Adrián me tapó la boca.
No tuve tiempo de protestar.
Su otra mano rodeó mi cintura y me apartó de la puerta.
La voz volvió a sonar.
—Clara.
Su aliento estaba junto a mi oído.
—No respondas.
Asentí.
Me soltó despacio.
Permanecimos en la oscuridad.
La mujer llamó una tercera vez.
—Clara Santoro.
Esta vez pronunció mi apellido.
Sentí los dedos de Adrián cerrarse sobre mi brazo.
—¿Lucía? —susurré.
Su mano volvió a cubrirme la boca.
La puerta vibró.
No como si alguien golpeara desde el otro lado.
Como si algo pesado se apoyara contra ella.
Adrián me hizo retroceder.
—Vámonos.
No discutí.
Cruzamos la biblioteca sin encender ninguna luz.
Cuando llegamos al corredor cerró la puerta y giró la llave.
—¿Para qué la cierras si lo que hay dentro está detrás de otra puerta cerrada?
—Porque nunca ha hablado tan lejos del ala oeste.
—¿Tan lejos?
—La biblioteca comparte muro con ella.
—¿Y decidiste traerme aquí?
—No esperaba esto.
—Empieza a preocuparme la frecuencia con que dices esa frase.
Adrián apoyó la espalda contra la puerta.
Parecía agotado.
—No debería saber tu nombre.
—Según tú, ya lo sabía hace nueve años.
—No así.
—¿Qué diferencia hay?
—Antes lo dijo una vez.
—¿Y ahora?
Me miró.
—Ahora parece saber que has llegado.
Un trueno hizo vibrar los cristales.
—Quiero irme mañana.
Adrián cerró los ojos.
—De acuerdo.
La respuesta fue tan inmediata que me sorprendió.
—¿No vas a intentar detenerme?
—No.
—¿Y el contrato?
—Me ocuparé.
—¿Perderé el dinero?
—No.
—Eso no depende solo de ti.
—Haré que dependa.
Me quedé mirándolo.
—¿Por qué?
—Porque esto no debía empezar tan pronto.
—¿Qué no debía empezar?
No contestó.
—Adrián.
—Las otras tuvieron meses.
—¿Meses para qué?
—Antes de que la casa las reconociera.
La palabra quedó entre nosotros.
—¿Reconociera?
—Sí.
—¿Qué significa eso?
—Que los retratos cambiaban.
Miré hacia el corredor.
La galería estaba dos plantas más abajo.
—Mi marco.
—Sí.
—La placa.
—Sí.
—El espejo.
—Sí.
—¿La mujer en la ventana?
—Probablemente.
—No me sirve “probablemente”.
—No tengo una categoría científica para mujeres desaparecidas que aparecen en reflejos.
Lo dijo con una frialdad tan seca que casi me reí.
No lo hice.
—¿Qué ocurría después?
—No sé todo.
—Lo suficiente.
—Empezaban a olvidar cosas.
Recordé las reglas del archivo.
Las fechas.
Los retratos.
—¿Qué cosas?
—Pequeñas al principio.
Una contraseña.
Una dirección.
Una receta.
El rostro de alguien conocido.
Luego más.
—¿Más?
—Su antigua vida.
Se me hizo un nudo en el estómago.
—¿Y después?
—Empezaban a recordar cosas que nunca habían vivido.
Pensé en el vestido.
En Lucía.
En la mujer reflejada detrás de mí.
—¿Recuerdos de las otras esposas?
—Eso creemos.
—¿Quiénes?
—Mi padre. Yo. Leonor.
—¿Beatriz?
Una pausa.
—Beatriz cree otra cosa.
—¿Qué?
—Que no son recuerdos.
—¿Entonces?
—Que es continuidad.
Sentí un cansancio repentino.
—Habla como una persona normal.
Adrián se separó de la puerta.
—Beatriz cree que la casa no mata a las esposas.
—¿Qué hace?
—Las conserva.
No dormimos.
Adrián ocupó un sillón junto a la ventana.
Yo me cambié detrás del biombo.
Cuando el vestido cayó al suelo sentí alivio.
Como si me hubiera quitado una segunda piel.
El collar seguía en mi cuello.
El cierre no cedía.
Probamos aceite.
Una horquilla.
Un pequeño destornillador.
Nada.
Al final Adrián quiso llamar a alguien.
—¿A quién?
—Al joyero de la familia.
—A las dos de la mañana.
—Vendría.
—Eso es profundamente inquietante.
—Está acostumbrado.
—Más inquietante todavía.
Me puse un camisón y una bata.
Adrián apartó la mirada mientras me acomodaba.
—Puedes mirar —dije—. Legalmente eres mi marido.
—Legalmente tampoco tengo derecho a mirarte.
Aquello me sorprendió más de lo que debía.
—Eso ha sonado casi decente.
—No se lo digas a mi familia.
Me senté frente a él.
Durante unos minutos ninguno habló.
La lluvia continuaba.
—¿Por qué aceptaste casarte conmigo? —pregunté.
—Ya te lo dije.
—No.
—La familia exigía un matrimonio.
—Podías negarte.
—No.
—Todo el mundo puede negarse.
—No si la alternativa es peor.
—¿Cuál era?
Adrián miró el fuego.
—Que eligieran a otro.
—¿Otro heredero?
—Otra esposa.
Tardé en comprender.
—¿Para quién?
—Para mi primo.
—¿Y qué diferencia habría?
—Él no habría intentado protegerla.
—¿Protegerla de qué?
—De esto.
—Así que me elegiste para salvar a una desconocida.
—No.
Levantó la vista.
—Te elegí porque ya te habían elegido a ti.
La rabia volvió.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Tu familia.
—No solo ellos.
—¿Entonces quién?
Adrián miró el collar.
—La casa.
Me levanté.
—No vuelvas a usar esa palabra como explicación.
—Clara...
—Una casa no elige esposas.
—Yo también pensaba eso.
—Una casa no escribe nombres en placas.
—Lo sé.
—No recuerda mujeres.
—Lo sé.
—No conserva personas.
—Lo sé.
—Entonces deja de hablar como si todo esto fuera normal.
Adrián se levantó también.
—Nunca he dicho que lo sea.
Nos quedamos demasiado cerca.
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Editado: 02.10.2026