme quieta en aquella habitación, con el espejo cubierto y el vestido de otra mujer todavía sobre mi cuerpo, me parecía peor.
Adrián abrió la puerta.
El corredor estaba casi a oscuras.
—¿No tenéis interruptores en esta casa?
—Sí.
—Entonces úsalos.
Pulsó uno.
Nada.
—Perfecto.
—La instalación es antigua.
—Claro.
—No todo tiene una explicación siniestra.
—Tu espejo acaba de escribir que huya de ti.
Adrián tomó un candelabro de una consola.
—Eso tampoco demuestra que el espejo tenga razón.
Lo seguí.
—¿Te ocurre a menudo?
—¿Qué?
—Que los muebles den referencias sobre tu carácter.
No contestó.
Avanzamos por el pasillo.
La casa era distinta de noche.
No solo más oscura.
Más cerrada.
De día había ventanas, reflejos, jardines al otro lado de los cristales.
Ahora el exterior era una superficie negra.
Parecía que la mansión no estuviera rodeada de campo, sino suspendida en alguna parte donde no existía nada más.
—¿Por qué la familia necesita que te cases? —pregunté.
—Hablaremos en la biblioteca.
—Puedes hablar mientras caminas.
—Prefiero saber qué vas a ver primero.
—Otra respuesta que no me gusta.
—Te acostumbrarás.
Me detuve.
Adrián continuó dos pasos antes de notarlo.
—No vuelvas a decirme eso.
Se giró.
—¿Qué?
—“Te acostumbrarás”. Tu tía ya lo hizo. No vine aquí para acostumbrarme a vuestra casa, ni a vuestras reglas, ni a que decidáis qué puedo preguntar.
—Entonces ¿por qué viniste?
—Por ciento ochenta mil euros.
No aparté la mirada.
—Y no me avergüenza.
Algo en su expresión cambió.
—No he dicho que deba avergonzarte.
—No hacía falta.
—Te equivocas.
—¿En qué?
La llama de la vela osciló entre nosotros.
—En creer que yo habría rechazado el mismo trato.
No esperaba aquella respuesta.
Adrián echó a andar de nuevo.
—Ven.
La biblioteca ocupaba dos plantas y olía a cuero, polvo y chimenea apagada.
No era una habitación acogedora.
Era un archivo disfrazado de lujo.
Estanterías oscuras llegaban hasta el techo.
Una escalera móvil recorría una pared entera.
Había una mesa larga en el centro y cuatro lámparas verdes, todas apagadas.
Adrián dejó el candelabro.
—Cierra la puerta.
—¿Por qué?
—Porque Beatriz no sabe que voy a enseñarte esto.
—Eso mejora considerablemente mi ánimo.
Cerré.
Adrián fue hasta una estantería.
Sacó tres libros.
Nada ocurrió.
Después retiró uno más pequeño.
Escuché un mecanismo.
Una sección de madera se abrió unos centímetros.
—Por supuesto —dije.
Me miró.
—¿Qué?
—Una biblioteca secreta detrás de la biblioteca. Habría sido decepcionante no tenerla.
No sonrió, pero algo se movió en su boca.
Fue la primera vez que pensé que quizá Adrián Valcárcel tenía sentido del humor.
Duró poco.
Sacó una caja metálica del compartimento.
La dejó sobre la mesa.
Dentro había documentos.
No cartas.
Registros.
Contratos.
Certificados.
Listados de nombres y fechas.
Me acerqué.
—¿Qué es esto?
—Los matrimonios de la familia.
—¿Todos?
—Los que importan.
Cogí una hoja.
AMALIA ORTIZ DE ALCÁZAR
Matrimonio: 17 de noviembre de 1847.
Incorporación a la Casa Valcárcel: 17 de noviembre de 1847.
Conclusión: 9 de noviembre de 1848.
—¿Conclusión?
—Sigue.
Otro documento.
ELVIRA MONTALBÁN
Matrimonio: 3 de febrero de 1871.
Conclusión: 27 de enero de 1872.
Otro.
MERCEDES SORIA
Matrimonio: 14 de junio de 1903.
Conclusión: 1 de junio de 1904.
Sentí una presión en el pecho.
—No pone “muerte”.
—No.
—Entonces las fechas de los retratos...
—No son fechas de fallecimiento.
—¿Qué significan?
Adrián apoyó ambas manos en la mesa.
—El día en que dejaron de ser esposas.
—¿Divorcios?
—No.
—¿Desapariciones?
No respondió.
Pasé hojas más deprisa.
Inés.
Claudia.
Teresa.
Lucía.
Siete mujeres.
—¿Por qué hay tantas?
—No tantas como parece.
—Siete mujeres desaparecidas en una familia me parecen bastantes.
—En casi dos siglos.
—Eso no mejora la estadística.
Llegué al documento de Lucía.
LUCÍA VARELA MONTES
Matrimonio: 12 de diciembre de 1988.
Conclusión: 3 de noviembre de 1989.
Debajo había una línea escrita con tinta diferente.
Proceso incompleto.
—¿Qué proceso?
Adrián me quitó la hoja.
—Eso es lo que no sé.
—Tú sabes mucho más de lo que dices.
—Sí.
La sinceridad me desconcertó.
—Al menos lo admites.
—No quiero mentirte más de lo necesario.
—Una frase encantadora para un marido.
—Nuestro matrimonio no se construyó sobre sinceridad.
—Se construyó sobre dinero.
—No.
Me miró.
—Se construyó sobre necesidad.
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matrimonio por contrato, mansión con secretos, retratos misteriosos
Editado: 02.10.2026